La joven que salvó la vida bailando para el nazi Mengele

Edith Eger sobrevivió a Auschwitz bailando para el sádico médico, verdugo de sus padres. A sus 90 años, esta reputada terapeuta experta en traumas lo cuenta en un libro escalofriante

La terapeuta checa vive en la actualidad en California. Su venganza contra Hitler, dice, son sus tres biznietos. /R. C.
La terapeuta checa vive en la actualidad en California. Su venganza contra Hitler, dice, son sus tres biznietos. / R. C.
ICÍAR OCHOA DE OLANO

Las sobrecogedoras memorias de Edith Eva Eger arrancan en una sesión de terapia, en California. Allí una psicóloga trata a un joven atormentado por un trauma, cuyo origen intenta identificar. La doctora es una mujer casada y madre de tres hijos, que ejerció de maestra de escuela antes de convertirse en terapeuta. Salió de su país a hurtadillas con su marido, preso, huyendo del comunismo y dejando atrás todo lo que poseían. Con el tiempo, esa profesional se ganaría el reconocimiento internacional por ayudar a todo tipo de personas a superar sus desgarros emocionales. Desde veteranos de las guerras de Vietnam, Irak y Afganistán, a pacientes con cáncer o mujeres víctimas de la violencia de sus parejas. Ahora, a sus 90 años, ha escrito un libro en el que revela su condición de superviviente del Holocausto nazi y del feroz médico de las SS Josef Mengele, para quien tuvo que bailar después de que ordenara la muerte de sus padres.

Nunca imaginó que su vida sería esa. Eger, una judía húngara, tercera y última hija de un matrimonio formado por un sastre y una funcionaria, tenía otros planes. Una foto en blanco y negro muestra a una jovencita sonriente haciendo un ‘spagat’ sobre un arenal. Se la tomó su primer enamorado, un muchacho judío llamado Imre que, como tantos otros, sería exterminado. Su infancia y pubertad habían girado en torno a la danza y al entrenamiento con la meta de competir como gimnasta en el equipo húngaro. Pero su condición de judía le apearía de las Olimpiadas. Aquello la destrozó. O eso creyó hasta que su mundo entero se desmoronó apenas unos meses después de que Imre apretara el botón de la cámara. Una noche de marzo de 1944, soldados nazis irrumpieron en su casa y hacinaron a toda su familia, incluida ella, en un furgón lleno de judíos. Era la primera etapa de un viaje al horror con destino final en Auschwitz. «No sabemos a dónde vamos; no sabemos qué va pasar. Pero recuerda siempre que nadie puede quitarte lo que pones en tu mente». El consejo de su madre se revelaría como su acicate para mantener viva la esperanza durante su penoso cautiverio.

De adolescente, cuando soñaba con ser bailarina y gimnasta.
De adolescente, cuando soñaba con ser bailarina y gimnasta. / R. C.

A su llegada al campamento, les ordenaron en una fila. Al final de ella, distribuyendo a los recién llegados, estaba el doctor Josef Mengele, al que después se conocería como ‘el Ángel de la muerte’, por sus buenos modales detrás de los que se parapetaba un sadismo monstruoso. «Iba con mi madre. Cuando llegó nuestro turno señaló la izquierda para ella. Yo la seguí. Entonces él me agarró, nunca me he olvidado de ese contacto visual, y me dijo: ‘verás a tu madre pronto. Va a darse una ducha’». Eger explica en su libro cómo un rato después, cuando había sido desnudada y rasurada, otra presa, apuntando a una chimenea, le animó a «hablar en pasado» de su progenitora, porque «está ardiendo allí». Nunca volvió a verla. Tampoco a su padre.

Una visita «transformadora»

Por las tardes, Mengele, «asesino refinado y amante de las artes», como le describe la doctora, solía pasearse por los barracones en busca de prisioneros con talentos para la música o el baile que le entretuvieran. Compañeros de Eger la ofrecieron para que actuara delante del verdugo de su familia. Sonó el ‘Danubio azul’ y, aterrada, la joven huérfana cerró los ojos y «me imaginé que estaba en la ópera de Budapest». Satisfecho, el carnicero alemán, uno de los criminales más feroces del III Reich, le premió con una ración extra de pan.

‘La bailarina de Auschwitz’, como Planeta ha rebautizado su libro para su edición española, no recuerda a nadie llorando en el campo de exterminio. «Mostrar la más mínima debilidad implicaba acabar en la cámara de gas». Eger imaginaba el día de la liberación como un éxtasis. Pero, cuando llegó, descubrió que 32 kilos de peso eran insuficientes para caminar; que, fuera, el «odio» seguía intacto y que, «psicológicamente, estaba aniquilada».

Sus memorias

La autora
Edith Eva Eger nació el 29 de septiembre de 1927 en Kosice, Eslovaquia, donde vivió con sus padres y sus dos hermanas hasta marzo de 1944, cuando los nazis ocuparon Hungría, les capturaron y les enviaron al campo de concentración alemán en la Polonia ocupada.
El libro
’La bailarina de Auschwitz’ (Editorial Planeta) es su sobrecogedor viaje desde el confinamiento en el complejo de exterminio nazi hasta su curación emocional y la de sus pacientes.

Desde California, donde reside en la actualidad, una de sus hijas cuenta que siempre fue una mujer «tímida y triste» hasta que, en los setenta, «se transformó» después de una visita a Auschwitz. «Yo quiero tener una vida plena, no ser una mercancía dañada», se dijo. A su vuelta, comenzó a estudiar Psicología. Se especializó en TEPT, trastornos del estrés postraumático, una modalidad por entonces exótica y en la que hoy es una autoridad. «De algún modo, Auschwitz me dio un tremendo regalo, el de orientar a las personas en el camino de la resiliencia», afirma la terapeuta nonagenaria, quien sigue en activo. «El amor propio es el cuidado de uno mismo. El mayor campo de concentración está en nuestra mente», les receta a sus pacientes.

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