Diario Sur

El sueño hecho añicos

Jugadores del equipo se fotografían con el piloto en la cabina antes de despegar.
Jugadores del equipo se fotografían con el piloto en la cabina antes de despegar. / EFE
  • Una catástrofe aérea acaba con el club brasileño Chapecoense. Su avión se estrelló ayer en Medellín, donde iba a disputar la final de la Copa Sudamericana, y solo sobrevivieron seis de los 77 pasajeros

«Ya va a partir. Ya va a partir!!»... Jugadores, técnicos, directivos y periodistas, toda la delegación del modesto Chapecoense comenzó a cantar dentro del avión Avro 146 cuando el silbido de sus cuatro turbinas anunciaba el inminente despegue desde Santa Cruz de la Sierra (Bolivia). Caras sonrientes, uves de la victoria, algún sesteo sobre el asiento. Nadie parecía preocupado por las peripecias del viaje. La autoridad aérea brasileña había prohibido un vuelo chárter directo desde Sao Paulo a Medellín (Colombia), lo que obligó a una escala y cambio de aparato en Bolivia. El estado de euforia del modesto ‘Huracán del Oeste’, el equipo que en 2009 estaba en cuarta división y ahora jugaba una final del fútbol sudamericano contra el Atlético Nacional de Medellín, podía con todo. «Veo que el grupo es vencedor, tal vez Dios nos haya colocado exactamente aquí hoy para sentir este sabor», resumía el ánimo general en las vísperas del viaje su entrenador, Caio Junior.

Pero la madrugada de ayer hizo mucho más que añicos todos los sueños deportivos de Chapecó, la ciudad del sur de Brasil donde jugaba el humilde club que había enamorado a todo el país. El vuelo 2933 de Lamia, una pequeña compañía venezolana especializada en llevar a equipos de fútbol, se estrelló sobre un cerro a solo 17 kilómetros de Medellín. De todo ese torrente de optimismo deportivo, de esos 68 pasajeros y 9 tripulantes que lo compartían, solo quedan seis supervivientes: tres futbolistas, dos asistentes de vuelo y un periodista. Setenta y una vidas perdidas.

Cerca ya de su destino, el piloto comunicó un fallo técnico. Quince minutos después se perdió todo contacto. Su última señal se recibió cuando volaba a 15.500 pies (poco más de 5.000 metros) y a 30 kilómetros de su destino. Al parecer, la aeronave dio dos vueltas en círculo para liberar combustible y reducir el riesgo de explosión en caso de aterrizaje de emergencia. Poco después se estrelló en Cerro Gordo, un altozano en el que su fuselaje se partió en tres trozos.

Este paraje del municipio de La Unión es una zona boscosa a la que solo se accede por aire o a pie. La niebla, la lluvia y la noche cerrada dificultaron a los equipos de rescate, que necesitaron dos horas para llegar hasta el escenario de la tragedia. Los bomberos tuvieron que caminar más de media hora para encontrar los restos repartidos en tres trozos y en más de cien metros cuadrados de diámetro. La ausencia de queroseno evitó que la aeronave explotara y fue clave para que seis personas salvaran la vida. «El avión impactó contra un cerro de casi 200 metros de altura y quedó en un cañón, una parte del avión quedó en terreno inestable, por eso se dificultan las labores», explicó Misael Cadavid, jefe de Bomberos de Itagüí, que fueron los primeros en llegar.

Milagro, al fin

Helio H. Zampier Neto, defensa de 31 años y una de las estrellas del Chapecoense, puso nombre a la escasa esperanza que deja una tragedia así. A las 4.40 de la madrugada y una hora después de que el jefe del operativo de rescate, el comandante de Policía José Acevedo Ossa, ordenara suspender las labores, se escuchó un quejido bajo el fuselaje. Ordenó silencio. Era la llamada desesperada de Zampier Neto. Hizo falta media hora para desencajarle de los entresijos. Pero estaba vivo. «Los milagros existen y hay que remover todo bajo la aeronave», reordenó Acevedo a sus equipos. Zampier Neto, con lesiones de extrema gravedad en la cabeza, lucha por su vida en el hospital San Juan de Dios de La Ceja.

No resistió su compañero Marcos Danilo Padilha. Portero titular, fue el héroe que en la semifinal de esta Copa Sudamericana (equivalente a la Europa League) salvó al equipo con un paradón en el último minuto. Esta vez, apenas salvó su vida para morir en un hospital de Medellín. Mejor suerte tuvo Alan Ruschel, que compartía asiento junto a Danilo. Este lateral de 27 años, que desde el avión envió un pequeño vídeo a la red Snapchat en el que se ve a ambos sonrientes y confiados, fue el primer superviviente rescatado. Entró estable en el San Juan de Dios. Le quedaron fuerzas para preguntar por su familia y para rogar que no perdieran su anillo de compromiso. Sin embargo, los médicos temen que pueda quedar parapléjico, ya que sufre una lesión medular.

