La dieta sin fin

Un estudio noruego abunda en la idea de que mantener un peso óptimoes tan difícil como eliminar el sobrante

La dieta sin fin
JOSEBA VÁZQUEZ

Si piensas que al despedir esos kilitos –o kilazos– de más ya lo has hecho todo y que, a partir de ese momento, mantener el nuevo tipo estilizado que te sonríe desde el espejo va a ser asunto de coser y cantar, lamento decirte que mejor despiertes de tu ensoñación y retornes a la gruesa realidad. Es una faena, pero prolongar la sensación de felicidad que te proporciona ese cuerpo ahora grácil y ligero no va a resultar tan sencillo como quisieras, según las conclusiones de un estudio realizado durante dos años y divulgadas ahora por un equipo de nutricionistas noruegos. Pero, calma, ¡no desesperes! El grupo de aguafiestas tampoco trata de demostrar que estás condenado a recuperar inevitablemente en breve el aspecto fofo que tanto te incomoda; ‘solo’ te aconseja asumir que dilatar en el tiempo el volátil aspecto actual te va a costar tanto esfuerzo como haberlo conseguido, si no más. En otras palabras, que al desprenderte de las molestas grasas sobrantes no has cruzado ninguna meta, sino que, ¡pobre!, apenas acabas de iniciar una carrera que deberás mantener de por vida.

En la báscula

Termómetro digestivo. La grelina es una hormona que controla el apetito y la sensación de saciedad. Se la conoce como la ‘hormona del hambre’, ya que regula las ganas de comer.

34 personas con obesidad severa (125 kilos de promedio) han participado durante dos años en el estudio noruego. Al inicio del trabajo su nivel de hambre antes de una comida era de 53 sobre 100. Al final, esa puntuación fue de 73 sobre 100.

81% de los españoles fracasa al hacer una dieta, a pesar de que el 76% reconoce no estar contento con su peso, según una encuesta realizada a 2.944 personas por la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad (SEEDO).

La culpa es de un enemigo inagotable: el hambre. O la sensación de tenerla, para ser más exactos. El trabajo noruego, publicado recientemente en la ‘Revista Americana de Fisiología, Endocrinología y Metabolismo’, sometió a 34 personas con obesidad grave y un peso de 125 kilos de promedio a un riguroso programa de pérdida de peso durante dos años. En este tiempo, a través de dieta y ejercicio, los participantes perdieron una media de once kilos, que no es una mala cifra. El problema llegó en el momento en que los nutricionistas corroboraron algo que ya sospechaban que sucedería: al inicio del programa, los voluntarios calificaban sus niveles de hambre antes de una comida con una puntuación media de 53 en una escala de cero a cien. Cumplidos los dos años de dieta y ejercicio, los ‘pacientes’ puntuaron su sensación de apetito anterior a un almuerzo en un promedio de 73 sobre 100, lo que, por lógica, les incitaba a comer más para poder saciarse. Mal síntoma.

Expectativa deprimente

«En realidad esto ya se sabía, aunque es la primera vez que se ha preguntado a gente con mucho sobrepeso para que ellos valoraran su apetito en diferentes momentos a lo largo de 24 meses», dice el químico Luis Jiménez, autor de cinco libros sobre nutrición. En su opinión, «la sensación psicológica de apetito es bastante subjetiva», pero lo cierto es que resulta muy difícil de domeñar. «Lo que dice este estudio le puede pasar a cualquiera, pero más cuanto mayor sobrepeso tenga –añade–. Las personas con mucho sobrepeso cuando adelgazan no parten de cero, sino que están en una situación bastante negativa porque todo su organismo cambia y sufre adaptaciones metabólicas». Debido a todo ello, sucede que «adelgazar no es especialmente difícil; hay diferentes métodos eficaces para conseguirlo. Lo realmente complicado es mantener el peso al que has llegado. Esto es tan difícil, o más».

«Al adelgazar llegas a una situación de desequilibrio que seguramente durará toda tu vida» Luis Jiménez Autor de libros sobre nutrición

Planteada así, la cuestión puede generar una expectativa un tanto frustrante para quien se propone quitarse kilos de encima. «Sí –corrobora Jiménez, sin paños calientes–. Cuando adelgazas, no se sabe muy bien por qué, llegas a una situación de desequilibrio que seguramente se prolongará toda tu vida. La cuestión es que consigas crear unos hábitos de vida capaces de mantener ese desequilibrio».

Es por lo que los autores del estudio noruego han convenido en alertar de que es necesaria «una supervisión continua» y «una lucha diaria y permanente contra el sentimiento de hambre» para prolongar con éxito los logros de cualquier dieta de adelgazamiento. Pero el grupo de trabajo nórdico no solo ha valorado esa sensación del deseo de comer. También ha advertido en las 34 personas observadas un aumento significativo de la grelina, una hormona que segrega el aparato digestivo y conocida como ‘hormona del hambre’, ya que es la que delimita nuestro apetito. Y si la grelina crece, lo hacen también las ganas de ingerir alimentos.

Productos frescos

«Las personas que han sufrido sobrepeso y consiguen adelgazar, para mantener el peso deben comer menos que quienes siempre han sido delgados», sintetiza Luis Jiménez en uno de los cientos de artículos de su blog ‘Lo que dice la ciencia para delgazar’. «Ydeben comer menos de lo que ellos comían antes, claro –matiza–. Su gasto energético se reduce mucho y, por tanto, no necesitan tantas calorías. Sin embargo, su apetito no se ha ajustado y siguen teniendo el mismo. Yeso es un problema porque es para toda la vida».

¡Cualquiera diría que hablamos de una condena inapelable! No tanto, pero conservar el peso óptimo exige un riguroso ejercicio de autodisciplina. «No hay ningún país en el mundo que haya conseguido revertir la tendencia creciente de la obesidad. Si tuviese que dar una directriz, sería no comer alimentos ultraprocesados, sino productos frescos, e intentar moverse», aconseja Jiménez. «Ojo con lo que se llama ‘comer sano’: la gente lo interpreta como no sé qué a la plancha, muy poca cantidad, todo soso, sin aceite... ¡No! Yo digo comer alimentos frescos. Las dietas tienen que ser saciantes y satisfactorias. Lo que digo es ‘aléjate de los alimentos ultraprocesados’ porque si los tienes cerca acabarás comiéndolos. Ten en casa solo alimentos frescos. Y ahí entra todo: vegetales, frutas, carnes, pescados, frutos secos, legumbres, lácteos normales y corrientes...». Porque, ¿quién dijo que una vida sana tiene que ser triste?

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