Deberes en verano, ¿sí o no?

Una niña hace unos ejercicios junto a una piscina, antes de bañarse/SUR
Una niña hace unos ejercicios junto a una piscina, antes de bañarse / SUR

Algunos padres exigen «vacaciones sin obligaciones» para sus hijos. Los expertos discrepan: «Una hora de actividad académica al día no los deja exhaustos para la diversión»

INÉS GALLASTEGUIMadrid

Desde que terminó el cole, Gregorio se sienta cada tarde con su nieto Bruno, de 7 años, en su casa de El Masnou, para hacer las tareas. Una hora, nada demasiado formal: escribir, leer, hacer unos ejercicios… «No es un trabajo agotador; nos lo pasamos bien». Ahora que el niño se ha ido de viaje con sus padres, el abuelo le ha puesto de deberes enviarle una postal diaria contando sus vivencias. Gregorio Luri no es un abuelo cualquiera: doctor en Filosofía y licenciado en Ciencias de la Educación, ha sido profesor de primaria, secundaria y universidad. Sabe de lo que habla. «Si en verano seguimos comiendo cada día, ¿por qué no hacer también cada día algún ejercicio intelectual?», se pregunta el autor del libro ‘Mejor educados’ (Ariel, 2014).

El debate ‘deberes sí, deberes no’, que en el último par de años ha generado ríos de tinta y ha llegado al Congreso de los Diputados, tiene su propio capítulo veraniego. Luri es del bando del ‘sí’, igual que, con matices, el resto de los expertos en educación consultados. En el ‘no’ están la mayoría de los padres. «Los niños tienen el mismo derecho a descansar que los profesores y los padres. Tienen derecho a estar tranquilos en la playa o en la montaña, a un verano sin obligaciones», sentencia Antonio Martínez, vicepresidente de la Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres del Alumnado (Ceapa), que el curso pasado promovió en noviembre una ‘huelga de deberes’ y en Navidad y Semana Santa, la campaña ‘En la escuela falta una asignatura: mi tiempo libre’.

«No decimos que los niños no puedan leer libros o hacer actividades culturales durante el verano, pero eso es diferente a ponerse con las Matemáticas, Naturales o Sociales, que al fin y al cabo lo tienen que hacer solos y de poco les va a servir», afirma Martínez. El argumento es que el tiempo libre es imprescindible para su «educación integral».

De la misma opinión es Eva Bailén, promotora de una iniciativa contra los deberes en Change.org que lleva recogidas 225.000 firmas. La inició porque a su hijo mediano lo ‘machacaron’ con dos y tres horas diarias de tareas, además de trabajos extra en todos los puentes y vacaciones, entre 3º y 5º de primaria, en un colegio público de Madrid. «No tenía tiempo para jugar. Acabó en el psicólogo», recuerda esta madre de otras dos niñas, autora del libro ‘Cómo sobrevivir a los deberes de tu hijo’ (Planeta, 2016). En su centro escolar, además, los cuadernos de vacaciones –libros diseñados para afianzar los conocimientos adquiridos durante el curso– no eran una recomendación: era obligatorio entregarlos completos en septiembre. No es lo habitual. «Cuando eran más pequeños yo misma se los compraba; acabé aborreciéndolos –reconoce–. Yo recuerdo mis veranos y no hacía nada. Y soy ingeniera de Telecomunicaciones: los deberes de verano no te garantizan nada».

‘Cates’ para septiembre

La Confederación Católica Nacional de Padres de Familia y Padres de Alumnos (Concapa), que representa sobre todo a familias con hijos en centros concertados, lo ve de otro modo. «Deberes de verano, sí, de manera acorde al nivel educativo y con el mayor consenso posible entre padres, profesores y centros escolares», señala Pedro José Caballero, su presidente, partidario de algún protocolo de ámbito nacional que ordene este asunto con la participación de las familias, sin imposiciones. «Los deberes no deben afectar a la vida familiar y al ocio de los chicos», resalta.

Todo el mundo –también la Ceapa– coincide en que, para los chavales flojos en alguna materia o con asignaturas suspensas para septiembre –algunas comunidades han adelantado las pruebas extraordinarias a finales de junio–, estudiar es imperativo. Pero, incluso en este caso, es conveniente que disfruten de unos días de relax total después de terminar las clases, afirma Enrique Castillejo, presidente del Colegio de Pedagogos y Psicopedagogos de Valencia.

En algunas autonomías, a los alumnos de secundaria con ‘cates’ no se les deja totalmente solos en esa larga travesía del desierto que es prepararse para las recuperaciones. En Cataluña, los deberes de verano tienen la forma de un ‘contrato’ que cada docente envía a los estudiantes con suspensos: si los realizan en vacaciones, tienen garantizada una parte de la nota del examen de septiembre. Es una forma de ampliar la evaluación continua del curso escolar.

