¿Qué coño hay ahí?

Hasta el C*

La vagina es una metáfora de lo que vienen siendo nuestras vidas: me habría encantado que me contaran qué tengo abajo y al frente

Carolina Cancanilla
ISABEL BELLIDO

La primera vez que vi mi vagina fue gracias a Ana Frank. Discurría mi primera adolescencia cuando leí su diario –la edad idónea para hacerlo– y en un pasaje Ana describía «esa parte del cuerpo» a Kitty, su interlocutora imaginada; era, por lo tanto, como explicárselo a ella misma, ya que nadie lo había hecho antes. «Lo más curioso del caso –escribía– es que yo pensaba que la orina salía del clítoris. Una vez, cuando le pregunté a mamá lo que significaba esa cosa sin salida, me dijo que no sabía. ¡Qué rabia me da que siempre se esté haciendo la tonta!». En ese momento yo me sentí tan zafia como su madre porque ciertamente yo no tenía ni idea de por dónde orinaba. Nada nos diferenciaba entonces a Edith Hollander y a mí, salvo que ella nació en el 1900. Me sentí anacrónica dentro de mi propia anatomía.

Ante la minuciosa descripción de Ana (labios mayores, menores, pliegues, una especie de tubo, almohadillas, un bultito carnoso, por Dios cuánta parafernalia), una niña a todas luces listísima, yo agarré un espejo de mano, me bajé las bragas y lo puse debajo. No podía creer lo que estaba viendo.

No sé de dónde saqué esa idea reflectante, pero apostaría que no fue sugerencia de la Súper Pop, la Bravo y sus tests para descubrir si volvíamos loco al chico que nos gustaba, sus ahora hilarantes consultorios sentimentales o sus rituales de belleza. ¿Sería en la Loka, que mezclaba Tokio Hotel con titulares memorables como ‘Pasa del frío y caliéntate con los titulares más cachondos’? Sin término medio en el papel cuché para las adolescentes de mi generación, pero con un denominador común que nos asoló a todas: el prototipo que nos enseñaban responde al de una mujer obsesionada por cuidar su físico y su imagen y preocupada por satisfacer sexualmente a los hombres, según un estudio realizado en 2007 por la Confederación de Consumidores y Usuarios de Madrid (CECU).

La vagina –el autoconocimiento femenino– es una metáfora de lo que viene siendo nuestras vidas: me habría encantado que me contaran lo que tengo abajo y al frente. Nos damos cuenta de todo así, a golpes: contra el cuadro de la bicicleta («¡cuidado, perderás tu virginidad!»), el balonazo en las incipientes tetas o el puñetazo que ha matado en lo que va de 2017 a 33 mujeres. Tena Lady lanzó hace unos años una aplicación para móviles llamada Espejo Íntimo que nos guía por nuestra vagina invisible. Virtualizada la solución, ahora solo queda humanizar el conflicto: urge hablar y tocarse.

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