La empresa más odiada del mundo

La empresa más odiada del mundo

Sus negocios, desde pesticidas hasta transgénicos, mantienen en pie de guerra al ecologismo desde hace décadas. Ahora, Monsanto cambiará de apellido tras su absorción por Bayer

JAVIER GUILLENEA

Hay nombres que queman con solo pronunciarlos y uno de ellos es el de Monsanto, la empresa 'más odiada del mundo'. A la compañía estadounidense fundada en 1901 por John Francis Queeny se le han achacado, a veces con razón y otras sin ella, todo tipo de calamidades. Sus detractores, que son legión, acusan a la poderosa multinacional de haberse hecho de oro sin importarle el medio ambiente ni la salud de cualquier cosa que se mueva o crezca en el planeta. Monsanto es el diablo para los ecologistas, su bestia negra, el mal absoluto.

Pero es también el mayor productor de las demonizadas semillas transgénicas y del polémico herbicida de glifosato Roundup, que están presentes en medio mundo porque se venden, y mucho. Es un negocio redondo por el que el grupo farmacéutico y de agroquímica alemán Bayer ha pagado 53.373 millones de euros. Eso sí, lo primero que va a hacer es borrar del mapa el nombre de la multinacional recién adquirida. Los alemanes no quieren que nadie les acuse de andar con malas compañías.

Bayer mantendrá la comercialización de los productos de la empresa cuyo nombre no se puede pronunciar, aunque deberá vender a su competidor BASF parte de sus activos para evitar acusaciones de monopolio. La farmacéutica alemana conservará, entre otros, el Roundup, con la esperanza de que el tiempo contribuya a borrar la identidad de su creador y todas las fechorías que se le atribuyen.

John Francis Queeny tributó un homenaje a su esposa, Olga Méndez Monsanto, a la hora de bautizar a la empresa que creó a principios de siglo en San Luis. Es de suponer que ella se sintió halagada por la idea, pero si lo hizo fue por puro desconocimiento. Aún no sabía que, más de un siglo después, decenas de miles de personas celebrarían anualmente el día mundial contra su segundo apellido. En las pancartas que se esgrimen durante las manifestaciones figuran lemas como 'Sí a la vida, no a Monsanto' y 'El veneno está en tus alimentos'. Si doña Olga levantara la cabeza habría cruzado un par de palabras con el espíritu de su difunto marido.

En las incontables listas de «los terribles productos» creados por la compañía figuran la sacarina, un edulcorante que se sigue consumiendo pero al que sus detractores vinculan con el cáncer; el agente naranja que se utilizó en Vietnam como herbicida y que aún hoy sigue causando estragos entre la población del país; el insecticida DDT; el poliestireno, tan presente en los envases de los supermercados; los PCBs, un compuesto contaminante utilizado en los equipos eléctricos; la bomba atómica; pesticidas químicos que contienen dioxinas; una hormona de crecimiento bovino que causa enormes sufrimientos en las vacas; herbicidas con glifosato, un compuesto del que se dice que es cancerígeno; semillas Terminator, que, al ser estériles, obligarían a los agricultores a comprar semillas cada año; y cultivos transgénicos.

El precio

53.373
millones de euros es el dinero que ha pagado el grupo farmacéutico y de agroquímica Bayer para comprar la multinacional Monsanto.
Concentración
Con esta adquisición, la industria de semillas y pesticidas de todo el mundo quedará en manos de cuatro megaempresas. Junto con Bayer-Monsanto, se repartirán el pastel Corteva Agriscience, nacida de la fusión entre Dow y DuPont; ChemChina, que en junio compró Syngenta; y BASF.

La multinacional también sería responsable del suicidio de agricultores en India, la muerte de las abejas y la extinción de las mariposas Monarca. Según sus opositores, cuenta con empresarios, científicos, blogs y medios de comunicación, todos ellos en nómina, que se encargan de ocultar sus desaguisados. Al parecer, incluso ordenó a Obama firmar una ley que beneficiaba a sus productos. Si a Monsanto no se le acusa del asesinato de Abel es porque en aquel entonces la empresa aún no existía.

«Activismo anticiencia»

«Desafortunadamente, grupos de interés, con posicionamientos ideológicos y políticos, están abordando sin criterios científicos el desarrollo tecnológico, necesario para la agricultura moderna, que se precisa para satisfacer las necesidades de alimentos de una población creciente», indica Carlos Vicente, director de asuntos corporativos de Monsanto para España y Portugal. Para la empresa, que insiste en que «millones de agricultores de todo el mundo utilizan libremente» sus tecnologías y esgrime en su defensa una inversión de «1.607 millones de dólares en I+D» solo en 2017, «ese activismo anticiencia y la propaganda del miedo sobre algunas de nuestras tecnologías, basadas en afirmaciones sin fundamento que han sido desdichas, contribuyen a crear una imagen que no corresponde a la realidad de nuestras actividades».

