California «cargada y lista para temblar»: El megaterremoto ocurrirá antes de 2018

Un sismógrafo registra el terremoto de 6,5 grados en la escala Richter que golpeó el centro de California en 2003. / AP

La NASA alerta de que el paraíso del surf está a la espera de un gran sismo «que afectará de lleno a Los Ángeles»

ICÍAR OCHOA DE OLANO

La costa Oeste de los Estados Unidos espera la gran ola. Esta vez, una subterránea y pavorosa que difícilmente podrá surfear. California, el estado de la meca del cine y el verano sempiterno, la aguarda a medio camino entre el agnosticismo y el pálpito desaforado de la falla de San Andrés, una herida supurante de casi 1.300 kilómetros de longitud, que está «cargada y lista para temblar». Así lo ha advertido el director del Centro Sísmico del Sur de California, Thomas Jordan, en la última Conferencia Sísmica Nacional celebrada en ese país. Bastante más expeditiva, la NASA ha alertado de que el gatillo del sismo, «que afectará de lleno a Los Ángeles», se activará antes de 2018 «al 99,9% de probabilidades». Los geólogos ya han calculado que su embestida será de 7,8 grados en la escala Richter y que provocará más de 1.800 muertos y 50.000 heridos, reducirá a escombros al menos 15.000 edificios y ocasionará daños materiales por un valor superior a los 175.000 millones de euros. En plena cuenta atrás para la llegada del llamado ‘Big one’, Donald Trump ha dado un tajo al Sistema de Alerta Sísmica Temprana (SAST), el inacabado operativo que busca minimizar la hecatombe y salvar vidas, y que ahora se queda sin fondos. Para terremoto, él.

En su orgía de recortes, el presidente estadounidense acaba de borrar del mapa de los presupuestos del próximo año la contribución federal al dispositivo que tienen en desarrollo los tres estados que se asoman al Pacífico –California, Oregón y Washington–, una de las franjas con más riesgo del mundo de sufrir violentas sacudidas tectónicas. El plan de seguimiento y actuación, en el que trabajan el Servicio Nacional de Geología y siete universidades, detecta el principio de un terremoto a través de sensores y envía de inmediato una alerta que brinda valiosos segundos para ponerse a salvo. El anuncio de que en 2018 no contará con la financiación prevista de 8,2 millones de euros –en los tres últimos años el Congreso federal dio luz verde a ayudas para ese programa por un valor global de 20,5 millones– ha provocado el estupor entre los científicos y las autoridades de la Costa Oeste. Incluido, el único concejal republicano en Los Ángeles. «Esa decisión es una amenaza para la vida de millones de personas», ha dicho escandalizado Mitchell Englander, quien desempeña su cargo público en Northridge, la zona cero del último terremoto de envergadura que padeció California, en 1994, y que mató a 57 de sus vecinos.

El consenso entre los expertos es absoluto. Un superterremoto se cierne sobre California. La falla de San Andrés, una lucha de carneros entre la placa norteamericana y la placa del Pacífico, lleva acumulando tensión sin descanso desde hace más de un siglo. El contador volvió a ponerse a cero después del devastador terremoto del 18 de abril de 1906. Esa mañana desató su explosiva rabia cerca de San Francisco y provocó la sacudida más poderosa del siglo: 7,8 grados de magnitud y 3.000 fallecidos. El seguimiento genérico sobre los movimientos que efectúan las placas de la corteza terrestre sugiere que, cada cien años más o menos, éstas se ajustan a base de sacudidas sísmicas que liberan parte del estrés al que las fallas están sometidas. Por tanto, la Costa Oeste estadounidense lleva ya once años en el periodo de descuento.

Cuestión de velocidades

Consciente de todo ello, la conocida sismóloga californiana Lucy Jones centra sus esfuerzos en extender la conclusión a la que ha llegado tras décadas de estudio: «Los terremotos son inevitables, pero los desastres no». Bajo esta filosofía, ese estado y sus vecinos de arriba implementan el Sistema de Alerta Sísmica Temprana (SAST) –allí bautizado ShakeAlert–, y que ahora está a punto de entrar en vía muerta. Al igual que los que funcionan en otros países con gran actividad telúrica, como Japón, Taiwan, Chile, Turquía, Suiza, Italia o México, el estadounidense se fundamenta sobre el mismo principio elemental: las ondas sísmicas avanzan a una velocidad más lenta que los sistemas de comunicaciones actuales. Es decir, somos más rápidos, luego hay margen de tiempo para ponernos a cubierto antes de la descarga. Pero, ¿cómo funciona ese dispositivo?

