«A mi hijo le dijeron: 'tu papá se comió a los amigos'»

El cardiólogo pediátrico Roberto Canessa.
El cardiólogo pediátrico Roberto Canessa.
  • El cardiólogo pediátrico Roberto Canessa, superviviente de la tragedia aérea de los Andes, sostiene que una película que mostrara «realmente» lo que sucedió allí «haría que se marchara del cine la mitad de la audiencia»

Aquel jugador de rugby uruguayo que a los 19 años, junto a Nando Parrado, escaló cumbres y alcanzó el valle, y con él su salvación y la de sus amigos es, casi 45 años después del mítico accidente aéreo de los Andes, un insigne pediatra dedicado a curar cardiopatías congénitas en fetos y bebés. Atrás quedaron aquellos más de 70 días en los que tuvieron que elegir entre morir o alimentarse de los muertos.

Hoy todo eso está digerido. Incluso por los familiares de las víctimas. «Hannibal Lecter me da mucha risa», bromea Roberto Canessa. Pero en el fondo piensa que aquella terrible decisión le obligó a un compromiso. Hoy siente que volvió a nacer para dedicar su vida a salvar la de otros muchos recién nacidos. Lo cuenta, junto al escritor Pablo Vierci, en el libro 'Tenía que sobrevivir'. Su hijo dice de él que es «un adicto a la vida».

- 'Tenía que sobrevivir'. ¿Por qué?

- Para decirle a mi madre que no llorara más. Una vez asistí al entierro de un amigo y mi madre me dijo: «Si a mí se me muere un hijo yo me muero de la tristeza». No le podía fallar. Descubrí que en la vida lo importante no es hacer las cosas sino la fuerza del porqué.

- Creo que a su madre le enviaba mensajes telepáticos.

- Y le llegaban, porque otras señoras iban a darle el pésame y les decía: «Roberto va a volver, quedaos tranquilas». Las otras se iban susurrando: «Pobrecita, está loca».

- Pero tenía razón.

- En Chile les decían que era imposible encontrarnos. Estaba claro que éramos nosotros los que teníamos que salir como una semilla de las entrañas de la montaña y volver a revivir. Esta historia está mirada por el mundo de una manera totalmente equivocada.

- ¿Equivocada, por qué?

- Dicen que nos salvamos porque nos comimos a los muertos. Nos salvamos porque salimos caminando y encontramos un arriero. Y en esa dicotomía se encuentra el verdadero valor del hombre.

- Si tuvieron fuerzas para caminar fue gracias a que se alimentaron de carne humana.

- Sin duda. Estaba exagerando. Es verdad que fueron los cuerpos de nuestros amigos los que nos dieron la energía para aguantar hasta que mejorara el tiempo. En esa comunión con ellos dijimos que si moríamos íbamos a servir de alimento a los demás. Yo a partir de ahí he tenido un compromiso con la vida.

- Antes de estrellarse ya iba para médico. ¿El accidente lo convirtió en otro tipo de médico?

- Hay resortes inconscientes que ignoramos, paralelismos... Creo que la potencialidad de un recién nacido es la que teníamos nosotros a los 19 años con toda la vida por delante; una planta que está explotando por vivir y está encerrada dentro de una incubadora, de un útero o de un fuselaje.

- Su hija dice que usted vivió para que su madre no cargara con un muerto y que ahora salva a bebés para devolver a cada madre un hijo vivo.

- Me encanta ese punto de vista. Hoy estaba viendo a un niño al que operamos dentro del útero y verlo vivo es maravilloso. Es un superviviente de los Andes, un resucitado, un ejemplo de rebeldía frente a la adversidad.

- Usted también se rebeló contra la adversidad.

- Pero no con esa alegría. Yo me puse insoportable, ja, ja ja... El estrés era impresionante. Todo giraba alrededor del momento más oportuno para salir de allí. Ya lo habían intentado muchos y habían fracasado. Hasta que un día se muere Turcatti, y Zerbino me dice: «Roberto, si seguimos esperando nos vamos a morir todos». Y ahí lo vi claro. Siempre me pasa en la vida que tengo como una voz superior, mezcla de conocimiento y pasión, que me dice: ¡Ahora!

- ¿Sigue en contacto con los familiares de los muertos?

- Claro, vivimos en el mismo barrio. Como tribu hemos logrado catalizar ese dolor gracias al apoyo y a la generosidad de los padres de los que no volvieron, una gran generosidad que yo admiro, agradezco y trato de retribuir en todo lo que puedo. Con los años se ha naturalizado... No hay que perder nunca el sentido del humor. Como dijo Gustavo: «Si yo me muero y no me comen, los volteo a todos». Y nosotros respondimos «¿Pero quién te va a comer a ti? Seguro que nos envenenamos».

