El cuerpo como bandera

Hasta el C*

El desnudo reclama el derecho de la mujer a su propio cuerpo, que ha sido utilizado por esta civilización patriarcal

Carolina Cancanilla
Lalia González
LALIA GONZÁLEZ

Salté de sorpresa la primera vez que vi la protesta de las Femen. Pensé qué potente, a quién se le habrá ocurrido. Mujeres con el torso desnudo, dicen las crónicas, o sea con las tetas al aire, sobre las que realizan pintadas, y coronadas con flores encima la cabeza, como unas vírgenes antiguas o como los trajes típicos de muchas zonas de la Mitteleuropa. Fue iniciativa, por lo que encuentro en sangoogle, de una mujer ucraniana, economista, en Kiev en 2008, y usa como símbolo la letra F del alfabeto cirílico, parecida a la ‘fi’ griega, porque puede parecer dos pechos. Luego supe de sus actividades aquí y allá, por medio mundo, de sus causas y sus altercados. Se presenta con un radicalismo que forma parte de su ideario, lo que llaman ‘sextremismo’, y que empieza por el uso del propio cuerpo como elemento de protesta y, sobre todo, de las tetas, el símbolo por excelencia de lo femenino.

Sólo con el gesto de descubrir sus pechos las activistas arrojan ante la cara del machismo su denuncia suprema. «Si me quieres mirar las tetas tendrás que leer mis mensajes», han dicho. A los hombres la visión les perturba de una manera arcana, por mucho que el ‘topless’ se haya impuesto en los veranos, y de ahí la represión que se desata ante cada uno de los ‘saltos’ o ‘performances’.

El desnudo reclama, de paso, el derecho de la mujer a su propio cuerpo, que ha sido y es utilizado, violentado, privatizado por los hombres, por esta civilización patriarcal. Espanta que ahora países como Túnez o Jordania presenten como un logro derogar la ley por la que un violador anula su condena si se casa con la víctima que, así, se veía sometida hasta el infinito a una vejación constante. Hasta ahora, pues, era una situación regularizada, ‘de derecho’. Aun lo sigue siendo en muchos sitios. Bien pensado, aunque personalmente no comparta mucha de la radicalidad de estas activistas, igual resulta que hay razones de sobra para ello.

La osadía de las Femen, «comando del feminismo, su batallón de ataque», como se definen, quiere ser también una denuncia de la pornografía, de la prostitución, y sobre todo una proclama de la libertad de las mujeres que, ya de paso, podemos aprender de ellas a librarnos de muchas ataduras, en especial las de la estética. Como reclamaba una admirada mujer, en la dura postguerra, cuando ensayaba ‘topless’ en las playas desiertas de mi pueblo, «¡que disfruten las tetas, que siempre están sujetas!».

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