Las universidades se enfrentan al futuro con miedos y resistencias

Estudiantes de la Universidad de La Rioja trabajan en clase con ordenadores portátiles./Rafael Lafuente
Estudiantes de la Universidad de La Rioja trabajan en clase con ordenadores portátiles. / Rafael Lafuente

La educación superior enfrenta la era digital con el reto de trasformarse tras el éxito de los cursos en red de universidades como Harvard

DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

A nivel mundial, la institución universitaria se enfrenta al reto de pervivir en la veloz era digital sin perder su importancia ni su función en la sociedad. Y lo hace con temor a su propia estructura y burocracia, a la lentitud de sus resoluciones, al dudoso éxito del trasvase de las canónicas clases a nuevos formatos. «Los peores enemigos somos nosotros mismos, con nuestras estructuras y resistencia a los cambios», mantuvo Enrique Luis Graue, rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, durante el encuentro de rectores Universia que se celebró la semana pasada en Salamanca. «Cuanto más horizontal y democrática la institución, más difícil es dar un paso adelante».

El inmovilismo, reforzado por la incertidumbre, se refleja en la anécdota que contó Anant Agarwal, CEO de EdX, la plataforma digital de Harvard, y profesor del MIT: «Cuando trabajábamos para implementar los cursos 'on-line', los reguladores nos decían que los profesores nunca estarían de acuerdo. Y cuando fuimos a hablar con los profesores, nos dijeron que los reguladores nunca estarían de acuerdo. Se echaban la culpa unos a otros. Ahora ya no».

Asociadas a las funciones de la universidad está la «democratización en el acceso al conocimiento para hacer una sociedad más justa», como sentenció María Catalina Nosiglia, de la Universidad de Buenos Aires. Aunque sea una frase retórica se trata del paradigma final de una institución que permanece incólume desde el medioevo. Entre los rectores de universidades de 26 países, reunidos en Salamanca, se escuchaban sus incertidumbres. «¿Cómo incorporar actualmente el conocimiento al servicio de la sociedad?», interrogaba Antonio J. Dieck Assad, rector de la Universidad de Monterrey.

En el fondo se dirimen dos cuestiones urgentes. Primero, si la transmisión del conocimiento debe volcarse por completo a internet, y por tanto, a la larga, prescindir de las aulas. «Hemos gastado mucho dinero en construir universidades cerca de la población y ahora podemos ir a otras lejanas sin movilizarnos», se lamentaba un rector en la ronda de preguntas de un debate. «¿Queremos enseñar 'on-line' porque es bueno para la sociedad o porque queremos más alumnos y mayor prestigio».

El segundo asunto fundamental inquiere si el conocimiento de los estudios superiores deben centrarse en «profesionalizar» a los alumnos para que entren al mercado laboral, o en el avance profundo -y lento- de las ciencias a través de la investigación, independiente a la coyuntura empresarial. De momento, no se impone ninguna tesis. No hay conclusiones. Sólo preguntas.

La formación modular

El modelo digital está en pruebas desde hace una década, con aparente éxito entre los alumnos, pero impreciso en su alcance educativo real y su huella en la investigación. Se trata de los «cursos digitales masivos y abiertos», Mooc (por sus siglas 'Masive On-line Open Courses'), puestos en marcha por universidades como Stanford, con la plataforma Coursera, o Harvard y su popular EdX, que cerró 2017 con 14 millones de estudiantes en 1.800 planes.

«Los másteres serán desplazados del espacio que ocupan ahora por los cursos en red, que dan flexibilidad y adaptabilidad en plataformas muy prestigiosas», avizora Antonio Rodríguez de las Heras, catedrático de la Universidad Carlos III. «La capacidad de cambio que presenta lo digital no la tiene lo presencial, aunque la educación puede ser mixta. No hay que confundir los cursos en red con la educación a distancia». Con él coincide Agarwal, que apuesta por la educación 'omnichannel': juntar lo digital y lo presencial. «Deben ir juntas», afirmó. «Hacer algo grande con piezas pequeñas».

«Los másteres serán desplazados del espacio que ocupan ahora por los cursos en red»

Los Mooc son gratuitos hasta que el alumno requiere un certificado de estudios. Aunque son muchos los inscritos, son pocos los que pagan. Con este modelo, los profesores y sus centros de estudios asumen los costos de preparación del curso y el retorno depende de los matriculados que al final quieren una certificación. Un profesor con un curso de más de 50.000 inscritos confesó no haber visto ni un euro.

«Tenemos la presión de ser populares antes que rigurosos», aseguró Inés Dussel, profesora del Instituto Politécnico Nacional mexicano, durante su ponencia en el Encuentro Universia. Al final, la transformación universitaria para afrontar los retos se resumía en palabras del rector de la Universidad de Talca, Álvaro Rojas Marín: «Estrés cultural».

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