El diablo que te empuja a explorar

Miguel Gutiérrez Garitano emula a Indiana Jones en busca del reinoinca de Vilcabamba, en Perú, donde descubrió con su equipo unas ruinas desconocidas para la ciencia

Gutiérrez-Garitano, a lomos de ‘César’. /Rafa Gutiérrez
Gutiérrez-Garitano, a lomos de ‘César’. / Rafa Gutiérrez
ISABEL IBÁÑEZ

Las comparaciones con Indiana Jones son fáciles pero inevitables. Miguel Gutiérrez-Garitano (Vitoria, 1977), explorador, reportero, escritor y más cosas, tenía 4 años cuando se estrenó la saga: «Puede que fuera la primera escena que vi en el cine y me marcó para siempre, un tipo con sombrero y látigo guiando a una panda de granujas hasta unas ruina incas... Indiana nos atraviesa y escarba en nuestro sótano interior hasta activar los atavismos más básicos y potentes». Se refiere a ese diablo de las entrañas que asaltaba al famoso explorador inglés Richard Francis Burton y que al vasco le pellizca cuando lleva un tiempo quieto, arrastrándole incluso hasta las mismísimas puertas del infierno, como cuando se internó en Irak para contemplar los horrores del Daesh (a ellos les gusta llamarse Estado Islámico). También le ha empujado a pasar frío en el Ártico, a participar en una ceremonia vudú en el África Negra –narcotizante incluido– o a internarse en las selvas de Perú atestadas de narcoterroristas.

Cruzando el río Apurimac durante la huida de la ‘zona roja’ controlada por Sendero Luminoso. Los miembros de la expedición Mars Gaming posan en los restos del santuario descubierto por ellos en el monte Comballa, en septiembre de 2015. Machu Picchu, segunda candidata a ser Vilcabamba, queda a 80 kilómetros al este. / Rafa Gutiérrez

Sobre sus incursiones en este país, acaba de publicar el libro ‘Vilcabamba. El reino escondido. La historia del mayor secreto de los Andes’. Cinco expediciones siguiendo la huella de los últimos incas, refugiados hace 400 años en algún lugar de la agreste sierra de Vilcabamba, 80 kilómetros al oeste de Machu Picchu, donde a base de guerrillas resistieron durante cuatro décadas los embates de los conquistadores españoles. Un territorio que esconde en la espesura restos arqueológicos esperando ser descubiertos. Como los del santuario hallado por Gutiérrez-Garitano y los suyos, un hallazgo para la ciencia que se inició en la Universidad del País Vasco, echando un vistazo a los mapas de la zona logrados por teledetección, desde el aire. Rebuscando con lupa en aquellas imágenes, destacaban ya las estructuras que luego pisarían en medio de la bruma con sus propios pies y toda la emoción del mundo.

Este logro le pone en la lista de los que antes que él intentaron localizar y escarbar en Vilcabamba y a los que rinde homenaje en sus páginas, que se abren con una premonición de manual, de esas en las que, como buen escéptico, no cree. Miguel Jove, uno de los guías más expertos de Cuzco, no podía acompañarles en su expedición porque tenía comprometido un viaje con turistas estadounidenses. Estuvo dudando una y otra vez sobre si romper su trato y marchar con los aventureros españoles. La noche anterior a su partida, a eso de la una, el teléfono sonó en la habitación del hotel del explorador vasco, que contestó airado porque alguien perturbara el descanso previo a la marcha. Pero era Jove: «Mil disculpas, amigo mío. Le llamo porque... Ni siquiera sé cómo explicarlo... Algo en mi interior me dice que debería irme con ustedes... No sé qué hacer, nunca he faltado a mi palabra, pero...». No lo hizo y al día siguiente moría en una avalancha de lodo y piedras en el corazón de Vilcabamba.

Porque, además de la dramática historia de aquellos últimos incas y del descubrimiento de las ruinas, Gutiérrez-Garitano relata las vicisitudes de su propia búsqueda en los bosques de niebla andinos, a lomos de ‘César’ y acompañado de su equipo, en el que destaca su hermano y compañero Rafa, fotoperiodista y glosador en imágenes de sus viajes. El dinero de las ventas del libro va para la ONG Asociación Africanista Manuel Iradier.

Muertos o secuestrados

Todo empezó en la biblioteca familiar, un mundo con más de 4.000 libros donde el pequeño Miguel, al que sus profesores siempre acusaron de estar en Babia –y tenían razón–, empezó a forjar el viajero y explorador que es. Un niño con detector de metales que encontraba en el jardín el anillo perdido de su madre. Puede que Vilcabamba no le diga nada al profano en la materia, pero está muy presente en la cultura popular, aunque sea de forma subliminal:«Tintín lo buscaba en ‘El templo del sol’, también Indiana Jones en las ruinas donde era perseguido por una enorme bola; Corto Maltés, Tadeo Jones, Lara Croft...».

Los mayores problemas en Perú giraron en torno a Sendero Luminoso, «el grupo armado de índole marxista que asoló el país en las últimas décadas del siglo pasado, hoy meros narcoterroristas». Hay en el libro pasajes como el del soldado que les avisa de la presencia de ‘senderistas’ en un encuentro digno de escena de cine. Soldado: «Mire, amigo, no me voy a andar con requiebros, si marchan en esa dirección es muy probable que se encuentren con un comando terrorista (...). En resumen, que si siguen con su plan pueden acabar muertos o secuestrados».Gutiérrez-Garitano: «Por mi parte, el plan se podía ir al infierno (...) Los cadáveres de los trabajadores del censo que habían desaparecido diez días antes de nuestra llegada aparecieron un año después...».

¿Ha pasado miedo el explorador vasco en sus viajes? Claro, como cuando aquel lugareño malintencionado le aconsejó acampar en un terreno abonado con minas en el Sahara: «Estaba hurgando con mi navaja en uno de esos cacharros cuando un escalofrío recorrió mi espalda y supe lo que era». Pese a todo, la cosa debe de merecer la pena. «Un viejo arqueólogo me dijo en una ocasión que ‘antes de morir todo hombre debería buscar una ciudad perdida’», explica el presidente de la Sociedad Geográfica La Exploradora. Y a eso se dedica. Acaba muchas conferencias con una palabra: «Exploren». Sepan que no hace falta irse lejos, que su familia intentó encontrar un tesoro enterrado hace dos siglos en la batalla de Vitoria, a 300 metros de su portal, ‘expedición’ que tiene pendiente. Así que, ya saben, abandónense al diablo, es una orden.

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