La ciudad de los caracoles

Yo pertenezco al mundo oscuro. Durante el día trabajo con la persiana bajada como si tuviera conjuntivitis

JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA

Clara funciona como el tiempo. Cuando cae la tarde y se va la luz, ella se apaga. No le gusta la noche, ni los días grises, ni la lluvia. La semana pasada se refugió en casa con el propósito de no pisar la calle hasta que saliera el sol. La llamé por teléfono para preguntar cómo se encontraba y respondió que estaba de baja por depresión estacional. La imaginé mirando el frío y la tormenta tras el cristal de la ventana. Al contrario que Clara, yo salgo todos los días aunque diluvie. Me atrae la vida cotidiana, los sonidos de la calle, el ajetreo. Pero la semana pasada sólo me crucé con paraguas anónimos por las aceras. El otro día, Clara me dijo que había nacido en la Ciudad de los Caracoles y que tanto ella como la mayoría de sus paisanos sacan los cuerpos al sol. Se despidió con una súplica al dios del cielo para que detuviera la lluvia. El día que amanezca soleado, Clara se levantará feliz, pensé.

Yo pertenezco al mundo oscuro. Durante el día trabajo con la persiana bajada como si tuviera conjuntivitis. La pantalla del ordenador es la única luz que alumbra el cuarto. Vivo encerrado en el estudio hasta que llega la noche. Entonces subo la persiana, abro la puerta y tomo el primer sorbo de cerveza. La cena es la única comida que realizo a lo largo del día, es como si cumpliera el Ramadán los doce meses del año. No sé si soy un tipo raro o mi conducta es habitual y Clara es la mujer extraña. Ella y los habitantes de la Ciudad de los Caracoles. Los que llenan las playas en verano, los que madrugan, los que bendicen la luz. Los asesinos de Drácula.

Clara y yo somos el día y la noche. Curiosamente nos conocimos en un vuelo de vuelta desde Malasia. La víspera, yo había visitado la Cueva de los Vampiros, cerca de Mersing. Me imaginé trabajando en aquel lugar tenebroso y fantástico. El caso es que nos conocimos en el vuelo de regreso a casa. Era de día, pero los pasajeros del avión tenían las cortinas de las ventanas bajadas porque el cambio de horario los había trastornado. El interior del avión transformó en la cueva de los vampiros. Me sentía como en casa. Mientras los demás dormían, me dediqué a ver películas, leer, tomar notas. Cuando sirvieron el desayuno, yo cené y pedí un whisky. Volví a cenar en el almuerzo y así durante un día y medio. Cena tras cena. Clara estaba a mi lado y no daba crédito a lo que estaba viendo: Un hombre al revés. Entonces empezamos a hablar y nos fuimos conociendo en las nubes. Nunca olvidaré aquella noche constante y luminosa que nos trajo de vuelta a la Ciudad de los Caracoles.

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