Así fue el último desfile de La Legión con el antiguo Cristo de Mena en 1931

Primera guardia de honor al Cristo en 1931./Archivo de la Congregación de Mena
Primera guardia de honor al Cristo en 1931. / Archivo de la Congregación de Mena

Al sentimiento religioso que suscitaba la imagen había que sumar el atractivo que generaba la presencia de las fuerzas del tercio

ANTONIO GARCÍA MOYASubteniente de Infantería

La llegada de la Segunda República trajo consigo campañas anticlericales que culminarían en Málaga con el ataque a una buena parte de los símbolos y edificios religiosos de la ciudad. Ciñéndonos a la Congregación de Mena, supuso, entre otras, la pérdida definitiva, en mayo, del conocido como Cristo de las Cinco Llagas, obra cumbre de los crucificados barrocos, tallado por el genio de Pedro de Mena en el año 1661.

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Desde el año 1922, el Ayuntamiento malagueño colaboraba con la Agrupación de Cofradías subvencionando parte de los gastos que se generaban durante la Semana Santa. En el año 1930, las dificultades económicas del Ayuntamiento y las presiones que la publicación Rebelión, de marcada tendencia anticlerical, habían generado una tensión importante en el momento de elaborar los presupuestos. Los nervios surgidos durante los debates y la agitación política del momento, habían suscitado serias dudas acerca del desarrollo de las procesiones por las calles de Málaga durante la Semana de Pasión de 1931. Esta situación vino acompañada por acciones contra el estamento religioso como el intento de incendio del Palacio Episcopal el 15 de diciembre de 1930. Las semanas pasaron a lo largo de los primeros meses de 1931, consecuencia de aquel ambiente enrarecido Elías de Mateo escribía que «bajo la fachada de una aparente normalidad, la Cuaresma y la Semana Santa se vivieron con tensión y miedo». A pesar de esta situación, estaba previsto que por segunda vez las fuerzas de la Legión participasen en los actos religiosos que organizaba la Pontificia y Real Congregación del Santísimo Cristo de la Buena Muerte y Ánimas y Nuestra Señora de la Soledad durante la noche del Jueves Santo.

Las acciones encaminadas a boicotear los desfiles procesionales pasaron, del reparto de hojas con propaganda contraria a las procesiones a, ya durante la misma Semana Santa, la explosión de un artefacto en una calle paralela a Larios mientras pasaba una procesión provocando alarma y dos heridos.

Cartel de la Semana Santa de 1931 en el que aparecía la imagen del Cristo de Mena.
Cartel de la Semana Santa de 1931 en el que aparecía la imagen del Cristo de Mena. / Archivo de la Congregación de Mena

Aquel 1931, por segunda vez, el cartel de la Semana Santa tendría como motivo al Cristo de Mena. Su autor, el pintor gaditano Francisco Hohenleiter y Castro lo tituló ‘Claveles’, un pasquín que recordaba en ciertos aspectos a aquel que anunció la Semana Santa de 1927 donde aparecía por primera vez el Cristo de la Buena Muerte en el anuncio de las procesiones de Málaga. Tratando de dar una mayor solemnidad y presencia al desfile de pasión, la congregación había realizado importantes esfuerzos para adquirir un estandarte de la Virgen bordado en oro y el trono con cuatro arbotantes en plata que portaba la imagen de Nuestra Señora de la Soledad, que además, para la ocasión estrenaba un precioso manto de terciopelo negro.

A pesar de las tensiones, en plena cuaresma y en vísperas de la Semana Santa, el 21 de marzo tenía lugar el septenario de la Virgen de la Soledad a cargo del capuchino fray Luis María de Orihuela en la iglesia de Santo Domingo.

El 28 de marzo, el buque ‘Atlante’, procedente de Ceuta, atracaba en el puerto de la capital malagueña. De la embarcación descendían las escuadras de gastadores y los guiones de las cuatro banderas de la segunda Legión, establecidas entonces en Ceuta – IV, V, VI y VII– así como el guión de mando del tercio. Una puntual enfermedad del coronel Liniers, jefe del tercio y nombrado meses antes teniente hermano mayor de la congregación, le impediría viajar y participar en los actos de aquel año.

