El ingeniero de los repudiados

Flores de Haro, con la responsable y niños del orfanato de Jaipur./
Flores de Haro, con la responsable y niños del orfanato de Jaipur.

El malagueño Atanasio Flores de Haro quiere construir un orfanato en la India para niñas con VIH abandonadas en la calle

ANTONIO ORTÍNMálaga

Tener VIH y ser niña en La India es sinónimo de morir abandonada en la calle. Alisha malvivía con su madre bajo un puente de la autopista que separa Delhi de Jaipur, la ciudad que aún luce el rosa con el que pintaron sus edificios con motivo de la visita del príncipe de Gales en 1905. Cuando el sida segó la vida de sus padres, Alisha tenía tres años, un kurti amarillo con flores bordadas en turquesa regalo de su madre antes de morir, y el virus que le contagiaron durante el embarazo. Sólo un milagro podía salvarla de acabar sus días vagando por una carretera polvorienta. Pero a veces los milagros ocurren y una furgoneta destartalada de Aashray Care Home, la organización que gestiona el orfanato de la ciudad, la recogió de la calle.

Hoy Alisha tiene diez años. Sus ojos grandes y su sonrisa abierta se clavaron en la retina del ingeniero malagueño Atanasio Flores de Haro cuando el pasado mes de marzo estuvo de voluntario en ese orfanato de Jaipur, la capital del estado de Rajastán, un estado de casi 69 millones de personas donde cada año nacen 66.500 niños con VIH. El rechazo, incluso dentro de sus propias familias, unido a la lentitud de la burocracia india para facilitar una atención médica, los deja abandonados a su suerte, fruto del estigma de una sociedad que repudia especialmente a las niñas.

Ahora, Flores de Haro quiere construir un centro de acogida para ellas. «Hace falta porque están en la calle», alerta este ingeniero de 43 años, que ha puesto en marcha a tal fin la creación de una fundación, 100 vidas.

Villa de Nevta

El objetivo es levantar un edificio en la villa de Nevta, próximo al que ya tiene Aashray Care Home. El proyecto, que ha prediseñado él mismo, consta de tres grandes bloques. Uno de instalaciones comunes y alojamiento para cincuenta niñas; otro sólo de alojamiento para otro medio centenar de pequeñas, y un pabellón sanitario donde un médico y un enfermero voluntarios les proporcionarían la atención necesaria. «Este edificio permitirá a Aashray Care Home dedicar su actual orfanato sólo a los niños».

Para ello, la Fundación 100 Vidas que este malagueño impulsa se responsabilizaría de adquirir el terreno (bien por donación o compra) y encargar a un arquitecto local su construcción. Una vez levantado, la fundación de Flores de Haro se lo alquilaría a coste cero a Aashray Care Home. «Sería el primer orfanato para niñas con VIH en toda la zona», defiende.

Aquel centro se ha convertido ahora en su sueño. «Yo siempre tuve claro que quería hacer algo por la India. Pensé en una escuela o un pequeño hospital, pero es cierto que esas necesidades están más o menos cubiertas, así que tras regresar de mi viaje supe que ese era el proyecto». Por eso está inmerso ahora en pegar de puerta en puerta, buscando la financiación que permita crear la Fundación 100 Vidas y, con ella, levantar ese orfanato.

«Un poderoso imán»

El porqué un ingeniero acaba cautivado por la India nadie lo sabe, ni siquiera él mismo. «Es un poderoso imán, es lo único que te puedo decir». Hasta ese momento, la vida de Atanasio Flores de Haro no era muy distinta a la de otros tantos técnicos. Desde su estudio de La Malagueta vivió inmerso durante décadas en el mundo del ladrillo. Eran los años intensos de la burbuja inmobiliaria. El primer cambio de rumbo llegó con la literatura. «Empecé a escribir casi por instinto». Una noche tecleó en el ordenador una frase («Fría medianoche en Moscú») que acabaría convirtiéndose en el punto de partida de su primera novela, centrada en otra de sus grandes pasiones: la Segunda Guerra Mundial.

Luego vino la India y el impacto por contraste con el estilo occidental y su opulencia. «Hay miseria, mucha pobreza, una sociedad fragmentada en una pirámide social donde es imposible pasar de un estamento a otro. La vida allí es muy difícil, pero saben ser felices», concluye. «Allí, cuando te hablan no te apartan la mirada con sus ojos grandes». Ojos panorámicos como los de Alisha y tantas otras niñas a las que Atanasio Flores de Haro les quiere ahora proporcionar un hogar.

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