¿De dónde viene la frase hecha 'irse de picos pardos'?

Ejemplar del Diccionario de la lengua española.
Ejemplar del Diccionario de la lengua española. / Twitter
  • Hoy día, tal y como recoge el diccionario, significa irse de juerga

La frase hecha viene de orden de Carlos III, que obligó a las mujeres de mala vida a coserse trozos de tela oscura en las esquinas de sus faldas de cuatro picos, moda de la época, para diferenciarse de las demás

Decía el académico Manuel Alvar, que solía pasar parte de su tiempo en Málaga, donde tenía casa, que el español es un idioma lleno de arcaísmos, lo que demuestra la riqueza y la antigüedad de la lengua, y que en Álora, curiosamente se usaban muchos latinajos, los típicos vox populi, motu proprio, etc. De esos arcaísmos, precisamente, nos quedan hoy estupendas frases hechas que traídas a este tiempo, muchos de los de los millenials o jóvenes de la new age no entienden, pero que en sí son tan llamativas y sonoras que han ido pasando de generación en generación hasta nuestros días y que puede que en cualquier momento te encuentres diciéndolas por aquello de que la tradición oral se aloja, costumbrista, en algún sitio de tu cerebro, y cualquier día sale a la luz tras haber oído muchas veces la frase y haberla asimilado.

La frase arcaica que hoy nos trae a escribir estas líneas es una sonora y enigmática, que a lo mejor no usan mucho las nuevas generaciones, pero sí aquellos que suben de los 30 años para arriba. Es la famosa ‘irse de picos pardos’. En la actualidad, no hay duda que significa irse de juerga, de farra (palabra más usada en Sudamérica, y que ahora tiene aquí más adeptos) o irse de cachondeo, muy del sur. Y por ahí van los tiros. Es más, la RAE en su entrada pico, especifica que irse de picos pardos significa ir de juerga o diversión a sitios de mala nota. Ir de picos pardos proviene de la época del Borbón más ilustrado que ha dado España, Carlos III, que en su reinado se le llamaba el alcalde de Madrid por las obras que dejó en la capital, entre ellas el Museo del Prado. Pues bien, las mujeres europeas de finales del Medievo y del Renacimiento, sobre todo las españolas, usaban un trozo de tela en forma de cuadrado o lienzo, al que le hacían un agujero en el centro a modo de falda. En el agujero o abertura del centro cosían un pequeño forro o dobladillo, que era por donde metían un cordón, que al tirar de él les servía para asirse la falda a la cintura. Esta falda, puesto que se hace con un cuadrado y en medio queda la cintura, acababa teniendo cuatro esquinas o picos, que caían cintura abajo como las esquinas de una mesa vestida con un mantel cuadrado. ¿Se lo imaginan? Como los picos muchas veces rozaban el suelo, las mujeres de la época le ponían refuerzos para que no se deshilacharan.

Pues bien, propio del machismo de aquella época (no vamos a descubrir ahora la pólvora), las mujeres no solían salir de casa cuando anochecía, esa parcela se la reservaban a las fulanas o prostitutas. Por eso, cuando alguna fémina de la nobleza se había atrevido a pasearse por las calles de noche se habría llevado el disgusto de ser increpada por las tropas pensando que era una mujer de mala vida. Por este motivo, y para evitar que los soldados las increparan cuando se atrevían a salir de noche -coto reservado a los hombres-, Carlos III (Madrid, enero 1716, Madrid diciembre 1788) ordenó que las prostitutas llevaran trozos de tela oscuros en los picos para diferenciarse de las demás, que los llevaban más claros. De ahí que los hombres empezaran a usar la frase ‘ir de picos pardos’ para decir que iban a los prostíbulos sin mencionarlo explícitamente. Más tarde, y asimilado en este país que las mujeres también salen a divertirse, irse de picos pardos se usa tanto en el género masculino como en el femenino, es decir de forma universal, para irse de juerga.

Pero abundando en la figura de Carlos III este no fue el único episodio reseñable que tuvo con las vestimentas y los ‘picos’, precisamente el motín de Esquilache (el marqués nombrado secretario de Hacienda), tuvo un curioso detonante como fue la orden de cambiar la capa larga y el sombrero de ala ancha (el atuendo típico español de la época) por la capa corta y sombrero de tres picos, más al gusto europeo. En el fondo, el motín fue movido por el ‘establishment’, nobleza y clero, para oponerse a la política reformista que llevaban a cabo los ministros extranjeros del rey, entre ellos varios italianos traídos de Napoles y Sicilia (donde también era monarca), entre ellos el propio Esquilache. Los amotinados pedían varias medidas políticas entre las que incluyeron la derogación de la orden de la vestimenta (y nada de sombreros de tres picos, ¡qué cosas!) y el cese de los ministros extranjeros y su sustitución por españoles, así como un perdón general. Carlos III no tuvo otra que cesar a los italianos, desterrar a Esquilache y nombrar en su lugar a un español de pura cepa, el conde de Aranda. Pues nada, les dejo que el escrito me ha dejado exhausta y me voy de picos pardos.

Temas

Recibe nuestras newsletters en tu email

Apúntate