¿Quiénes están detrás de las confesiones de Ana Julia o 'El Chicle?

Los especialistas en conducta han sido fundamentales para obtener las confesiones de José Enrique Abuín, 'El Chicle', y Ana Julia Quezada. /EFE
Los especialistas en conducta han sido fundamentales para obtener las confesiones de José Enrique Abuín, 'El Chicle', y Ana Julia Quezada. / EFE

Cinco agentes integran la Sección de Análisis del Comportamiento Delictivo de la Guardia Civil. Ellos son capaces de meterse en la mente de los asesinos

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Aunque la imagen que se da de ellos en series como 'Mentes criminales' se puede alejar de la realidad, sí que sirve para acercarse al trabajo que realizan los integrantes de las unidades de análisis de conducta. La Guardia Civil fue pionera. En 1994 se creaba la Sección de Análisis del Comportamiento Delictivo adscrita a la Unidad Técnica de Policía Judicial de la Benemérita. En 2010, lo haría la Policía Nacional con la Sección de Análisis de Conducta. Ambas las integran cinco agentes y se fundamentan en la incorporación de técnicas psicológicas a la investigación criminal.

Homicidios, agresiones sexuales, asaltos violentos, desapariciones o secuestros son algunos de los delitos en los que aplican su método y aparecen únicamente cuando son requeridos por los agentes que investigan el caso o a petición de un juez, en muchos casos para que analicen el lenguaje no verbal de los acusados en los tribunales.

En concreto, la Sección de Análisis del Comportamiento Delictivo de la Guardia Civil, a cuyo frente se encuentra el capitán Andrés Sotoca, han estado detrás de las confesiones de José Enrique Abuín, conocido como 'El Chicle', acusado de la muerte de Diana Quer, y Ana Julia Quezada, presunta asesina del pequeño Gabriel Cruz.

Pero no son los únicos casos en los que su labor, basado en métodos científicos, han resultado cruciales. Cabe destacar, por su cercanía, el asesinato de María Esther, de tan solo 13 años, en el municipio malagueño de Arriate en 2011. Cuando encontraron su cadáver en el interior de la caseta de una depuradora, los agentes de esta unidad de la Guardia Civil se encontraban en el lugar. Vieron la escena del crimen y pudieron dar un perfil concreto: el asesino era un joven de su entorno al que la víctima conocía. El hecho de que tapara la cara de la niña les llevó a pensar que no quería tener remordimientos por ver el cadáver de su amiga. Poco después, detuvieron por este crimen a Rubén V., un joven de 17 años, vecino de Arriate.

La Guardia Civil hace una inspección ocular en la caseta de la depuradora donde fue hallado el cuerpo sin vida de María Esther, en Arriate.
La Guardia Civil hace una inspección ocular en la caseta de la depuradora donde fue hallado el cuerpo sin vida de María Esther, en Arriate. / SUR

Un trabajo sin guantes ni máscaras

Uno de sus cometidos es realizar un perfil que determine qué personalidad tiene el autor o autores de un delito y qué rasgos son los que pueden ayudar a reducir la búsqueda. Para ello se mueven en cuatro áreas: la víctima, la escena del crimen, el modo en el que se ha actuado y la firma del criminal. Y lo hacen sin analizar ADN o huellas dactilares, sin usar guantes ni máscaras, ya que buscan otro tipo de indicios: las evidencias conductuales o psicológicas de todas las personas relacionadas de una u otra manera con el caso, ya sea como posible autor o autores, como víctimas o como testigos. Buscan en definitiva comprender el hecho delictivo, las motivaciones que ha llevado a su autor o autores a cometerlo, si ha habido o no premeditación, y fijarse sobre todo en la comunicación no verbal, como apuntan desde la Sección de Análisis de Conducta de la Policía Nacional.

Los vestigios psicológicos quedan reflejados en el modo en que el agresor cometió sus delitos o en cómo reaccionó ante la investigación criminal. También sus huellas conductuales se plasman en el tipo de víctima elegida, dónde las aborda y consuma su delito, el tipo y orden de heridas producidas o el modo en que declara ante la Policía.

Así se ha podido apreciar en el caso del pequeño Gabriel. El modo de actuar de Ana Julia Quezada, sus contradicciones, su modo de presentarse ante la Guardia Civil tras encontrar la camiseta del niño..., llevaron a sospechar de ellas casi desde el primer momento.

Muchas veces el criminal no deja pruebas físicas en la escena, pero hay evidencias que los psicólogos sí ven y con los que hacen un perfil del autor o autora que ayuda a los investigadores a centrar sus pesquisas, a seleccionar o descartar sospechosos y, en definitiva, a esclarecer el caso. Incluso pueden hacer los llamados perfiles indirectos en lo que tienen que valorar la personalidad de alguien de manera muy rápida. Con distintos indicadores de su conducta, del escenario en el que se ha perpetrado el delito, etc., se diseña una estrategia policial, desde cómo planificar una entrevista o enfocar una negociación, hasta como preparar a un agente encubierto.

En el caso de José Enrique Abuín, presunto asesino de Diana Quer, los investigadores lo sabían casi todo de él porque lo llevaban siguiendo desde hacía más de un año. Sabían que era egocéntrico, que le gustaba alardear públicamente y también que era conocedor de que lo perseguían.

Los psicólogos criminalistas dieron las pautas a los encargados del caso para conducir el interrogatorio. Ante todo que se ganaran su confianza y que le dejaran hablar de sí mismo para que se sintiera cómodo. Una vez en un terreno menos hostil, lo enfrentaron a sus contradicciones. Esta estrategia, unido a que la esposa y cuñados de 'El chicle' lo dejaron sin coartada, hicieron que no solo confesara sino que indicara a los investigadores dónde estaba el cuerpo de Diana Quer.

Como indica la Policía Nacional, la relevancia en muchas ocasiones no radica en lo que se observa sino en lo que no. Y esas evidencias psicológicas sirven para generar hipótesis que sirvan de complemento a los métodos convencionales.

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