Erecciones generales

Hasta el C*

Los hombres se admiran entre ellos, se eligen, se prefieren. Se escogen, lo he visto

Carolina Cancanilla
ISABEL BELLIDO

Sucede a menudo: ante nosotros se despliega el minucioso cartel de un congreso sobre columnismo, una reunión de opinadores opinando sobre la opinión, sobre los que opinan. Decir ‘en su mayoría’ sería hacerles un favor: prácticamente todos-ellos-son-hombres, y aquí la teoría importa poco. Aburrida de tanto falo enmarcado por pelo áspero e hirsuto, me río y los imagino saludándose afectuosamente tras cada debate: abrazo, tío, palmada en la espalda, eres un puto máquina, escribes de puta madre, eres-todo-lírica. ¿Para cuándo el próximo libro entre columna y columna, puto máquina?

Tanta testosterona apesta, pero aquí la letra la escribo yo. Los hombres se admiran entre ellos, se eligen, se prefieren. Se escogen, lo he visto: profesores señalando a alumnos, jefes nombrando a subjefes, intelectuales lamiendo entre espumarajos a otros. También lo veo en los chicos circundantes, en el brazo por encima del hombro, en la estrecha camaradería, en las relaciones de un mundo endogámico al que en ocasiones sólo accedemos por ser ‘novia de’ o un tonteo frustrado. A veces, cuando veo a una única mujer entre ellos, recuerdo cómo durante la adolescencia muchas nos sentíamos privilegiadas por ser sus mejores amigas, las más masculinas, las que escupían más lejos, de cuya confianza terminaban abusando de una manera u otra. Qué estúpidas.

Al hilo viene una moda: el budsex, relaciones sexuales entre hombres (buddies-colegas) que, sin embargo, reivindican su heterosexualidad. Varones en ocasiones conservadores (como los sujetos de los estudios de Tony Silva o de Jane Ward, ambos reputados profesores universitarios) que mantienen relaciones por compadreo, entretenimiento o simple apetencia. Nada condenable si no fuera por un peligroso matiz relativo a la homofobia (nos hacemos pajas pero sin mariconadas, a lo Torrente), por un afán por mantener ciertos privilegios y por otra plomiza razón: hay entre las causas que conducen a estas relaciones un desencanto con las mujeres. Sienten que no les entienden; dicen ser incapaces de llevarse bien con ellas. Vaya.

Me lleva esto a ‘Malditos’, una novela de Luis Antonio de Villena en la que rememora años sin etiquetas sexuales; divertimento erótico para casi todos. Escribe: «Eso era (tuviese el nombre que tuviera) una feliz y gustosa complicidad entre amigos. Un modo de afirmar: lo conozco todo de ti (…), no hay trampa ni mentira. Y esas cosas –juzguemos lo que juzguemos– jamás podían ocurrir con mujeres. Eran un puro universo masculino. Cariñosa y afectiva masculinidad». Hay que joderse, hermanas: también nos quieren arrebatar nuestro sufrido lugar en el pódium como objetos sexuales. ¡Con lo que nos ha costado!

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