Diario Sur

Veneno en la piel

Los dermatólogos recalcan que las pieles tatuadas se queman al sol y en las pruebas de resonancia magnética.
Los dermatólogos recalcan que las pieles tatuadas se queman al sol y en las pruebas de resonancia magnética. / R. C.
  • La Comisión Europea avisa de que la tinta de los tatuajes libera sustancias cancerígenas. «Puro alarmismo», dicen diseñadores y usuarios

Practicado con fruición lo mismo por euroasiáticos del Neolítico que por egipcios de las dinastías faraónicas, tahitianos del siglo XVIII sorprendidos por exploradores como el capitán Cook, rudos marineros o peligrosos presidiarios, el tatuaje vive en pleno siglo XXI un ‘revival’ a lo grande. En lo que se refiere al número de practicantes y, también, al tamaño de los diseños. Se calcula que, en Europa, el 12% de la población lleva el cuerpo marcado con al menos un símbolo, un recuerdo biográfico o una declaración gráfica de principios. Relegados antaño a partes de la anatomía menos visibles con ropa, la moda actual impone que sobresalgan por mangas, tobillos y cuellos. Y que prometan un buen espectáculo. Ya no es suficente con un ‘Te quiero Antonio’, metido en un corazoncito. Ni siquiera con una siniestra calavera en el tríceps. Se llevan coloristas, luminosos, artísticos y, sobre todo, colosales. El problema es que, además de alegrar la autoestima o atraer miradas a discreción, pueden acarrerar efectos nocivos para la salud. Según la Comisión Europea, son veneno para la piel.

Eso es lo que viene a decir en un informe que acaba de hacer público. A tenor de ese análisis, titulado ‘Seguridad de los tatuajes y maquillaje permanente’, algunos componentes de la tinta que se emplea para marcar la epidermis pueden liberar sustancias cancerígenas. El trabajo, que ha contado con la colaboración de la experta de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS), María Areses Vidal, constata que más del 80% de los colorantes utilizados en los tatuajes son orgánicos y que, de ellos, más del 60% son pigmentos azoicos. Estos últimos pueden ‘soltar’ aminas aromáticas, presentes a menudo en las industrias de la goma, el aluminio o el textil, y que están vinculadas a la aparición de algunos tipos de tumores como, por ejemplo, el de vejiga.

Lejos de quedarse con los pelos como escarpias, los tatuadores restan importancia a estas informaciones por «reiterativas». «Es algo periódico. Cada cierto tiempo, la Unión Europea sale diciendo algo parecido. No nos preocupa. Nosotros llevamos en el sector ocho años y nunca hemos tenido ningún problema al respecto. Utilizamos productos homologados. Es decir, se supone que científicos y médicos han dado el visto bueno previo a su comercialización», afirma Álex, uno de los diseñadores que componen Cosa Nostra Tatto, un estudio situado en la localidad madrileña de Parla.

El aviso europeo podrá disuadir a algún primerizo de la idea de marcarse la piel, pero no a Iago Herrerín. El portero del Athletic de Bilbao cedido al Leganés tiene los dos brazos, el pecho y buena parte de sus piernas cubiertos con símbolos del mundo del fútbol, maoríes y romanos que «me representan». Desde hace una década, cuando cumplió la mayoría de edad, se ha puesto en manos de cuatro o cinco artistas de las agujas, «todos buenos profesionales que ofrecen todas las garantías de higiene». Pero el lienzo de su cuerpo sigue inacabado. Le falta un león en la mano. Y, en cuanto sus compromisos profesionales se lo permitan, se dejará pinchar. «A todo se le busca una vuelta. Es puro alarmismo. A mí no me ocasionan ningún problema y como deportista paso muchos chequeos», asegura.

«Como el alcohol y el tabaco»

Si Tas Careaga se desnudara veríamos una reproducción del ‘Guernica’ de Picasso, un ‘kandinski’ o un ‘robert indiana’ «que se han ido uniendo poco a poco hasta formar una gran pieza» decorando sus brazos y abdomen. Obedecen a «momentos especiales que quiero recordar», explica este director creativo de una agencia publicitaria bilbaína. Tiene 32 años. Debutó con 14. Y aunque lleva dos sin pasar por taller, aún no se da por terminado. «Sabía que las tintas llevan metales pesados, como plomo. De hecho, hace unos años fui a quitarme uno con láser y saltaban virutas de metal. Muy heavy. Pero, bueno, también son malos el alcohol y el tabaco y nos ponemos morados».

Careaga no va desencaminado. Sin embargo, los datos que ponen sobre la mesa los especialistas en la materia resultan inquietantes. El presidente de honor de la Academia Española de Dermatología y Venerología (AEDV), que está detrás de las advertencias efectuadas por Europa, junto a otras agrupaciones de profesionales, habla muy claro. «Los tatuajes pequeños no suelen dar problemas. Por contra, los grandes requieren una especial atención. Uno que ocupa la espalda, una pierna o el tórax, más como se hacen ahora con tintes muy vistosos que contienen nitritos y otros componentes cancerígenos, requieren el uso de unos 120 centímetros cúbicos, como un vasito de caña. En dos o tres horas, el 30% se absorbe y pasa al torrente sanguíneo. Y de ahí, al sistema linfático, los riñones, el hígado... Desconocemos la toxicidad que puede causar en los siguiente tres o cuatro años», admite Julián Conejo-Mir, catedrático de Dermatología y jefe de servicio del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla.

El experto recuerda el escaso control que existe en España sobre los estudios de tatuajes, que sólo requieren de un permiso municipal para abrir, y avisa de otros importantes riesgos que generan los grandes ‘murales’. «Esas pieles se queman al sol y en pruebas médicas como la resonancia magnéticas, y, dado que tapan la epidermis, dificultan seriamente la detección de melanomas», enfatiza.