Antiguo Cristo de Mena.
Antiguo Cristo de Mena. / Archivo de la Congregación de Mena

El domingo 29, a las doce de la mañana comenzaba la exposición solemne del singular Crucificado en la iglesia de Santo Domingo en horario de 11 a 13 y de 15 a 19 hasta el mismo jueves. La magnífica talla de Pedro de Mena se mostraba tendida y con los guiones de las unidades legionarias a los pies. Aquel año, la junta de gobierno de la congregación, que presidía Joaquín Mañas, había solicitado que ocho gastadores prestasen solemne guardia de honor al Cristo, sustituyendo a los congregantes que la venían realizando desde tiempo atrás. Así aparecen en una instantánea que publicaba La Unión Mercantil, descubiertos, calzando borceguíes con polainas y correaje de cuero marrón tan brillante que despedía reflejos; como armamento, el fusil Mauser, la bayoneta calada, en posición de firmes, inmóviles como estatuas hasta el momento del relevo, que se realizaba cada veinte minutos. Leíamos en La Unión Mercantil que no había nada más justo que los legionarios hicieran guardia de honor a aquel bello símbolo que el arte de Mena legó a los malagueños: «Al Cristo de la Buena Muerte deben rendirle honor cuantos aspiran a una muerte bella y la belleza de la muerte la definen la causa y el motivo».

En el barrio del Perchel de la capital malagueña, cuyo centro era la parroquia de Santo Domingo, se concentraba un gentío durante aquellos días. Al sentimiento religioso que suscitaba la imagen del Cristo de la Buena Muerte, había que sumar el atractivo que generaba la presencia de las fuerzas del tercio. Cuesta Lara dejaba en aquellas fechas esta breve composición reflejo de la devoción popular:

Ante tu imagen divina

Lágrimas de dolor vierte

El pueblo, y llorando inclina

Su frente que la ilumina

Cristo de la Buena Muerte.

Las prácticas religiosas tenían un lugar especial a lo largo de la Semana Santa, así, el lunes día 30, la Congregación de Mena organizaba una misa de réquiem por los muertos del Regimiento de Infantería Álava número 56, de guarnición en la plaza de Málaga, que se ofició en la iglesia parroquial de Santo Domingo. Finalizada la ceremonia, los legionarios, atendiendo a una petición que algunos miembros de la congregación habían formulado durante una visita a África durante el año anterior, ofrecieron al Cristo de la Buena Muerte una urna que contenía tierra recogida en los lugares donde, durante la Campaña de Marruecos, se había derramado la sangre de los legionarios. La vitrina, que contenía la inscripción: ‘Valenzuela, Tizzi Asa, Tifaruin, Sidi Mesaud, tierra regada con sangre legionaria’ se depositó entre los guiones de las unidades, a los pies del Crucificado. Un acto entrañable que finalizó con el rezo de un responso por todos los que perdieron la vida en Marruecos. Continuarían este tipo de actividades pues, el martes 31, los actos se enfocaron hacia la memoria de los soldados del Batallón de Cazadores de Segorbe con otra misa de réquiem en Santo Domingo. En el templo concurrieron tanto miembros de la congregación como los Cazadores de Segorbe. El 1 de abril, Miércoles Santo, a las diez de la mañana, se ofició otra misa, esta vez por los soldados del Regimiento Borbón número 17 caídos en combate. Finalizada la ceremonia religiosa, se colocaron a los pies del Cristo los guiones de la primera Legión, –los de las banderas I, II, III y VIII– que procedentes de Melilla, habían llegado durante la madrugada a Málaga.

En los alrededores de la iglesia de Santo Domingo se movía una multitud de personas; la presencia de los legionarios escoltando al Cristo había corrido de boca en boca y eran muchos los que, llevados por su fe o por su curiosidad, querían presenciar cómo realizaban la guardia los soldados del tercio en Santo Domingo.

