África es nombre de mujer: su tasa de directivas supera a la de la UE

África es nombre de mujer: su tasa de directivas supera a la de la UE

El continente de los extremos acoge cinco de los trece países con mayor presencia parlamentaria femenina. Una contradicción. Ellas «son el motor», pero siguen sufriendo enormes desigualdades

JOSEBA VÁZQUEZ

Las elecciones legislativas celebradas por el mundo en los últimos meses han presentado un denominador común confirmado por esa excepción que no puede faltar en toda regla que se precie. La diferencia se la ha apuntado una de las potencias del globo, Alemania, donde la representación parlamentaria femenina de la anterior legislatura (37%) se ha visto reducida al 30,7% tras los comicios del pasado septiembre. Cosa llamativa porque la norma ha sido la contraria en el resto de países que han pasado por las urnas recientemente. Noruega, también en septiembre, incrementó en casi dos puntos el porcentaje de mujeres en su Cámara baja, hasta el 41,4%; Costa Rica saltó en febrero de un 35,1% al 45,6%; Italia se fue hace un mes del 31 al 35,5%; y Cuba, del 48,9 al 53,22% hace tres semanas.

La isla caribeña constituye uno de los tres únicos estados del mundo donde el número de escaños ocupados por ellas supera al de ellos, según el recuento de la Unión Interparlamentaria (IPU). En el listado de esta organización, reconocida como observadora permanente por las Naciones Unidas, a Cuba le sigue Bolivia (53,1%) y como líder muy destacado figura Ruanda, que acredita un 61,3% de presencia femenina en su Parlamento: 49 mujeres por 31 hombres. Un dato que desconcierta a nuestras mentalidades, convencidas de que todo lo que huele a progresista anida en Occidente. Según la IPU, otros cuatro países del África subsahariana (Sudáfrica, Senegal, Namibia y Mozambique) figuran entre las trece primeras naciones de su relación. La media mundial en este indicador es del 23,4% y en el conjunto de las naciones al sur del Sahara, del 23,7%. Más aún: la propia Ruanda es cuarta en el Ranking de Igualdad de Género que elabora el Foro Económico Mundial, solo por detrás de Islandia, Noruega y Finlandia. La cosa no queda aquí: el informe Women in Business 2018 de la auditora Grant Thornton dice que el llamado continente negro supera a la Unión Europea y Estados Unidos en la tasa de puestos directivos desempeñados por mujeres, con un 30% frente al 27% de la UE y el 21% de Norteamérica. ¡Vaya, vaya...!

Larguísima trayectoria

La sorpresa que estas estadísticas generan se deben al hecho de que, «en general, hay un desconocimiento amplio de la realidad africana –comenta Marta Villa, directora general de la Fundación Mujeres por África–. Hay allí numerosos países que son pioneros en este sentido y nos pueden inspirar a los occidentales». No es solo, según dice, que «en varios países africanos las mujeres han tenido un rol muy importante en el activismo social y político, así como en la resolución pacífica de conflictos», sino también que «el movimiento feminista en África cuenta con una larguísima trayectoria». Desde la creación de la Organización Panafricana de Mujeres en 1962, Villa cita, como ejemplos, la Carta de Derechos de las Mujeres que sirvió de guía para la redacción de la Constitución Sudafricana, «una de las más avanzadas en igualdad de género», o el Manifiesto de Mujeres, elaborado en Ghana en 2004 y que considera «referente para el movimiento feminista».

«Hay allí países y ejemplos referentes para el movimiento feminista»

El fenómeno ruandés tiene su germen en el verano de 1994, cuando las milicias hutus acabaron con tres cuartas partes de la minoría étnica tutsi en un conflicto que dejó cerca de un millón de muertos y unas 200.000 mujeres violadas. El genocidio liberó a las féminas de Ruanda de las estrictas imposiciones patriarcales y les otorgó un papel protagonista en la reconstrucción del país y en la restauración y desarrollo de la estabilidad social y económica. Esto derivó en una progresiva adquisición de derechos, reconocidos en la Constitución de 2003 y en una ley de cuotas que les reserva un mínimo del 30% de los asientos del Parlamento.

Cuestión de imagen

Pero no es oro todo lo que reluce. Ni remotamente. «Es cierto que desde hace unos años hay un movimiento feminista emergente en África, pero la mujer allí no tiene aún el protagonismo que debería en función del trabajo que hace». Lo dice Nicole Ndongala, una española que huyó en 1998 de la situación de violencia que azotaba a la República Democráctica del Congo, su país natal, y que coordina el Centro de Formación y Promoción de la Mujer en la Asociación Karibu, que ayuda a los africanos que llegan a Madrid. Nicole es tajante al afirmar que «la mujer africana es el motor social, de la familia, de la economía sumergida, mediadora en conflictos bélicos... y, sin embargo, está relegada a un segundo plano». En su opinión, la representación femenina en la política de Ruanda y otros países «es más una cuestión de imagen. Están en el Parlamento y pueden aportar, pero no decidir. Hay muy pocas en puestos claves». Piensa lo mismo Diakhoumba Gassama, responsable para juventud y activismo en África de Amnistía Internacional (AI). «A veces la igualdad es de papel. Necesitamos gente con coraje que asuma un nuevo liderazgo con ideales de equidad y solidaridad. La gente de clase media tiene que dar ese paso para propiciar el cambio».