- Así que los familiares lo asumieron.

- Sí, mis hijos fueron al colegio con los sobrinos de los que no volvieron. Hace poco el niño de uno de ellos tuvo un problema cardiaco, lo operamos y salió muy bien. Yo creo que la gran lección de esto es el cariño. Este libro va de tratar de querernos un poco más, de darnos cuenta de lo que tenemos en común los seres humanos.

- Y que no se quede todo en el morbo del canibalismo...

- Lo más importante de esta historia es el contexto. Nos estábamos muriendo de hambre en un enorme frigorífico lleno de carne congelada.

- ¿'Viven' es una película muy Disney?

- Están muy lindos los actores... Pero una película que mostrara realmente lo que sucedió en los Andes haría que se levantara de la butaca y se marchara la mitad de la audiencia. Hablando un día en Nueva York con Martin Scorsese me decía que Disney solo había arañado la superficie.

- ¿Ha sido capaz de ver 'El silencio de los corderos'?

- Sí, y Hannibal Lecter me hace reír mucho. En mi casa hacemos una broma. Ya sabe que al final de 'El silencio de los corderos' él dice: «Tengo un buen amigo para la cena». Es una broma que siempre me hace mi señora. Me dice: «Traes un amigo para la cena, ¿no?» Es una manera de alivianar algo terrible, tan espantoso, triste y humillante como lo que tuvimos que hacer.

- ¿En un rincón del alma se siente culpable?

- Todo lo que vino después de los Andes fue tan bueno y tan positivo... La historia demostró que fue una lección de vida, que no teníamos alternativa. Hoy me enorgullece haber sabido tomar aquella decisión tan difícil y terrible. ¿Quién me va a culpar, la civilización, que dijo que estaba muerto? Si Jesucristo en la cruz dijo este es mi cuerpo, esta es mi sangre...

- ¿No necesitó terapia?

- La terapia fue allá arriba. Fueron dos meses de terapia intensa en los cuales yo sentía que tenía un elefante sentado en los hombros y cuando salí de allí el elefante no estaba más. Sentía que volaba por la vida. Un día un periodista le preguntó a la cocinera de mis padres: «¿Quedó muy mal Roberto?» Y ella le respondió: «Noooo, a este loco le hizo un bien bárbaro. Ahora estudia, es mucho más serio que antes». En lo que vivimos hay algo catártico, templador, que te endurece la voluntad y te ablanda el alma.

- A uno de sus hijos los compañeros del colegio le dijeron que su papá se había comido a los amigos.

- Así es. Lo cuento en el libro. Y ahora eso nos está pasando con los nietos. A mi hijo le dijeron eso y respondió con total naturalidad: «Sí, ven que te lo explico». Yo a mis hijos siempre les dije la verdad. Criarlos tontos es horrible. Fue un momento inolvidable cuando volvimos a la montaña y les mostré el fuselaje, la cruz... Eran las raíces de su historia y de su vida.

- ¿Alguna vez ha tenido la tentación de sentirse un superhéroe?

- No. Cuando volví de los Andes para muchos sería un héroe pero si no estudiaba suspendía los exámenes como los demás. Continuamente choco contra mis propias limitaciones.

- Se lo preguntaba porque en 1994 se presentó a presidente de su país, Uruguay.

- Si algo se imprimió en mi matriz emocional es que no puedo pasar de largo cuando me plantean dificultades, no consigo hacerme el distraído.

- Perdió estrepitosamente. ¿Qué aprendió de aquel fracaso?

- Nunca lo vi como un fracaso, sino como el compromiso que me impuse de seguir adelante, de no darme por vencido. Yo nunca me voy a sentar a esperar a los helicópteros, porque sé que si no los voy a buscar no vienen.

- ¿Toma algún tranquilizante para volar?

Cuando volví a subir a un avión, miraba a la gente y solo pensaba en quién se moriría y quién quedaría vivo... Me corría la transpiración por la cabeza. Hasta que un día, inspirado por mi héroe, Churchill, decidí superarlo. Ahora cuando voy en el avión y la gente se asusta suelo decirles: No se preocupen, yendo yo, por estadística, esto seguro que no se cae.

- Ha mirado a la muerte a los ojos. ¿Qué ha aprendido?

- Aprendí que no se te tiene que caer el avión para ser una persona agradecida. Yo salí de allí caminando y he seguido caminando toda mi vida. A mí me despertó el accidente de los Andes, pero cada persona tiene su cordillerita.

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