ARROYO DE LOS ÁNGELES

JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA

El otro día, iba andando por la calle cuando de repente vi acercarse una larga hilera de personas haciéndome cortes de manga. Me quedé pasmado, miré hacia atrás y comprobé que no me seguía nadie. Así que yo era el único destinatario de aquel gesto soez que me dedicaban hombres, mujeres e incluso niños. Los veía venir, les miraba a los ojos implorando clemencia y al cruzarse conmigo me ignoraban, como si yo no existiera. Me pregunté qué daño había podido causarles de manera involuntaria. Qué execrable e inconsciente conducta les había provocado tanto odio. Pensé en mis actuaciones públicas de los últimos días. Apenas había pisado la calle y sólo recordaba tener un respetuoso contacto verbal con los empleados de la tiendas de comestibles. Tampoco había escrito ningún artículo ofensivo, al contrario. Desde hace tiempo no discuto de política, ni de religión, ni abordo ningún tema capaz de originar altercados. Otra cosa son los pensamientos, pero tampoco voy hablando solo por la calle. Los pensamientos se quedan ocultos en los pliegues del cerebro, allí donde nadie consigue penetrar. Hasta la otra mañana, nunca antes había padecido la terrible experiencia de sentirme despreciado. No por una persona, ni dos, sino por todo un ejército de enemigos desconocidos.

Entonces descubrí que todas las personas que hacían cortes de manga provenían del mismo edificio. Y también vi un letrero con el dibujo de una calavera con aspecto vampírico que señalaba la puerta de analíticas de sangre por la que salían los hombres, las mujeres y los niños, sosteniendo un pequeño trozo de algodón sobre el interior del codo por donde fluyen las venas. Al fin, suspiré aliviado. A partir de ese momento, el paseo recobró la calma y sonreí con complicidad a quienes sostenían el algodón sobre el brazo inmóvil, como si les dijera en silencio: «No temáis, si pasa algo estoy siempre a vuestro lado». Un niño que lloraba cogido de la mano de la madre me transportó a la infancia. Algunos aprendemos demasiado temprano que la sangre también duele. Hay circunstancias que nos ayudan a comprender que la vida exige una atención urgente y que no podemos desperdiciar un instante. De pronto, vislumbré con claridad la curiosa alegoría que acababa de producirse. Me encontraba en la avenida Arroyo de los Ángeles, delante del Hospital Materno Infantil. Tras cada una de aquellas ventanas empezaba la vida. Un arroyo de ángeles, un río pequeño de escaso caudal y profundidad por el que fluye la esperanza del porvenir. Una promesa de aguas transparentes que es preciso cuidar con esmero para impedir que se seque antes de llegar al mar.

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