Las tropas de la Legión en calle Larios la mañana del Jueves Santo 2 de abril de 1931 tras el desembarco en el puerto.
Las tropas de la Legión en calle Larios la mañana del Jueves Santo 2 de abril de 1931 tras el desembarco en el puerto. / Archivo de la Congregación de Mena

El mismo día 1, también un torrente de gente discurría por las calles de Melilla. Estaba previsto que más de trescientos legionarios embarcasen aquella tarde con rumbo a la península para escoltar al Cristo de Mena en Málaga. La unidad que aquel 1931 se había designado para que escoltara al Cristo de Mena era la 6ª compañía de la segunda Bandera. El capitán Antonio González García, aunque estaba pendiente de su traslado a una unidad indígena, aun tendría tiempo de mandar aquella veterana unidad por las calles de Málaga auxiliado por los tenientes Pardo, Segovia, Rojo López y Calvo Rubio. Antes de llegar al puerto de Melilla, los legionarios desfilaron ante la Jefatura de la Circunscripción de Melilla. Desde uno de los balcones, el general Pozas presenció el paso de las tropas. A continuación, la fuerza enfiló la calle Alfonso XIII donde una gran cantidad de curiosos aguardaba el paso de la Legión camino del puerto melillense.

A las cuatro y media de la madrugada del día 2 de abril, arribaba al puerto de Málaga el barco correo de Melilla ‘J. J. Sister’. Desde su cubierta, los soldados del tercio daban vivas a Málaga y al Cristo de la Buena Muerte. En el puerto, los hermanos de la Congregación de Mena y muchos curiosos se habían concentrado para recibir a los legionarios. También se encontraba allí la banda municipal, que dirigida por el maestro Palanca, en el momento de atracar la embarcación, interpretó el himno de la Legión que fue coreado a la vez por legionarios y malagueños. Primero desembarcaron las comisiones; en cabeza, el teniente coronel De Rada Peral, jefe de la primera Legión; el comandante Losas Camaño; el capitán Lizcano de la Rosa, ilustre laureado, y otros capitanes como Moya Díaz, Lucas Mata, Valiente Fernández, Saavedra Togores y Carreras Fresneda; también jóvenes tenientes como Valiente, Torrens, Bosch, Ortiz, Hernández de los Ríos, Santamaría, Molina y el médico Montejano.

A las ocho de la mañana se inició el desembarco de las fuerzas legionarias. La compañía de honores, la 6ª. Compañía, con su singular banderín, cuyo mástil estaba formado por tibias unidas y en cuyo paño se exhibía una calavera orlada por murciélagos, lagartos y búhos, motivos generados por aquellos infalibles y temidos legionarios denominados los Hijos de la Noche, cuya especialidad era operar durante las horas de oscuridad sembrando el terror entre las filas del enemigo rifeño, una peculiaridad que había propiciado la autorización para portar un banderín diferente; también descendieron las bandas de cornetas y tambores de Melilla y Ceuta y las escuadras de gastadores, un total de 310 legionarios formaron en el muelle de Málaga. A las nueve de la mañana se inició el desfile. Tras el capitán González, las secciones formadas de a tres, mandadas cada una por un teniente. La fuerza recorrería unas calles de Málaga abarrotadas de espectadores que esperaban para aplaudir al paso de los legionarios. El recorrido comenzó por Cortina del Muelle, Cister –pasando ante el Gobierno Militar– Molina Lario, Cortina del Muelle, Acera de la Marina, Larios, Granada, Calderería, Méndez Núñez, Plaza del Teatro, Mariblanca y finalizaba entrando al cuartel de Capuchinos donde quedaron instalados.

Esa misma tarde, a las cuatro, el hermano mayor honorario Antonio Creixell daba la bienvenida a los legionarios compartiendo un tentempié con los mandos del tercio en La Unión Mercantil y con la tropa y los soldados del Álava, en el cuartel de Capuchinos.

El Jueves Santo se puede considerar como uno de los días de mayor relevancia en la Semana Santa malagueña. En su noche cuatro cofradías realizaban su desfile procesional por las calles de la ciudad mediterránea, se trataba de las conocidas popularmente como Misericordia, Amargura, Esperanza y Mena.

