El último manto de Las Penas de Fernando

Martes Santo

Lleva 15 años dando forma a la pieza más mimada de esta Virgen. Ya no habrá otro Martes Santo igual para este jardinero municipal

El último manto de Las Penas de Fernando
Fernando Torres
Fernando Torres
FERNANDO TORRES

Al entrar en la casa hermandad de la Cofradía de la Virgen de las Penas se nota que el día grande está a punto de llegar. Decenas de hermanos preparan flores, sentados en corro, charlando en el patio del edificio. En su interior, los dos tronos esperan al Martes Santo rodeados de andamios y afanosos trabajadores que pulen hasta el último detalle. El manto de flores de Las Penas es uno de los elementos más trascendentes y llamativos de la Semana Santa malagueña y su preparación conlleva todo un ritual en el que muy pocos tienen la oportunidad de participar. La labor floral recae tradicionalmente sobre un pequeño equipo de jardineros del área de Parques y Jardines del Ayuntamiento de Málaga, entre los que se encuentra Fernando González, un malagueño que lleva quince años coloreando el atuendo de la Virgen, y que esta Semana de Pasión verá por última vez el fruto de su trabajo procesionar por las calles. Fernando se jubila.

Está subido a una escalera con medio cuerpo volcado sobre la parte izquierda del final del manto. Con una mano se apoya para no perder el pulso, con la otra clava una margarita tras otra, siguiendo el dibujo que está plasmado sobre la malla de ciprés con corcho blanco. Apunta con cuidado, despacio y sin prisas, aunque lleva todo el fin de semana trabajando, y le queda todavía un buen trecho por delante. Este año es el último y hay que saborearlo. Tras colocar un par de flores más, comenta a sus compañeros que va a salir un rato a tomar el aire. En ese momento, en la Plaza de la Virgen de las Penas, atiende a SUR, con las manos manchadas de resina.

“Me llamaron porque hacía falta gente y dije que sí”. El inicio de esta historia es sencillo para Fernando, porque no existía otra respuesta posible a esa petición. “A mí el mundo de la Semana Santa me encanta; me sentí un privilegiado”. El primer montaje fue puro aprendizaje: “Poner la parte verde sí, pero el resto fue mirar cómo se colocaban las flores, porque eso no lo había hecho nunca; poco a poco fui aprendiendo y los compañeros me fueron ayudando, hasta ahora”.

"He tenido mucha suerte. A mucha gente le encantaría poder hacer esto"

El proceso parece sencillo pero esconde varias dificultades. “Cuando llegamos nos encontramos preparada la malla metálica componiendo lo que va a ser el manto; a continuación le ponemos un alambre duro creando la altura de la pieza”. Sobre eso se pone “el verde”, que es como Fernando se refiere a las ramas de ciprés. La capa se hace con ramas “ni muy grandes ni muy chicas”, en su tamaño justo para que quede una capa tupida. El siguiente paso es colocar la plantilla con el diseño de ese año en concreto, que se ubica sobre la capa principal “con corcho blando que pintamos del color de la flor, para que si hay algún clarillo no se note demasiado”. Parece simple, “pero al principio te pinchas mucho al clavar las flores sobre la plantilla”, comenta entre risas. Cada margarita está atravesada por un palillo de madera, aunque antiguamente se hacía con varillas de acero porque no se utilizaba ese tipo de corcho tan blando.

Arriba, el manto de Las Penas de este año. Abajo, Fernando recopila fotos de distintos mantos de esta Virgen. Las margaritas están atravesadas por un palillo de madera. "Al principio de pinchas", dice. / Fernando Torres.

“Lo primero es perfilar cada pieza, una vez está hecho el perfil se rellena, y así vamos avanzando, aunque hay gente que lo hace desde dentro hacia fuera, depende de cada jardinero”. Ese proceso se repite hasta completar el manto, que cada año es diferente. Por ello, Fernando no puede precisar cuánto tiempo se tarda en completar la tarea, “depende de cada año, cada vez es un mundo”, sonríe. “Hay pedazos que una vez se han terminado tienen fallos vistos desde arriba y hay que cambiarlos; hay algún año que el Lunes Santo hemos salido de aquí a las tres de la mañana”.

Han sido quince años participando y sintiéndose “lleno de orgullo” cada Martes Santo al ver Las Penas por la calle. “Siempre escuchas que la gente comenta cosas buenas, hasta ahora no he visto a nadie quejarse, toquemos madera”. Fernando contempla cada año el manto en silencio, entre la multitud de una abarrotada calle cualquiera, como uno más, pese a ser uno de los “orgullosos” que han participado en la efímera obra de arte.

Fernando y sus compañeros, en pleno proceso de elaboración.
Fernando y sus compañeros, en pleno proceso de elaboración. / Fernando Torres

Pese a su vinculación con esta imagen, nunca ha procesionado con ella. En su juventud sí ha recorrido el centro de Málaga con la túnica nazarena y de portador de varias cofradías, una tradición que ha intentado transmitir a su hijo y a su hija, aunque no ha calado. “A quien le gusta le gusta, y quien no, no, no se puede hacer nada”. Sin embargo, Fernando sí ha podido documentar para la posteridad el testimonio del proceso del montaje del manto en varios álbumes fotográficos con instantáneas que él mismo ha ido tomando al cabo de los años. En esos libros se da testimonio del procedimiento de recogida de las ramas de ciprés, la puesta de flores y el resultado final. “Lo hice para tener el recuerdo, porque he sido un privilegiado”. Esa palabra, que repite constantemente, es la misma que le sale al plantearse que este es su último año. “He tenido mucha suerte, yo creo que a mucha gente le encantaría poder hacer esto, y yo he podido, aunque ya es hora de que entre alguien más joven y aprenda”.

Para ese compañero que tomará el relevo sólo tiene un consejo: “Hazlo porque te guste, no por pasar el rato; esto tiene que venir de la pasión, de nada más”. Por la plaza pasa un grupo de turistas y le preguntan si se puede ver “la virgen del manto de flores”. Fernando les responde que el Martes Santo, al mediodía, se celebra una misa y se hace el acto de entrega. La conversación con SUR continúa, aunque ya dentro de la casa hermandad, porque el tiempo apremia. Entre anécdotas aprovecha su regreso para sacar su Nikon de la mochila y hacer un par de fotos a un compañero que trabaja sobre el manto. Una mujer de la hermandad le pide permiso para colocar una flor “por gusto”, y el accede, tras despedirse de quien escribe.

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