Una rutina flexible de mates, lectura y escritura puede marcar la diferencia en el regreso a las aulas

¿Y los chavales que han llevado bien el curso? La mayoría de los expertos conviene en que los cuadernos de verano que ofrecen las editoriales son interesantes, porque refuerzan los contenidos curriculares con un tono más lúdico y relajado que los libros de texto. Pero no es imprescindible gastar dinero para mantener cierta rutina académica en época estival.

Para Luri, el simple hecho de escribir, de poner orden en los pensamientos y dejarlos reflejados en un papel, ya es un ejercicio maravilloso. Lo mismo que leer. «Pero leer algo que te plantee algún reto –matiza–. Un niño que ha aprendido veinte palabras nuevas durante el verano tiene más herramientas para desarrollar su actividad intelectual cuando regrese a la escuela». Y más: hacer cuentas para mejorar la agilidad aritmética, plantear problemas de concepción espacial o aprender a recitar poesías, un medio precioso para desarrollar la capacidad lingüística de los más pequeños. El profesor lamenta que los partidarios de «otras maneras de aprender» desprecien la memoria, que es el único mecanismo que tiene el cerebro humano para adquirir conceptos nuevos.

Once semanas de vacaciones escolares dan para mucho. Ocio y trabajo. Actividades en familia y ejercicios escolares. «No acabo de entender esa pena por el niño que pasa una hora al día en vacaciones haciendo actividades intelectuales sistemáticas, académicas. Deberíamos sentir respeto, no pena», asegura Gregorio Luri. «Parece como si una hora diaria dedicada a leer, a escribir, a hacer ejercicios de Matemáticas o de Sociales lo dejasen absolutamente exhausto para el resto del día y ya no pudiese jugar, divertirse o tener relaciones sociales», ironiza el profesor.

Los deberes, en cifras

6,5
horas de deberes a la semana realizan, como media, los escolares españoles, según un estudio de la OCDE de 2013. Y eso que la carga de trabajo extraescolar se redujo en casi una hora en un año. Solo Polonia, Irlanda, Italia y Rusia, con casi 10 horas semanales, nos superan. Finlandia y Corea del Sur, líderes en resultados escolares, registran menos de 3 horas semanales, pero la carga va en aumento.
73%
de los padres es partidario de eliminar los deberes escolares, según una encuesta realizada por Ceapa entre más de 67.000 familias. El porcentaje aumentó tras las campañas contra las tareas fuera del colegio realizadas por esa organización, que agrupa a 12.000 AMPAs. El mismo sondeo determinó que casi el 85% de los progenitores eran partidarios de cambiar el modelo pedagógico actual.
11
euros cuestan, como media, los cuadernos de vacaciones. «Son un negocio para las editoriales. No estamos de acuerdo con que los profesores los recomienden», critica el representante de Ceapa. «Si tienen calidad pedagógica y se utilizan bien, son fantásticos. Decir lo contrario es no tener ni idea», afirma el pedagogo Enrique Castillejo.

La vicepresidenta del Colegio de Pedagogos de Cataluña, Victòria Gómez Serés, subraya que las vacaciones de los niños han de descansar sobre tres ‘patas’: algún ejercicio cognitivo, actividades lúdicas, especialmente «mucho deporte», y tiempo con padres y hermanos. Respecto a la primera ‘pata’, apuesta por establecer de forma consensuada una «rutina flexible» y personalizar el trabajo estival para cada niño, en función de su edad y de su rendimiento académico durante el curso. Es buena idea reforzar las competencias básicas de los más pequeños –la lectoescritura y las ‘cuentas’–, pero la lectura debe ser recreativa, adaptada a sus intereses.

Enrique Castillejo aboga por crear una rutina y mantener los hábitos de trabajo durante un tiempo «razonable» –no más de 30 minutos para los menores de 10 años– que el niño nunca debe vivir «como un castigo».

¿Los chavales ‘desaprenden’ en vacaciones? Sí, responden a coro los expertos. Y lo peor es que lo hacen en función del estatus socioeconómico de sus padres. Covadonga Ruiz de Miguel, profesora en la Complutense e investigadora en la Fundación Sociedad y Educación, cita estudios que confirman que la brecha de rendimiento académico entre los escolares se agranda durante el descanso veraniego. Los chicos de entornos desfavorecidos pasan más horas frente a la tele, los videojuegos o el móvil, mientras los hogares de clase media-alta invierten más tiempo y recursos en actividades culturales, deporte y viajes.

