Feminismo en serie

Mujeres vestidas como en la serie asisten a una sesión del Senado de Texas donde se debatía el derecho de los ginecólogos a ocultar a sus pacientes malformaciones fetales para evitar que aborten.
Mujeres vestidas como en la serie asisten a una sesión del Senado de Texas donde se debatía el derecho de los ginecólogos a ocultar a sus pacientes malformaciones fetales para evitar que aborten. / R. C.

Activistas se manifiestan contra las leyes antiaborto de Estados Unidos ataviadas como las mujeres esclavas de la novela y la ficción televisiva ‘El cuento de la criada’

INÉS GALLASTEGUI

Cofia blanca, capa roja. En las últimas semanas, a las cámaras legislativas de varios estados norteamericanos han acudido unas enigmáticas invitadas: mujeres con una extraña vestimenta, de aspecto arcaico, que les cubre casi por completo el rostro y el cuerpo. En completo silencio. Con la mirada baja. No son una secta: estos grupos han asistido a sesiones parlamentarias en Texas, Ohio, Missouri, Tennessee, California y Nueva York para defender su derecho a la salud sexual y reproductiva. Y han elegido para hacerlo los hábitos que visten las mujeres esclavizadas de ‘El cuento de la criada’, una aterradora serie de ciencia ficción estrenada la pasada primavera.

¿Gilead se acerca?

La novela de Margaret Atwood ‘El cuento de la criada’ y la serie homónima comienzan con el asesinato del presidente de Estados Unidos y la mayoría del Congreso. Los fundamentalistas cristianos abolen el sistema democrático y fundan la República de Gilead, un régimen teocrático que sojuzga a las mujeres. Estas ni siquiera tienen nombre: la protagonista, interpretada por Elisabeth Moss (‘Mad Men’), es bautizada como Offred (Defred), en referencia a su amo y señor. No puede leer, estudiar o trabajar y tras ser clasificada como doncella –vestida con cofia blanca y capa roja– vive junto a otras esclavas en una especie de granja humana en la que son periódicamente violadas por su comandante con la única función de reproducirse para repoblar el país. Las estériles son enviadas a campos de concentración. Un sector de la población de Estados Unidos, asustado por las políticas de la Administración Trump, advierte un tono premonitorio en la historia.

La distopía televisiva producida por Hulu y emitida por HBO está basada en la novela ‘The handmaid’s tale’. En 1984, la escritora canadiense Margaret Atwood describía un país que, con el pretexto de la amenaza terrorista, crea un sistema teocrático y fascista en el que las mujeres son usadas como objetos sexuales, esclavas domésticas o simples contenedores para dar hijos a las elites infértiles.

La ley SB 5, aprobada en una sesión especial de la Cámara legislativa de Missouri, no es ficción, pero también pone los pelos de punta: aparte de imponer condiciones draconianas a las clínicas de interrupción de embarazos, da libertad a los empresarios para despedir a mujeres que se hayan sometido a un aborto legal, a las que utilicen métodos anticonceptivos o, simplemente, a quienes queden embarazadas fuera del matrimonio. Los caseros también pueden desahuciar a las inquilinas de sus propiedades con esos mismos criterios. Los legisladores defienden que el texto protege la libertad religiosa de empleadores y rentistas.

Elisabeth Moss, en la serie.

Estas últimas disposiciones se han incluido en la ley con el objetivo explícito de tumbar una reciente ordenanza municipal de Saint Louis que prohibía la discriminación basada en «decisiones de salud reproductiva». Para justificarse, el gobernador republicano Eric Greitens asegura que los «radicales» estaban convirtiendo esta ciudad en un «santuario del aborto».

Los críticos creen que en Missouri no solo está en peligro la planificación familiar, sino todo el programa estatal Medicaid, que ofrece cobertura sanitaria a los sectores más necesitados, en un país que carece de un sistema de seguridad social universal como los europeos. El texto volverá ahora al Senado, que la semana pasada había dado luz verde a una versión menos extremista.

A mediados de junio, otro grupo de mujeres convocadas por organizaciones por el derecho a decidir acudió al Parlamento de Ohio para mostrar su rechazo al decreto SB 145, que prohíbe los abortos en el segundo trimestre de gestación sin contemplar los supuestos de violación, incesto o malformación.

En marzo las ‘doncellas’ llevaron su silenciosa protesta al Senado de Texas durante el debate de una norma que autoriza a los ginecólogos a mentir sobre las malformaciones del feto si sospechan que la gestante podría optar por interrumpir el embarazo.

Paisaje hostil

En Nueva York las activistas escarlata se manifestaron para presionar a la Cámara legislativa. «Estamos intentando que se apruebe una ley estatal de salud reproductiva para, al menos, proteger a los neoyorquinos, porque el paisaje federal es muy hostil hacia los derechos de las mujeres», explicaba a la NBC Vanessa Giraldo, una educadora de niños con necesidades especiales.

En Missouri un empresario puede despedir a una empleada por usar anticonceptivos, y un casero, echar a una madre soltera

Los temores de Giraldo no son exagerados. Las expectativas creadas por las bravuconadas machistas de Donald Trump antes de su elección –«Si eres famoso puedes agarrarles del coño, puedes hacer lo que quieras», presumía– se vieron ampliamente satisfechas tras su victoria sobre Clinton. Solo tres días después de irrumpir en el Despacho Oval, el magnate prohibió la financiación pública de ONGs norteamericanas que trabajan en países subdesarrollados si estas practican interrupciones de embarazo o incluso si informan a las mujeres sobre esa posibilidad.

Pero el presidente no quedó satisfecho y tres meses después derogó una disposición de la Administración Obama que protegía la financiación de organizaciones de planificación familiar en suelo norteamericano. Aunque en Estados Unidos el aborto no puede ser subvencionado con fondos públicos, organizaciones como Planned Parenthood, que practica estas operaciones en los supuestos legales, recibían dinero público por prestar atención médica a millones de mujeres sin recursos ni seguro sanitario. Hasta abril.

Estas medidas han desatado las iras de los demócratas, convencidos de que los republicanos «lideran una guerra contra las mujeres». No es extraño que millones de ellas recibieran a gritos al nuevo inquilino de la Casa Blanca. En las masivas manifestaciones de enero, ellas llevaban un gorro de lana rosa. Ahora visten cofia blanca.

Fotos

Vídeos