«Un aviso cinco segundos antes del temblor permite meterte bajo una mesa y, a menudo, sobrevivir» Elisa Buforn. Catedrática de Física de la Tierra

«Los terremotos emiten dos tipos de ondas. La primera, llamada onda P, a menudo imperceptible para nosotros, se propaga a una velocidad de seis kilómetros por segundo y proporciona información sobre el tamaño del temblor y, por tanto, sobre su capacidad destructora. Los sismógrafos captan esa señal en los primeros segundos y la mandan al centro de procesamiento de datos de turno. Lo hace por internet, vía satélite o telefónica. Esto es, a 300.000 kilómetros por segundo, la velocidad de la luz. A esa onda le sigue la llamada S, la más devastadora, y que se desplaza a cuatro kilómetros por segundo. Es decir, va más lenta. Esa diferencia de tiempo entre una y otra, nos permite disponer de algunos segundos e incluso minutos para lanzar la alerta al centro de protección civil y a la población, y tomar medidas», detalla a este periódico Elisa Buforn, catedrática de Física de la Tierra en la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y una de las mayores expertas europeas en geofísica.

Sacudidas

10
Es el número mínimo de terremotos que registran a diario los 77 sensores de la Red Sísmica de España. La población percibe de 10 a 15 al mes. Eso ocurre cuando la magnitud supera los 2,5 grados en la escala de Richter.
7,8
grados. Es la magnitud que tendrá el ‘Big one’, según el cálculo de los expertos.

Pese a la impotencia que genera la energía demoledora de un sismo, cuando la Tierra suelta uno de esos latigazos no está todo perdido. Al contrario, cada segundo es oro. «Basta con cinco segundos de advertencia para que en una escuela o en una oficina los niños y los empleados se echen al suelo y se metan debajo de la mesa. Un gesto tan simple como ese puede salvar muchas vidas. Por eso estos sistemas de detección temprana son esenciales», defiende la experta.

Cortar el suministro de gas

En el terremoto de Napa de 2014, el ShakeAlert, todavía en fase experimental, permitió avisar a San Francisco ocho segundos antes de que el temblor bamboleara la ciudad. Japón, uno de los países más castigados por este fenómeno y también más avanzado en instrumentación tecnológica para detectarlos, se dotó de uno después de que, en 1995, una feroz sacudida en Kobe acabara con la vida de 5.000 personas. Cuando un ‘monstruo’ de magnitud 9 volvió a golpear la isla en 2011, Tokio, a más de 320 kilómetros del epicentro, dispuso de 30 valiosos segundos de margen –entre que se lanzó el dramático aviso y llegó la onda destructora– para paralizar algunas de las infraestructuras más sensibles, como trenes bala, centrales nucleares y aeropuertos. Resulta que el paisaje de desolación y muerte que dejó aquel superterremoto podría haber sido mucho peor.

«Ese intervalo que se consigue con los SAST permite alertar a hospitales para que, por ejemplo, se detengan intervenciones quirúrgicas, o cortar suministros de gas, lo que aminora los daños, puesto que se pueden evitar explosiones e incendios posteriores», destaca Buforn.

Efectos del devastador terremoto de 1906 sobre San Francisco. Abajo, a la izquierda, la falla de San Andrés se hace visible a su paso por el condado sureño de Kem. A la derecha, un puente partido en dos tras otro sismo que padeció esa misma ciudad en 1989. / M. Rightmire / R.C.

El operativo californiano, que iba a estar desplegado «en cada esquina de la ciudad, escuela, empresa y teléfono móvil» para finales del próximo año, según prometió en abril el alcalde de Los Ángeles, Eric Garcetti, contempla todas esas acciones y otras más sofisticadas. Por ejemplo, equipar a los edificios más frecuentados de un ‘software’ que programa a sus ascensores para que, en caso de producirse un temblor, se dirijan de inmediato al piso más próximo y liberen allí a sus ocupantes.

Desprovista de respaldo económico por su nuevo presidente, la Costa Oeste se siente abandonada, a merced de una naturaleza que a diario da visos de su furia contenida. Desde la Red Sísmica de España, organismo dependiente del Instituto Geográfico Nacional, su máximo responsable, Emilio Carreño, pone un poco de calma. Aunque no duda de que el ‘Big one’ llegará a California, asevera tajante que, por ahora, «las predicciones en materia sísmica no valen para nada». «Si yo digo que en la región de Murcia habrá un terremoto de 3,4 grados en dos años y que en el mundo habrá dos de más de 8,5 el próximo año, seguro que acierto. Eso no sirve para nada. En lo que sí se ha avanzado en este campo es en averiguar con antelación el epicentro y la magnitud de un sismo. En la última década, los GPS de uso científico para medir cómo se mueve el suelo lo hacen incluso a profundidades de 60 kilómetros, con una precisión de milímetros –antes era de centímetros– y de forma instantánea. Pero el cuándo se va a desencadenar un sismo, eso sigue siendo un enigma para nosotros», certifica.

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