A Gregorio Luri le resulta «deprimente» que los promotores de la campaña contra los deberes esgriman el argumento de que las tareas escolares aumentan las desigualdades sociales. «¿Por qué no miramos a la realidad? Las diferencias están ahí y hay que ver cómo las reducimos», señala el profesor, quien recuerda que la escuela pierde peso específico –las horas lectivas ocupan un 12-15% del tiempo anual del alumnado– y, por tanto, es aún más relevante lo que los chavales hacen fuera del colegio. Él aún agradece a sus padres que pasaran «penurias» para pagarle en verano las clases de un profesor de apoyo; el resto del día ayudaba en el campo.

En otoño la diferencia entre los alumnos que han disfrutado de una holganza ilimitada y aquellos que han practicado alguna rutina de trabajo es enorme, admiten los pedagogos. Gómez Serés destaca sobre todo la necesidad de «mantener en vacaciones, dentro de la flexibilidad, un horario»: los niños deben levantarse no más tarde de las nueve o las diez de la mañana y estar acostados antes de las once de la noche. Nada de levantarse a mediodía. «Aun durmiendo lo mismo, irse a la cama temprano mejora la capacidad neuronal», asegura.

«Hay alumnos a los que les cuesta engancharse a la marcha del curso, que presentan problemas de disciplina porque se sienten incómodos en este nuevo orden», corrobora Castillejo. El filósofo prefiere no hablar de ventajas en el regreso a las aulas: «La actividad intelectual nos afirma en nuestra esencia humana. El cerebro se atrofia por falta de ejercicio. Tenemos el deber moral de ser inteligentes».

Vivencias en familia, mejor que estudiar

Tanto quienes aprueban que los escolares realicen una actividad académica más o menos formal durante las vacaciones como quienes lo rechazan radicalmente comparten, sin embargo, una misma idea: el verano es una época que padres e hijos deberían aprovechar para compartir más tiempo y hacer cosas que durante el año no encuentran hueco entre la jornada laboral de unos y las obligaciones escolares de otros.

Si Gregorio Luri, firmemente partidario de retar al intelecto también en verano, pedía a su nieto de 7 años que le escribiera postales, la Ceapa proponía este año en su campaña ‘Abril sin deberes’ una lista de ‘tareas’ familiares para Semana Santa: elaborar juntos el menú de vacaciones, desplazarse en bici o en transporte público, crear un álbum de fotos, jugar juntos a videojuegos y juegos de mesa… «y descubrir que tenemos derecho a no hacer nada cuando queramos».

Para Eva Bailén, la madre bloguera y activista contra los deberes, «ir al supermercado y pesar la fruta, elaborar una receta, ver un documental o hacer experimentos en casa» es más educativo que realizar ejercicios repetitivos a los que los chavales no acaban de verles el sentido.

«Escribir emails a los abuelos o a un primo, hacer la bitácora de un viaje con fotos, precios y rutas, o redactar un reportaje sobre las vacaciones son maneras distintas de trabajar», explica la pedagoga Victòria Gómez Serés. Las matemáticas se pueden repasar yendo al supermercado y calculando cuánto dinero se ahorra con un pack y el inglés, viendo películas o series con subtítulos en el idioma original. «Para un adolescente que ha tenido un buen curso, leer libros de temas que le interesen y ver películas en inglés es suficiente para tener un verano bien aprovechado», agrega.

Las colonias y campamentos urbanos con actividades culturales o deportivas, o aquellas que organizan algunos museos y monumentos, también son una buena idea. Covadonga Ruiz de Miguel, profesora de Métodos de Investigación y Diagnóstico en Educación, propone mantener el cerebro activo con «actividades artísticas, campamentos de verano en los que el niño hace nuevas amistades o viajes para aprender idiomas y conocer nuevos lugares». También hay momentos para no hacer nada: «Los niños necesitan aburrirse de vez en cuando. Es bueno».

En 2015 se hizo viral la lista de tareas que les puso a sus alumnos de secundaria el profesor italiano Cesare Catà. En algunas animaba a los chavales a la rebeldía: «Baila sin vergüenza», «Si alguien te gusta mucho, díselo» y «Al menos una vez en la vida, tienes que ver el amanecer de un nuevo día». Otras eran más convencionales: «Lee todo lo que puedas», «Escribe un diario donde plasmes tus sentimientos» y «Recuerda los apuntes». Y la última: «Sé bueno».

Muchas de las propuestas de deberes estivales creativos están basadas en que las familias compartan tiempo juntas, algo que no siempre es posible cuando los dos padres trabajan: las vacaciones de los escolares son el doble de largas que las de la mayoría de los trabajadores. De hecho, la dificultad para conciliar vida laboral y familiar es uno de los motivos de queja de los progenitores partidarios de reducir la carga extraescolar. Cuando los niños son más pequeños y necesitan la supervisión de los padres para realizarlas, las tareas del colegio son «estresantes» para toda la familia, resalta la bloguera Eva Bailén.

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