Su mayor pesadilla fue que le tocara el Gordo de la Lotería

Pedro Quezada, pletórico, en marzo de 2013, cuando ganó 338 millones de dólares en la lotería más popular del país. Desde entonces, apenas ha vuelto a sonreír. / Julio Cortez

El azar bendijo a Pedro Quezada. Desde entonces, su vida de millonario es una pesadilla barata

ICÍAR OCHOA DE OLANO

Cuidado con lo que deseas porque se puede cumplir... y arruinarte lentamente la vida. Esta bien podría ser la moraleja de su historia. Pedro Quezada, un estadounidense de origen dominicano, era un tipo como otro cualquiera en Tianjing, Pananaribo, Delaware o Alcalá del Júcar. Fantaseaba con la idea de que algún día la diosa fortuna le bendijera con un tsunami de billetes de curso legal y que tanta riqueza le sirviera en bandeja de platino la felicidad. Ya saben, ese estado de bienestar y satisfacción plena que los humanos de las sociedades desarrolladas fiamos a un tercero, ya sea de carne y hueso o extrafino, de papel moneda y holograma. A diferencia de la inmensa mayoría, este hombre de 49 años tocó el cielo sin despegar los pies de Nueva Jersey en 2013, cuando se proclamó ganador absoluto de la estratosférica cantidad de 338 millones de dólares (en euros, 286,5 millones) en la lotería Powerball.

«El día más grande de tu vida es el que ganas la lotería. El peor, cada uno de los siguientes»

Desde aquel electrizante día, se diría que le persigue una inclemente maldición. El último capítulo de su tormentosa existencia como rico ha discurrido entre barrotes. Quezada acaba de salir de la cárcel y está a la espera de ser llamado a juicio por agredir sexualmente a una menor. El multimillonario se entregó a las autoridades la semana pasada, después de que una mujer de veinte años le denunciara por haber abusado de ella en repetidas ocasiones cuando tenía entre once y catorce años. Mientras llega la cita con el banquillo, Quezada hace su vida bajo la supervisión estrecha de la Policía, que sigue cada uno de sus movimientos a través de la pulsera electrónica que le han colocado en el tobillo. No resulta una labor muy estimulante para los agentes. Al imputado le han prohibido alejarse de su casa.

«El día más grande de tu vida es ese en que ganas la lotería. El peor, cada uno de los que vienen a continuación». De esta forma tan gráfica Steven Wukovits, su abogado, resume la colección de infortunios que su cliente acaudula desde que se hizo de sopetón inmensamente rico. «A partir de ese momento descubres que la gente no te quiere únicamente por lo buena persona que puedes ser, sino por lo que tienes ahora», remata el letrado, quien intentará probar ante los magistrados de justicia que la mujer ha fabricado las acusaciones vertidas contra su defendido en un intento de propinar un bocado al suculento patrimonio de Quezada. Se trata, en palabras de Wukovits, de la enésima oportunista que se asoma repentinamente a su existencia con las mismas intenciones. El dinero, ya se sabe, apesta.

A principios de la primavera de 2013, Quezada era un hombre más o menos tranquilo. El sorteo más popular de los Estados Unidos aún no había hecho trizas su karma. Un frío día de marzo, regresaba de trabajar dieciocho horas en la bodega que posee y gestiona con otros trabajadores en el condado de Passic, una pequeña comunidad a solo veinte kilómetros de Manhattan conquistada por latinos. De camino a casa se detuvo en una tienda de licores y compró un boleto de Powerball. Dos dólares. En la noche del 23 de marzo, el azar se posó sobre todos y cada uno de sus números: el 17, el 29, el 31, el 52 y el 53. Bang! Jamás volvería a ser el mismo, pero no en la manera en que lo había imaginado.

El bodeguero dejó su trabajo el mismo día en que se presentó para reclamar su dinero: 129 millones de euros limpios, libres de impuestos. Cuando los tuvo en su poder se juramentó que no cambiarían su corazón. Pero ni siquiera los 758 millones de dólares –643,3 en euros– que han recaído hace apenas un mes en un compatriota que jugó al mismo sorteo pueden cambiar los de los demás. A los siete meses de que su cuenta bancaria se llenara de ceros, le llegó una demanda de su exnovia reclamando parte del bote. Dado que durante su relación sentimental habían compartido ganancias y la copropiedad de la bodega, ella se consideraba merecedora de un buen pico. Al cabo de un tiempo, acabaría retirando la reclamación y optando por reconciliarse con su ex, ahora un potentado, con quien vuelve a compartir nuevamente techo.

Estafas en su nombre

Aturdido aún por el golpe, una semana después, en noviembre de 2013, recibía otra tunda. Los antiguos vecinos de Quezada declaraban al ‘Daily Mail’ que el bodeguero se había marcado un ‘donde dije digo’ de libro. Esto es, que en plena curda de millones les prometió que correría con los gastos de sus alquileres y que nunca supieron más de él. La cosa no queda ahí. Su casero de entonces le acusó de mudarse sin pagar los 725 dólares de la renta del último mes, y sus antiguos compañeros de trabajo contaron con despecho al mismo diario que nunca se dignó a visitarlos. «Al parecer, olvidó de dónde venía», le reprocharon a través del periódico.

La pesadilla tenía aún que hacerse viral. Y es que, para más inri, su nombre se ha utilizado en los últimos años en intentos de estafas perpetradas a través del correo electrónico en las que alguien, haciéndose pasar por el multimillonario, se ofrecía a compartir sus ganancias. Por si fuera poco, una página de Facebook con su identidad asegura que concede préstamos de hasta 1 millón de dólares a un interés del 2,5%. «Ha sido muy difícil, mucho», admite su abogado. «Recibe llamadas constantes de personas que dicen ser viejos amigos o parientes lejanos y que necesitan imperiosamente algo de dinero».

El historial de ganadores de la lotería o de otros sorteos similares está trufado de casos en los que los triunfadores acaban cayendo por el terraplén de la desgracia. Unos, como Quezada, al convertirse en pasto de las sanguijuelas, y otros, por las dificultades de manejar una fortuna tan inesperada como desbordante. Este fue el caso de Callie Rogers, quien se convirtió a los 16 años en la ganadora de lotería más joven de Gran Bretaña. Gracias a su décimo consiguió 1,9 millones de libras  (2,1 millones de euros) y un billete hacia la perdición. Incluso trató de suicidarse tras una loca carrera que inició abandonando su trabajo para derrochar el dinero en fiestas, drogas, operaciones de cirugía estética y regalos. Diez años después solo le quedaban 2.000 libras en el banco, el equivalente a 2.279 euros.

«Manejar una cantidad importante de dinero es un arte. Nadie nos enseña qué hacer si te toca una fortuna. Lo primero es que el titular haga un trabajo serio de introspección para averiguar qué le gusta, qué necesita y qué grado de apetencia tiene por el riesgo. Y, en paralelo, acudir a una entidad solvente y de experiencia contrastada que le ayude a ajustar sus necesidades con lo que el mercado ofrece», expone a este periódico Elisa Dorronsoro, directora de Banca Privada del BBVA en la zona norte.

– Si le cayera encima una apabullante cantidad de millones, ¿qué no haría?

– Tomar decisiones precipitadas. Ante un acontecimiento que te sobrepasa, todo el tiempo que dedicas a la introspección, la planificación y a la búsqueda de un gestor está bien empleado.

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