«En numerosos lugares la mujer sigue padeciendola sumisión»

Este diagnóstico lo resumía María José Becerra, historiadora argentina y especialista en estudios africanos, en un ensayo publicado el año pasado. «Si bien hoy la mujer es vista en África como un motor privilegiado para alcanzar el desarrollo económico, promover la igualdad social y política y obtener la paz, en muchos lugares continúa padeciendo una condición de sumisión e inferioridad. Ahí reside entonces un gran desafío para el progreso del continente: hacer visible el rol femenino en la sociedad», escribió. O lo que es lo mismo, «las mujeres tienen que tener un hueco muy importante para poder transformar África y avanzar», en boca de Nicole Ndongala.

No todos los estados cuentan con los índices de presencia femenina en la política de Ruanda o Senegal. Es el caso de las naciones donde no se aplican cuotas de discriminación positiva. Ejemplo paradigmático es Nigeria, primera economía africana, donde solo el 5,6% de los escaños de su Parlamento tienen titularidad femenina. Tampoco se ha extendido mucho el modelo de Liberia, que ha contado con una presidenta de gobierno, Ellen Johnson-Sirleaf, durante doce años ininterrumpidos. En un continente tan vasto y diverso, las diferencias son notables en muchos aspectos, pero también existen graves denominadores comunes. Uno, que ellas padecen enormes desigualdades laborales, educativas y sanitarias. Con un 13% de la población mundial, unos mil millones de personas, África sufre un tercio de la pobreza del mundo; dos tercios de los afectados son mujeres. Únicamente un 34% de las niñas acaban la educación secundaria, por el 42% de los niños, y en Costa de Marfil la mitad de la población femenina es analfabeta. La mortalidad infantil afecta cinco veces más a las niñas que a los niños, el 70% de los adolescentes portadores del VIH son chicas y alrededor de 550 mujeres mueren cada día al sur del Sahara en el parto o por complicaciones derivadas del embarazo, dos tercios de las que fallecen por esas causas en el mundo.

El 80% de la alimentación

En lo económico, al tiempo que un 30% de los cargos directivos del continente los ostentan ellas, hay que destacar que la femenina representa más del 60% de la mano de obra en el sector agrícola y que produce el 80% de la alimentación, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Sin embargo, solo el 15% son propietarias de las tierras cultivables. Además, «el 80% de la economía informal –la no regulada ni reconocida– es sostenida por mujeres», afirma Villa. «Es importante dar el salto de la economía informal a la formal», agrega.

«En África, muchas de las sociedades tradicionales eran de tipo matriarcal; las mujeres eran el pilar de la familia y el impulso de la vida socioeconómica. Con la llegada de la colonización, el continente fue vaciado de su potencial humano», denunciaba hace dos años la novelista senegalesa Ken Bugul (‘la que nadie quiere’), seudónimo de Mariètou Mbaye Biléoma. «Ese rol se está recuperando en algunos lugares», asegura Nicole Ndongala. Para Marta Villa, «se trata más de desmontar el sistema patriarcal existente y que la mujer participe en plenitud en todas las esferas, acabando con la situación de subordinación respecto al hombre». La directora general de la Fundación Mujeres por África destaca también las disparidades dentro del mismo continente: «El área subsahariana está por debajo del norte en acceso a servicios básicos, pero en presencia política de mujeres tiene muchísimos referentes. Son dos regiones que se pueden inspirar mutuamente».

Una tarea constante como impulsoras de los procesos de paz

El papel jugado por la mujer africana en numerosos procesos de pacificación es uno de los aspectos más reiterados por las voces especializadas en la realidad del extenso continente. El rol femenino no solo fue determinante en Ruanda tras el conflicto de 1994, sino en muchos otros países. Uno de ellos Liberia, donde la activista Leymah Roberta Gbowee lideró el movimiento que puso fin en 2003 a la segunda guerra civil. El proceso posterior propició la llegada al poder de Ellen Johnson-Sirleaf, otra luchadora que había pasado por la cárcel y el exilio y en enero de 2006 se convirtió en la primera presidenta electa en África. Las dos compatriotas recibieron en 2011 el Premio Nobel de la Paz, junto a la activista yemení Tawakul Karman. Antes que estas tres, en 2004, la keniana Wangari Maathai recibió el mismo galardón por «su contribución al desarrollo sostenible, la democracia y la paz».

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