Ceder la palabra, no el asiento

Carolina Cancanilla
Hasta el c*

Nos han martilleado tanto y desde hace tanto tiempo que el resultado es que cuando nos permiten hablar, no lo hacemos

ISABEL BELLIDO

Hace tiempo que sospecho que los índices ordenan las cosas a su antojo, o más bien al antojo de quien los formula. Siendo una niña no echaba en falta nombres de mujeres en mis libros de texto; simplemente había asumido (me habían hecho asumir) que estábamos a otras cosas: auxiliando con copiosos almuerzos a los soldados, lavando las camisas de los mejores literatos. Tampoco figuramos en la bibliografía de los setenta y ochenta en España, cuando la contracultura libertaria era vanguardia (las más afortunadas estaban probando qué era eso de follar con la cuasi libertad de un hombre: urgía un desarrollo personal antes que intelectual). Yo no tomé consciencia del problema ni descubrí a las que consiguieron escapar de esa vil estructura hasta tener cierta edad, pero muchos siguen ignorándolo, sosteniendo la falacia de que hoy las cosas han cambiado.

Demasiadas siguen igual. Hace unos meses asistí a un encuentro sobre actualidad política. Todo iba bien hasta que llegó la ronda de preguntas: no es que la voz masculina sobresaliese frente a la femenina (aguda, pero malacostumbrada a sonar más bajo), es que era la única. Era consciente de nuestra inacción frente a tanta pregunta grave y sentía que la misma idea tortuosa estaba flotando sobre las cabezas de mis compañeras: ¿es que no somos capaces de formular una pregunta? Me interrogué con fiereza, pero lo cierto es que todas mis inquietudes o dudas las iban disipando los hombres que hablaban y nos explicaban cosas. Alguien más estaba molesta (y creo que miope, porque no estaba viendo de lejos): una chica de la organización alzó la voz para pedir la participación de las mujeres allí presentes. Yo miré al frente y volví la vista atrás: los ponentes eran hombres y ella era la única mujer de su equipo.

Nos han martilleado tanto y desde hace tanto tiempo que el resultado es que cuando se nos permite hablar, no lo hacemos. No lo hacemos porque los que realmente hablan son los que vemos en comités de dirección, columnas de opinión, conferencias, altas y bajas esferas. Son ellos: los hombres. Por cada puñado de políticas, finalmente es un hombre el que preside el gobierno; por cada puñado de redactoras, finalmente es un hombre el que dirige el periódico. Necesitamos modelos, referencias. Lo dice Siri Husvedt: ellos «encuentran su propia valía en la mirada de otros hombres y mientras esto siga siendo así, las mujeres no contarán, por muy inteligentes que sean». La palabra es pública y lo personal es político: nosotras, simplemente, quedamos fuera.

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