Diario Sur

«A lo mejor soy muy ingenua»

Emilia Esteban con Vanesa antes de que se desvelase que había fabulado su denuncia.
Emilia Esteban con Vanesa antes de que se desvelase que había fabulado su denuncia. / Carmen Ramos
  • Defendió durante un año a Vanesa persuadida de que era el arquetipo de víctima de la violencia de género. La abogada de la detenida por simular que le echaron pegamento a la vagina confiesa su perplejidad y explica su renuncia al caso

Cuando Emilia Esteban se hizo cargo en noviembre del año pasado de la defensa de Vanesa en un juzgado de Ponferrada solo vio a otra de esas mujeres que viven en un estado de angustia permanente ante el asedio al que les someten sus parejas o exparejas. La historia que le contó la muchacha, de 35 años, no era muy diferente de muchas otras que había oído de labios de las víctimas de la violencia de género a las que asistía a través del turno de oficio. «Me dijo que había vivido durante unos meses con un chico de su edad en su vivienda, que le maltrataba constantemente y que había decidido romper con él. A partir de ahí comenzó un calvario que le llevó a padecer varias crisis de ansiedad y a protagonizar un intento de suicidio».

La relación había sido efímera, apenas tres meses. «Se fueron a vivir juntos en julio de 2015 y para octubre ya lo habían dejado». Es al mes siguiente cuando se produce el primer contacto entre la abogada y su clienta. «Estaba de guardia en el turno de oficio del juzgado y me llamaron porque había habido un quebrantamiento de una orden de alejamiento. Fue ahí cuando asumí su asistencia». Una asistencia, sigue la letrada, que fue bastante más allá de lo jurídico. «No me costó empatizar con ella porque se apreciaba a simple vista que lo estaba pasando muy mal. Cuando eres testigo de una situación así siempre terminas estableciendo un vínculo humano con la parte más débil y yo tenía claro que en aquellos momentos Vanesa lo era».

A partir de noviembre se inicia una secuencia de denuncias por agresión y quebrantamiento de la orden de alejamiento que determina encarcelamientos intermitentes del supuesto acosador. «Le acorralaba por internet con mensajes y ‘wathaps’ que daban miedo: le escribía que le odiaba, le amenazaba con matarla y en el párrafo siguiente le ponía que la quería, que estaba enamorado y que no podía vivir sin ella». Hay un episodio de agresión acreditado por el forense que tuvo lugar cuando se apostó bajo su casa para esperarla. «Cuando la vio, la golpeó y la tiró por un muro, el examen de las lesiones dejó pocas dudas sobre lo que había pasado». A la vista de las evidencias, el supuesto agresor fue enviado de nuevo a la cárcel, a pesar de que se resistió en todo momento a aceptar los hechos.

Cajón de ropa interior

Pasaron las semanas y el abismo que se abría a los pies de la víctima era cada vez mayor. «En cuanto salía de la cárcel su único objetivo era acosarle. El día del cumpleaños de Vanesa, el 23 de mayo, le hizo llegar una carta con remite de la cárcel de Valladolid en la que a las barbaridades de siempre añadía cosas como que iba a enviar a reclusos de la prisión para acabar con ella y con su hijo». En otra ocasión, añade la letrada, la mujer se escondió un par de días en otra casa para que no la localizase y a su regreso encontró una nota y un artilugio que representaba un pene en el cajón de su ropa interior. «Él tenía las llaves de su casa y los ingresos de Vanesa no le alcanzaban para cambiar la cerradura». Las crisis de ansiedad iban y venían. «Solo descansábamos cuando estaba en prisión». El cuadro que describe la abogada no es muy distinto de los que se dibujan todos los días en los juzgados de violencia de género: «Vanesa se ajustaba al pefil de la mujer maltratada, en todos esos meses nunca hallé una contradicción o un indicio de que me estuviese contando algo que no fuese verdad».

Por eso la creyó a pies juntillas cuando le relató que el pasado 18 de octubre su expareja, en compañía de otra persona, la había secuestrado y trasladado maniatada a una bodega de una casa de Benbidre, el pueblo del supuesto agresor. Una vez allí habían abusado de ella, la habían golpeado y arrojado pegamento por la zona vaginal. Luego la abandonaron semidesnuda junto una casa en ruinas. La abogada, que tuvo la primera noticia de lo ocurrido por una llamada de la madre de la supuesta víctima –«estaba desesperada y me pidió ayuda»–, no dudó un momento de su versión y fue con ella a presentar la denuncia. «Todo lo que me dijo era coherente y pensé que era un episodio más en la huida hacia adelante del agresor. En ningún momento sospeché que me estaba mintiendo».

Cuando la Guardia Civil le mostró las imágenes del vídeo de un bazar chino que muestran a Vanesa comprando pegamento y otros útiles para dar credibilidad al secuestro que había fabulado, sufrió el mayor desengaño profesional de sus 16 años de carrera. Las evidencias eran tan rotundas que renunció a la defensa. «A lo mejor es que soy demasiado ingenua», admite la letrada, que no se siente capaz de dar una explicación sobre las razones que pudieron llevar a su antigua clienta a organizar una farsa así. «Lo único que se me ocurre es que haya querido vengarse de todas las humillaciones, pero si es así se trata de una venganza muy torpe y muy chusca». Ahora las tornas han cambiado: Vanesa está en prisión y su expareja, en la calle.