La fábrica de campeones de sumo

Los grandes nombres de los últimos 19 años de este deporte han sido mongoles. Japón, que cuenta con 650 reverenciados luchadores, ha roto este año con su racha

En la tierra de Gengis Kan, a 2.000 kilómetros de Japón, el sumo despierta pasión. /Z. A.
En la tierra de Gengis Kan, a 2.000 kilómetros de Japón, el sumo despierta pasión. / Z. A.
ZIGOR ALDAMA

Hay pocas cosas más intrínsecamente japonesas que el sumo. No en vano, esta peculiar lucha libre, en la que dos hombres de voluminosas dimensiones ataviados solo con un taparrabos deben sacar a su contrincante de un círculo o lograr que caiga al suelo, solo se practica en el país del Sol Naciente. Para muchos es también uno de los pocos reductos en los que perviven costumbres ancestrales íntimamente relacionadas con la religión sintoísta, como el ritual de la purificación con sal. Los luchadores de sumo –que actualmente suman 650 profesionales– son reverenciados, deben seguir un estricto código de conducta y son recompensados con salarios que pueden superar los 40.000 euros al mes. Hasta hace solo unas décadas, únicamente los japoneses podían participar en las competiciones profesionales, cuyos orígenes se remontan a 1684.

Sin embargo, mucho ha cambiado este deporte desde entonces. Aunque la Asociación Japonesa de Sumo obliga a que cada una de las 43 academias del país entrenen como mucho a un extranjero –una acepción que se entiende ahora como cualquiera que no haya nacido en Japón para evitar que algunos deportistas se nacionalicen con el fin de ser aceptados–, de los 26 luchadores más galardonados de la historia diez son foráneos. Y siete de ellos, mongoles. La primera vez que un no-japonés se coronó como ‘yokozuna’ –denominación de los 72 grandes campeones existentes desde el siglo XVII– fue en 1993. Desde entonces, los nipones han caído hasta rozar la irrelevancia.

Vida estricta

De sol a sol.
Los luchadores se levantan al amanecer y para las 10:30 ya han acabado su primera sesión de entrenamiento. Tras la comida, se echan una siesta, algunos con mascarillas de oxígeno para mejorar el rendimiento, y la sesión nocturna concluye a las 22:30.
Calorías a porrillo.
Solo comen dos veces al día. El desayuno se salta para frenar el metabolismo y permitir que el primer entrenamiento del día se haga en condiciones óptimas. Pero cuando los luchadores comen, lo hacen sin parar. Se estima que ingieren unas 8.000 calorías al día.

De hecho, este año han roto una sequía sin nuevos ‘yokozuna’ que duraba ya 19 años. En enero, Kisenosato, un luchador de 30 años y casi 200 kilos de peso, accedió al máximo nivel del sumo, que está copado por otros tres mongoles. «Ha logrado devolver la esperanza al sumo japonés», comentaba un artículo publicado en la revista ‘Nikkei Asian Review’. Los analistas aseguran que entre las razones del declive en la participación de luchadores locales se encuentra la creciente pasión que generan otros deportes, sobre todo el béisbol, y el rechazo que provoca la dureza de la vida de los luchadores, que también se enfrentan a graves problemas de salud por su sobrepeso.

Dos pequeños juegan a ser luchadores
Dos pequeños juegan a ser luchadores

Sin embargo, a 2.000 kilómetros de Japón, en las estepas de Mongolia, muchos sueñan con llegar alguna vez a ser ‘yokozuna’. En la tierra de Gengis Kan, los niños continúan preparándose desde muy tierna edad para llegar a ser grandes luchadores y participar en el Naadam, la mayor festividad del país asiático, que desemboca en tres días de juegos mongoles en la capital. Todo el país los sigue con fervor, ya sea en persona o a través de la pequeña pantalla. Incluso en las zonas más inaccesibles, los mongoles se las apañan para conseguir una antena y una placa solar que mantenga viva la televisión.

«En gran parte, ahí reside el porqué del éxito de los luchadores mongoles. Es cierto que se entrenan con reglas diferentes y que la complexión idónea para la lucha mongola es diferente. Pero les resulta fácil adaptarse a la normativa japonesa, y son más rápidos y agresivos que los nipones», comenta un joven entrenador llamado Aurunbold en Ulán Bator. «Como los salarios que se pagan en Japón son muy superiores a los de Mongolia, algunos de nuestros mejores luchadores prefieren ganar peso y aprender las costumbres y la lengua de ese país para tener éxito allí».

Huir de la pobreza

Es una apuesta arriesgada, porque no todos consiguen su objetivo. Algunos grandes deportistas han regresado a Mongolia después de haber sido incapaces de acostumbrarse a la rigidez tradicional de Japón. Asashoryu, por ejemplo, logró la hegemonía del sumo durante tres años consecutivos, pero las discrepancias con la Asociación le hicieron volver a casa. Es más, diferentes polémicas y casos de corrupción han mancillado el impoluto nombre del sumo, que ya no es lo que era. «Me di cuenta de que el éxito no lo era todo, de que la vida que llevaba en Japón no me hacía feliz», confesó Asashoryu tras lograr lo imposible: hacerse con los seis títulos más importantes del año.

«La vida en el campo tampoco es fácil. De hecho, los nómadas sufren todo tipo de calamidades relacionadas con el clima –comenta Ariunbold–. Eso endurece a la juventud, que retiene la capacidad de sufrimiento que han perdido los japoneses con su elevada calidad de vida. Así que, mientras Mongolia siga siendo un país pobre, habrá chavales dispuestos a hacer cualquier cosa por salir de la pobreza. Esa es la receta para el éxito en casi cualquier modalidad deportiva».

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