¿Dios está en el gluten?

El Vaticano recuerda que las hostias se hacen con agua, harina con gluten y manos «honestas». En el mercado hay algunas aptas para celíacos

Un sacerdote antes de la consagración. / AFP
INÉS GALLASTEGUI

Uno podría pensar que un personaje tan poderoso como Jesucristo –capaz de convertir el agua en vino, caminar sobre el mar y resucitar a los tres días de morir– podría transustanciarse donde él quisiera: pan y vino, galletas y leche... Error. Como hace cada cierto tiempo para poner orden en los más diversos asuntos humanos y divinos, el Vaticano ha dado un zapatazo sobre la mesa –el altar, para ser más exactos– y ha recordado a los desmemoriados católicos que las hostias se hacen como Dios manda, y no como a uno le dé la gana. Es decir, un pan hecho con una masa de agua y harina de trigo, sin levadura, horneado recientemente y por personas «honestas», tal y como se supone que lo tomaron el Mesías y sus discípulos en la última cena, hace 2.000 años. Y ha advertido de que siempre deben llevar algo de gluten, como si esa proteína de los cereales fuese indispensable para que el cuerpo de Cristo hiciese acto de presencia durante la consagración de la forma.

Alimentos con hasta 20 partes por millón se consideran «sin gluten»

¿Dios está en el gluten? El cardenal Robert Sarah, prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, no lo aclara. El 15 de junio, por encargo del Papa Francisco, este ministro vaticano envió una carta a los obispos para puntualizar que las obleas sin gluten son «inválidas» para la comunión.

La norma no es nueva, sino que refuerza una directiva establecida en 2003 por la Congregación para la Doctrina de la Fe, que entonces dirigía Joseph Ratzinger. «Las hostias bajas en gluten son válidas, siempre que contengan una cantidad suficiente para lograr la confección del pan sin añadir materiales extraños y sin usar procedimientos que alterarían la naturaleza del pan», advertía el ahora pontífice emérito.

El pan de misa con«fruta, azúcar o miel» representa «un grave abuso»

La noticia, difundida hace unos días por Radio Vaticana, ha puesto en alerta a los católicos con enfermedad celíaca, una dolencia autoinmune que los hace muy vulnerables a esa proteína presente en los cereales y en algunos alimentos procesados. La Federación de Asociaciones de Celíacos de España (FACE)se ha apresurado a aclarar que las hostias aptas para estos enfermos sí son válidas para la eucaristía, dado que contienen menos de 20 partes por millón, límite por debajo del cual la reglamentación de la Unión Europea los clasifica como productos «sin gluten». De hecho, esta entidad se encarga de analizar las obleas de misa para garantizar que no sobrepasan esa cantidad. «Cada párroco decide si utiliza estas o da la comunión de otra forma», explica una portavoz de la federación. En ocasiones, los curas prefieren no correr riesgos y ofrecen solo vino. En otras, piden al comulgante que aporte sus propias hostias.

La granadina Silvia Ruiz vivió la experiencia hace dos meses, cuando su hija pequeña hizo la Primera Comunión. «Avisamos a la coordinadora de la catequesis y ella se encargó de buscar las hostias sin gluten, conservarlas aparte y explicarle al cura que no debía tocar las otras antes. Julia y otro niño celíaco fueron los primeros en comulgar», recuerda. Esta madre se pasa media vida mirando con lupa las etiquetas para evitar riesgos. «Solo con que la niña coma algo contaminado con gluten tiene una reacción malísima, con vómitos, diarrea y dolor de barriga durante tres días», explica.

La importancia de las formas

Hostias tradicionales
La norma canónica establece que el pan ácimo se elabora con agua y harina de trigo. El gluten le da su textura de barquillo. El procedimiento tradicional consiste en batir la mezcla y verterla entre dos planchas calientes. Cuando se seca la hoja de pan, los círculos se cortan con un troquel.
Competencia extranjera
La fabricación de hostias era una fuente de sustento para muchos conventos de monjas, pero en los últimos años hay una gran competencia de empresas de Polonia, Italia y China, que venden las obleas a precios mucho más bajos. En internet pueden encontrarse docenas de ofertas, aunque algunas elaboran las formas con harinas de maíz, tapioca, garbanzo, patata y sorgo y grasas como aceite de palma.
400.000
españoles, cerca del 1% de la población, son celíacos, pero solo un 25% están diagnosticados. Son intolerantes al gluten, que se halla en el trigo y otros cereales y los alimentos elaborados con ellos. El daño en el intestino dificulta la absorción de nutrientes. Una celiaquía no tratada con dieta puede derivar en diabetes, enfermedad tiroidea y cáncer.

Nada de cerveza

Si la normativa se dictó en 2003, ¿a qué viene ahora la carta a los obispos? Parece que algunos párrocos se habían soltado la melena a la hora de elegir la composición del pan de liturgia. Un auténtico jolgorio, a juzgar por la advertencia cardenalicia: «Es un grave abuso introducir otras sustancias, como fruta, azúcar o miel».

El ministro de la Disciplina de los Sacramentos tampoco hace concesiones con el vino: «Debe ser natural, procedente del fruto de la vid, puro e incorrupto». Solo puede ser sustituido por mosto para sacerdotes o fieles que no puedan consumir alcohol, pero igualmente debe tratarse de «zumo de uva fresco o preservado por métodos que suspendan su fermentación sin alterar su naturaleza, como la congelación». Podría parecer un exceso de celo, si no fuera porque hay precedentes: en los Países Bajos muchos clérigos celebran la misa con cerveza.

En el fondo, estas instrucciones son una llamada de atención para que el clero controle el origen de lo que el ritual convertirá, según el dogma, en cuerpo y sangre de Cristo: «Hasta recientemente, eran ciertas comunidades religiosas las encargadas de elaborar el pan y hacer el vino para la celebración de la eucaristía. Hoy, sin embargo, se venden también en supermercados y otras tiendas, e incluso por internet». Válgame Dios.

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