«Es bueno eliminar la marca, pero no basta con ello» Carlos Pursals, Branward

«La imagen no coincide con la realidad de nuestras actividades» Carlos Vicente, Monsanto

Pero la realidad también se alimenta de la herencia recibida y la historia de Monsanto no es inmaculada. La multinacional ha sido condenada en varias ocasiones por sobornos y publicidad engañosa, y sus prácticas no han sido todo lo transparentes que sería de desear. «A nadie se le perdona su pasado y la de Monsanto es una historia que se ha arrastrado por un terreno muy delicado», afirma Carlos Pursals, 'reputation strategist' de la consultora de marca Branward. Bayer, la nueva propietaria, tendrá la ocasión de comprobar si basta con un cambio de nombre para lavar una mala reputación o si, por el contrario, la herida es tan profunda que puede acabar por extenderse. «Es bueno eliminar la marca, pero no basta con eso porque detrás de ella se oculta todo lo que significa», recalca Pursals.

Protesta contra Monsanto. Arriba, un cultivo de trigo en EEUU.
Protesta contra Monsanto. Arriba, un cultivo de trigo en EEUU. / R. C.

Que regrese el pasado es lo último que desearía Bayer, cuyo buen nombre está constantemente en entredicho por acusaciones como la de exterminar a las abejas y por toda esa amalgama de verdades, medias verdades y conspiraciones que rodean a las farmacéuticas. «Reconstruir una reputación no es nada fácil; es mucho más sencillo destruirla, porque no solo es el resultado de lo que hayamos hecho», asegura Pursals.

Las grandes compañías dedican muchos esfuerzos a desmentir las informaciones negativas que se difunden por internet. «Desde el año 2000 –agrega el experto–, el coste que han destinado a este cometido se ha multiplicado por veinte». Las empresas se esfuerzan por mostrar lo que hacen como contrapeso a lo que dicen que hacen. Es una manera de hacer frente a un ruido, el de las redes sociales, que muchas veces no refleja la verdadera realidad.

«Una compañía puede ser impopular y lo que vende, efectivo» Álvaro Rodríguez, Dircom

«La fusión es una mala noticia que va a afectar a todoel sistema agrario» Luis Ferreirim, Greenpeace

Esta es una de las razones que explican por qué Monsanto, también llamado 'Monsatán', es un buen negocio. A pesar de su pésima imagen, sus productos se siguen vendiendo porque, a la hora de la verdad, quienes compran son los agricultores, y ellos se basan en los resultados y no en lo que diga internet. Según Álvaro Rodríguez, máximo responsable de comunicación de la Asociación de Directivos de Comunicación (Dircom), «la reputación no significa que una empresa tenga buena o mala fama. Una compañía puede ser impopular pero lo que vende también puede ser efectivo».

Para los ecologistas, además puede ser peligroso. Que desaparezca o no el nombre de Monsanto es lo de menos para Luis Ferreirim, porque de lo que se trata es de «esconder al monstruo». A juicio del responsable de campañas agrícolas de Greenpeace, la operación de Bayer, «la de los insecticidas peligrosos para las abejas», es «una mala noticia que va a afectar a todo el sistema agrario». La creciente concentración de empresas hará, afirma, que haya «una menor diversidad agrícola». Será malo para los agricultores, que «necesitan la mayor diversidad posible de cultivos», y para los consumidores, «porque, al haber menos oferta en el mercado, es posible que suba el precio de los productos».

«En cinco años la banca pasó a ser lo peor»

«Las empresas miden su reputación, que cada vez tiene más influencia en ellas y depende de muchas cosas. Para empezar, de tus propios empleados, y luego de los clientes, la sociedad, los grupos de presión, las políticas de transparencia y también de lo que haces, cómo lo haces y cómo cuentas lo que haces», explica Álvaro Rodríguez. Puede depender, como ocurrió en España, de una crisis económica que puso al descubierto las miserias del sector financiero, cuya reputación se desplomó. «Según evoluciona la economía, la percepción social cambia y lo aceptable hace tiempo es hoy inaceptable. Esto se ha visto aquí, donde en cinco años la banca pasó de ser el adalid del crecimiento a convertirse en lo peor. Ahora está recuperando su imagen, aunque sigue dedicándose a lo mismo de antes. Lo que ha cambiado no ha sido el sector, sino el punto de vista del que mira». También puede ocurrir que los errores de uno los acaben pagando todos. Es lo que ha sucedido con las ONG, cuya reputación, uno de los principales activos de este tipo de organizaciones, ha caído en picado tras el escándalo de los abusos sexuales en Oxfam. «Lo que hace una compañía afecta al resto, y luchar contra esto es muy difícil porque el sector te arrastra», dice Carlos Pursals.

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