El valor de ser hombre de trono

Hombres de la Virgen de Nueva Esperanza. /Francis Silva
Hombres de la Virgen de Nueva Esperanza. / Francis Silva
Antonio M. Romero
ANTONIO M. ROMERO

En los últimos años se viene observando en el mundo cofrade malagueño un número cada vez mayor de voces que reivindican la figura del nazareno. Es más, en el pregón de este año, Santiago Souvirón reclamó que aquellos hombres de trono que dejen el varal se incorporen a las filas de penitentes. Una petición a la que no se le puede poner ninguna objeción. Ahora bien, paralelamente se echa en falta en estos tiempos una puesta en valor del portador, que, en determinados sectores cofrades de la ciudad, es, incluso, una figura denostada.

Este hueco en las páginas del periódico pretende ser un altavoz para traer al primer plano la relevancia y significación del hombre de trono. En primer lugar porque es una de las principales señas de identidad de la Semana Santa de Málaga. Aunque sea una obviedad, no está de más recordar que sin ellos, los pies de nuestros cristos y vírgenes, no habría procesión. Porque con un buen número de hombres de trono y pocos nazarenos se puede salir a la calle, pero al contrario, no sería posible poner los tronos en la calle.

En segundo lugar porque en los últimos tiempos, y se ha visto en esta cuaresma, hay cofradías que tienen problemas para llenar los varales; hay una generación que por edad o físico está abandonando los tronos y el relevo generacional no logra cubrir todos los huecos. Por tanto, se hace necesario incentivar a quienes se incorporan a las hermandades su apego al trono; ser ‘carne de varal’ como sostiene un veterano amigo cofrade.

No se trata de hacer una competición entre nazarenos y hombres de trono, pero sí es necesario reivindicar la figura del portador. Es más, en el futuro monumento que se instale a la Semana Santa de la capital, el hombre de trono debe tener un papel fundamental porque nazarenos los hay en todas las provincias, pero la figura del hombre de trono es genuinamente malagueña. Esa es nuestra identidad y ya es hora de ponerla en valor. ¡Malagueños, a los varales!

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