Garzón: el letrado ante la bestia

Garzón: el letrado ante la bestia
  • El abogado de Teresa Romero llevó también los casos de las niñas de Alcásser, Rocío Wanninkhof, Sandra Palo y Sonia Carabantes. Antes era cartero. «El mal está ahí y hay que saberlo»

Entró a la sala de autopsias del Anatómico Forense en primavera de 2003, contempló el estado de la cría y supo que en adelante no olvidaría aquello. «Ella no lo merecía...». El abogado José María Garzón (Madrid, 1968) estaba delante del cadáver de Sandra Palo, de 22 años, rubia y discapacitada psíquica. Cuatro jóvenes la habían raptado en una parada de autobús de Getafe. La habían violado los cuatro, la habían golpeado con un palo en la cabeza, le habían pasado siete veces por encima con las ruedas de su coche y finalmente la habían quemado viva. Porque hasta que Sandra Palo ardió, no murió. Garzón estaba allí delante de los signos de una barbarie que en adelante marcaría su vida. Lo recuerda cuando sus hijos salen por ahí y le dicen que se «raya» mucho, que «no pasa nada», que el mundo «no es tan malo». Ellos no han mirado a los ojos a la bestia ni contemplaron el abismo al que se asoma su padre desde la liga de las estrellas del derecho penal español. Hoy es el letrado de Teresa Romero y Javier Limón, su enésimo caso mediático.

De nueve a siete habita un despacho del barrio de Salamanca que es mezcla amable entre una nave espacial y un piso de estudiantes con treintañeros remangados e incrustados en pantallas de ordenador en habitaciones de cristal. Su mesa está desordenada. «Estoy hasta arriba», repite, y en la sala de espera de paredes forradas de diplomas de estudios con su nombre, el de su mujer y el de su hermano, espera Limón, el marido de la enfermera española que se enfrenta a una batalla enorme contra la Consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid por atentar contra su honor y matar a su perro ‘Excálibur’. De entrada, reclaman 150.000 euros al consejero. Pero habrá más.

A la izquierda, la enfermera infectada por ébola, Teresa Romero y su marido, Javier Limón. Arriba, José María Garzón. Abajo, Garzón posa con sus hijos Adrián, Eduardo y Alejandro y su mujer, la abogada penalista y compañera Concha García.

A la izquierda, la enfermera infectada por ébola, Teresa Romero y su marido, Javier Limón. Arriba, José María Garzón. Abajo, Garzón posa con sus hijos Adrián, Eduardo y Alejandro y su mujer, la abogada penalista y compañera Concha García. / José Ramón Ladra / R. C.

La vida de José María Garzón es una llamada en espera de Soraya, su secretaria.Entró en el mundo del Derecho Penal por la puerta grande: el crimen de Alcásser. La Ley llegó de manera casual, casi instrumental. El hombre que entra en los juzgados sin despeinarse era antes cartero. Había venido al mundo hijo de dos administrativos –él de Ávila, ella de Madrid–, fundadores de una casa sólida y sin adornos en la que José María se tuvo que poner las pilas y salir a repartir cartas con 18 años.

«Entonces me puse a estudiar porque pensé que una carrera me daría opción a un mejor puesto de funcionario y pensé que lo más cercano era Derecho», explica. Fue un asunto casual, pero se estaba fraguando un abogado enorme.Cursó la carrera por las tardes. Por la mañana, repartía cartas, por la tarde estudiaba Derecho y por las noches, Graduado Social.

– ¿Y dormir?

– No dormía mucho. Me compré un Seat 127 y llevaba a mis padres al trabajo antes de ir al mío.Muchas veces, aprovechaba ese tiempo para una siesta.

Garzón: el letrado ante la bestia

De aquella gymkana le quedan los títulos y la maldita costumbre de levantarse a las cinco y media de la mañana en su chalé de Pozuelo. Hace gestiones, prepara un zumo de naranja con miel a sus hijos, les lleva el desayuno a la cama y los deja en la puerta del colegio. Eduardo es ‘skater’ y ya tiene 17; Adrián, de 16 compite en ‘scooter’; y Alejandro, el pequeño, de 10, le pintó un dibujo de él en un yate enorme que cuelga en el despacho como única concesión a la ingenuidad. Ellos –y Concha, su mujer, con la que trabaja y con la que estudió la carrera– lo son todo y en ellos todo se refleja.Desde que eran críos, los mima con dos noches a la semana en el restaurante que ellos elijan –barbacoas, costillas, hamburguesas la mayor parte de los días– y una atención especial. Como si no quisiera que se mancharan con el mal. «Siempre pienso dónde están, a dónde van, siempre les voy a buscar a los sitios... Ellos me dicen que me paso».Pero ellos no han mirado a la bestia en la ‘morgue’ del Anatómico Forense. «No saben que el mal está ahí en el mundo. No es que todo el mundo sea malo, pero está ahí y hay que saberlo».

Condena ejemplar

Durante años, ha tenido que desengrasar pesadillas terribles fabricadas en horario laboral. La primera le llegó de carambola.En su carrera como funcionario, había entrado en la Dirección General de Comunicaciones y un compañero le propuso montar un despacho. Se hizo criminólogo, investigador privado, perito caligráfico...En aquellos días, uno de los clientes fue un tal Fernando García, que pasaría a la triste posteridad como el padre de Miriam García, una de las niñas de Alcásser.

La España de entonces era distinta: no había un protocolo de inspecciones oculares y la policía científica estaba un tanto en pañales. «La inspección de la Guardia Civil decía una cosa y el juzgado, otra. Luchamos mucho por cambiar eso y en parte, cambió». Consiguieron una condena ejemplar de 212 años y los casos se encadenaron en una carrera frenética: Rocío Wanninkhof, Sonia Carabantes (unificaron las bases de datos de los cuerpos de seguridad), Sandra Palo... Hubo otros menos conocidos de los que no se puede olvidar, como un soldado herido por un arma que se disparó y al que tomó declaración en el Hospital de Toledo, palabra por palabra en un discurso agónico susurrado cuando la respiración mecánica le dejaba exhalar el aire. Garzón se seguiría encontrando al monstruo y caminando sobre el filo que va del horror a la justicia y a manejar toneladas de papeles donde se escribe el futuro. Ahora termina su tesis sobre la toma de muestras de ADN, un aspecto «que no está regulado hasta ahora».

Mandíbula ancha, recortada, perilla y ojos de francotirador, aparece en las televisiones de vez en cuando, pero en plató nunca sale el tipo normal que se quita la chaqueta en casa. A veces, las dos vidas se cruzan: pasó el juicio de Alcásser con Concha embarazada y volando cada noche a Madrid por si nacía su hijo. «Soy un tipo normal: adoro a mi mujer y no tengo amantes, ni cosas raras». Cuando se sienta en la mesa de cristal negro, a ratos ni se le nota el peso de la ley, pero eso sucede poco, cuando es solo él: en el mar. Es instructor de buceo, tiene un barco en el Cabo de Palos y es de esos madrileños que lo darían todo por el agua. Le gusta pasar las horas pescando, nadar con sus hijos. Sumergirse en el mar es el polo opuesto del juzgado «donde siempre hablas, escuchas y cambias los destinos de la gente. Bajo el agua hay silencio, no puedes decir nada y lo único que tienes que hacer es dejarte llevar».

–¿Cree todavía en la justicia?

– Si no, no estaría aquí en este momento.