Su compañero, el portero Jackson Folmann, también sufre politraumatismos. Además, la lista de supervivientes solo incluye a uno de los 21 periodistas que viajaban con el equipo, el locutor Rafael Henzel, y se completa con la azafata Ximena Suárez y el técnico de vuelo Erwin Timiri. A última hora de ayer, casi todo los cadáveres habían sido rescatados y llevados a un hangar del aeropuerto Olaya Herrera de Medellín. Igualmente, fueron halladas las cajas negras en perfecto estado.

Las primeras hipótesis ponen el foco sobre las dudosas condiciones del avión. Aunque algunos expertos también especulan sobre la escasez de combustible. De hecho, la autonomía de la aeronave (unos 3.000 kilómetros) coincide con la distancia exacta entre Santa Cruz y Medellín. En el aparato siniestrado, de tercera mano, se habían detectado fallos eléctricos en varias ocasiones y tenía más de 15 años de antigüedad. Curiosamente, es la misma compañía y modelo que había usado el otro finalista, Atlético Nacional, en varios desplazamientos. Y fue el mismo avión que usó la selección de Argentina en su último partido contra Brasil, el 10 de noviembre.

Lamia solo disponía de dos modelos idénticos, aparatos que no se fabrican desde 2001 aunque los había comprado en 2014. Su flexibilidad y bajo coste la habían convertido en muy popular entre los equipos de fútbol del continente. Su fabricante inglés ha enviado a tres técnicos a Colombia para ayudar a despejar estas incógnitas.

Los equipos de rescate buscan supervivientes junto a los restos del fuselaje.

Los equipos de rescate buscan supervivientes junto a los restos del fuselaje. / EFE

Al éxito con 40 millones

«Que esta sea la última imagen de nuestros guerreros». Es la frase de introducción con la que la web oficial y la cuenta de Twitter del Chapecoense presentaba ayer un vídeo de minuto y medio para el recuerdo. En él puede verse un vestuario feliz, muy feliz, en el que jugadores, cuerpo técnico y asistentes celebran alborozados el pase a la final de la Copa Sudamericana tras eliminar al San Lorenzo (1-1 en terreno argentino y 0-0 en Chapecó). Y es que, destrozado el sueño, solo queda el consuelo en la sede del que en este momento es el club más triste del mundo.

«Si muriera hoy, moriría feliz», declaró el entrenador, Caio Júnior, instantes después de superar al potente San Lorenzo y enfocar una ilusión. Una frase que recordada ahora resulta escalofriante. El técnico, profesional en sus años de futbolista en varios conjuntos brasileños, ha sido una de las claves en el éxito incompleto de este modesto equipo del estado de Santa Catarina, al Sur de Brasil. A sus 51 años, después de un par de temporadas dirigiendo en los Emiratos Árabes, Luiz Carlos Saroli, Caio Júnior, sustituyó el pasado junio a Guto Ferreira en el banquillo del Chapecoense. Todo un acierto para coronar una trayectoria de algo más de cuatro décadas. El ‘Huracán del Oeste’, o el ‘Verde’ como también se le apoda, se fundó el 10 de mayo de 1973 como fusión de dos clubes, Atlético de Chapecó e Independiente, y con el ánimo de reflotar el fútbol en esa ciudad de poco más de 200.000 habitantes. Nació así la Asociación Chapecoense de Fútbol, ACF, formación que muy pronto, solo cuatro años después, ganó su primer título del Campeonato Catarinense. Volvería a levantar ese trofeo cuatro veces más, la última en este 2106.

A finales de los setenta el equipo llegó a jugar dos campañas en la Serie A, el equivalente a la Primera División española. Pero luego vendrían ejercicios de pésima gestión, penurias económicas y deudas que dieron con el equipo en la Serie D, la cuarta categoría nacional. Ahí penó hasta hace siete temporadas. Fueron tiempos duros, amenaza de desaparición incluida, y una larga travesía por el desierto. Esta acabó con la llegada a la presidencia de Sandro Pallaoro, un emprendedor local nominado en 2015 empresario del Año en Brasil y que dio un giro radical a la sociedad. Con él al mando, el Chapecoense comenzó a remontar, a ascender y a recuperar el amor de los aficionados de su propia ciudad, refugiados hasta entonces en los colores del Internacional o del Gremio.

El club vivía este año su tercera campaña consecutiva en la Serie A, donde ocupa la novena plaza a falta de una jornada para la finalización del campeonato. Ya el año pasado el equipo accedió a cuartos de la Copa Sudamericana, donde fue apeado por el River Plate argentino. Un tope que acababa de superar ahora para enfrentarse en la finalísima a doble partido con el Atlético Nacional de Medellín, nada menos que el actual campeón de la Copa Libertadores, el equivalente a la Champions League europea. Un milagro para una entidad que apenas alcanza los 150 millones de reales brasileños de presupuesto, en torno a 42 millones de euros. ¿El truco? Gestión, liquidación de deudas y control del gasto; la fórmula de Pallaoro y de su director general, Decio Burtet. «Trabajamos el presupuesto cada mes. Hacemos control de flujo y los costes no superan nunca los ingresos», explicaba este no hace mucho en una entrevista. Pura sensatez económica. ¿Qué será ahora del Chapecoense sin Burtet, sin Pallaoro, sin Caio Junior y sin los 19 jugadores fallecidos en esta tragedia?