El lujo de orinar... sin cola

Mientras los varones circulan con fluidez, las mujeres hacen colas eternas.
Mientras los varones circulan con fluidez, las mujeres hacen colas eternas. / Alberto Ferreras
  • Las mujeres esperan más del doble de tiempo que los hombres para poder usar los aseos. Tabús, falta de baños y siglos de cultura están detrás de este suplicio

La totalidad de las mujeres que se asomen a estas líneas se identificarán con la situación. Ocurre en conciertos y teatros, pero también en bares, fiestas y cafeterías. Llega el descanso o el momento de los discursos o los brindis y las chicas se dirigen ordenadamente al baño. «Mientras los varones circulan con fluidez, entrando y saliendo del aseo, las mujeres formamos una larga cola frente al baño, con cara de resignación, apretando los músculos de la vejiga y mirando el reloj para ver si tendremos tiempo de pasar antes de que se reanude el espectáculo», resume la socióloga experta en ciudades Olivia Muñoz-Rojas, residente en París.

Una vez dentro, prosigue el relato conocido por todas, hay que buscar dónde colgar el bolso y el abrigo. En ocasiones hay un gancho o una repisa; la mayoría de las veces, no es así. «En ese caso tendremos que hacer equilibrios para sujetarlos en el aire mientras nos desvestimos y nos posicionamos sobre el sanitario, evitando en lo posible el contacto físico con éste por temor a los diversos gérmenes que lo habitan. Tras aliviar la vejiga... buscamos papel higiénico, pero no queda. Gracias a nuestras habilidades contorsionistas conseguimos sacar un 'kleenex' del bolso para secarnos... Esta operación -precisa Muñoz-Rojas- se vuelve más compleja para las mujeres mayores, embarazadas o para aquellas que carecen de las pertinentes habilidades acrobáticas».

El relato, que podría dar para el típico monólogo hilarante, esconde, no obstante, un drama continuo, una suerte de frustración y malestar perpetuo que afecta a las mujeres. ¿Por qué? «No es verdad que nosotras pasemos mucho tiempo en los aseos maquillándonos. Lo cierto es que necesitamos más tiempo para orinar. Un hombre precisa 84 segundos. Nosotras casi tres minutos. La pregunta que hay que hacerse es por qué sucede esto. Por qué existen ese tipo de equipamientos y son tan distintos los espacios que usamos unos y otros...»

Aprender ir al baño, sostienen personajes de la talla de Sigmund Freud o Simone de Beauvoir, constituye un momento fundamental en la vida de las personas. En Occidente, además, marcaría una «diferenciación entre géneros» que nos familiarizará desde niños con las ‘leyes de la segregación urinaria’, según el psiquiatra Jacques Lacan. Las niñas, dice De Beauvoir, aprenden a esconderse, a agacharse, a convertir el orinar o defecar en un acto íntimo y privado, un momento, además, «de gran vulnerabilidad». Por el contrario, los niños son enseñados a hacerlo de pie, sin pudor... En ocasiones, hacerlo junto a los padres o a otros adultos (recordemos los estadios de fútbol) supone una suerte de ingreso en la sociedad adulta masculina.

Urinarios con manguera

La ropa interior femenina tampoco ayuda. Hasta hace no demasiados años (recuerden la película 'El tambor de hojalata') las faldas, vestidos y ropa interior femeninas poseían una abertura en la entrepierna que permitía aliviarse con facilidad. Hoy no es así.

¿Soluciones? Olivia Muñoz-Rojas traza tres grandes líneas: la primera, ampliar el número de sanitarios femeninos (como ocurre ya en otras culturas, como el caso de Japón) o al menos que haya una proporción de dos a uno. Otra idea pasa por «aprender a ir al baño de manera diferente»: «En los 90, Kathleen Kidder Jones patentó el 'She-inal', un urinario provisto de una manguera que las mujeres debían ajustar a sus genitales. En el festival de música de Glastonbury, en 2004, se dispuso un espacio separado para mujeres con urinarios donde se les facilitaba un cono de cartón plastificado desechable para poder orinar de pie... Estos productos desechables como el P-mate o el Urinelle han tenido éxito entre las mujeres jóvenes».

La tercera solución, la que se antoja como más sencilla, «es democratizar las colas diseñando baños mixtos», precisa Muñoz-Rojas. La ONU ha declarado el 19 de noviembre como el Día Mundial del Retrete con idea de crear conciencia sobre estas desigualdades. En países en desarrollo se ha identificado una clara relación entre la presencia de baños en las escuelas y la continuidad de las niñas en su educación. De fondo, ese axioma implantado por las madres de 'no te sientes nunca en un baño público'.

Esos temores provocan (además de estreñimiento cuando hablamos de aguas mayores) que las mujeres no beban lo adecuado cuando salen de casa o que se aguanten las ganas hasta regresar al hogar. «Preferimos contenernos a quedar atrapadas en la cola del baño y perdernos la segunda parte o esa reunión profesional tan importante. Olvidamos -proclama la socióloga Olivia Muñoz-Rojas- que aliviar la vejiga es un derecho, no un privilegio».