Durante la tarde, a las siete y media, se llevó a efecto el traslado de la imagen del Cristo en Santo Domingo, desde la capilla hasta el trono donde realizaría la procesión durante aquella noche. Antes de comenzar el movimiento del crucificado de Mena, el párroco de Santo Domingo, José Campaña Herrero, con los coadjutores Isidro Conde Conde y Jesús Corchón Martínez rezaron el miserere y acompañaron a la imagen durante su recorrido. Ante el gran número de fieles que abarrotaba el templo, producto del fervor religioso y el interés por presenciar el traslado de la imagen, fue preciso desalojar parcialmente algunas naves habilitando espacio para poder maniobrar. En este traslado colaboraron junto a los hermanos de la congregación, algunos oficiales de la Legión hasta que la imagen quedó fijada sobre el trono tallado por Francisco Palma. En ese momento, el arcipreste de la Catedral, Andrés Coll y Pérez, pronunció una brillante oración cuyo contenido y belleza cautivó a los oyentes. Más de una hora se alargó aún el desfile de los fieles que permanecían en el interior de la iglesia pasando ante el Cristo.

La procesión partía a las diez de la noche de la iglesia parroquial de Santo Domingo. En cabeza marchaban las bandas de cornetas y tambores del Regimiento Álava y de la Cruz Roja, detrás una sección de penitentes con túnicas blancas y capirotes negros, distinguiéndose los cargos por llevar además una capa negra; a continuación, una escuadra de gastadores de la segunda Legión, seguía el guion de mando del tercio y detrás, los de las ocho banderas precedían a las comisiones de jefes y oficiales que encabezaba el teniente coronel De Rada Peral. La condesa de Larios caminaba delante del magnífico trono barroco sobre el que se erigía la obra maestra de la imaginería religiosa, el singular crucificado de Pedro de Mena. Una escolta de gastadores y a continuación, el tambor mayor con la banda de cornetas y tambores de la segunda Legión por delante de la compañía de honores. Detrás marchaban los penitentes de la Virgen, con túnica y capirote negros; luego la bandera pontificia y una escolta de guardias civiles vistiendo uniforme de gala; seguía el estandarte de la Virgen y la presidencia de la hermandad con una escuadra de gastadores y la banda de cornetas y tambores de la primera Legión y la cuarta sección de la compañía de honores del tercio.

Mucho se ha escrito acerca de la devoción de los legionarios por el Cristo de la Buena Muerte, que es Protector de la Legión desde el año 1928. Vallés Primo ahondaba en el tema en un artículo que publicaba en La Unión Mercantil: «La gallardía, la bravura de esos hombres que templaron su espíritu en las adustas regiones de África se perdía cuando acompañaban en correcta formación, al Cristo de Mena. Todo lo que de fiereza existe en esos soldados, enardecidos por el fragor de tantos combates, se reduce a una docilidad, a una mansedumbre que brota de su alma y acaricia el cuerpo exhausto del Redentor en plegarias de hondo sentimiento. Por eso, la noche del Jueves Santo es para ellos un hito generoso, inolvidable en el duro cambio de su vida».

La conexión entre legionarios y congregación se encontraba en las más altas cotas en aquellas fechas. El Telegrama del Rif había publicado días antes en Melilla: «Ya el Cristo de Mena es algo consustancial con los legionarios. Ninguno deja de llevar, en la plata de unas artísticas medallas, su sacrosanta efigie –algunos lo ostentan tatuado en el pecho– y hasta en su Credo viril y abnegado hay un tierno recuerdo al Cristo milagroso, que es cual flor fragante en la aridez sombría de su total renunciamiento».

Aquella noche, la procesión tuvo alguna novedad respecto al recorrido del año anterior, pasó por el Pasillo de Santo Domingo, Puente de Tetuán, Alameda, Acera de la Marina, Marqués de Larios, Plaza de la Constitución, Granada, Plaza del Siglo, Granada, Méndez Núñez, Plaza de Uncibay, Casapalma, Álamos, Plaza del Teatro, Tejón y Rodríguez, Torrijos, Puerta Nueva, Pasillo de Santa Isabel, Cisneros, Especerías, Nueva, Puerta del Mar, Atarazanas, Torregorda, Alameda, Puente de Tetuán y llegando al Pasillo de Santo Domingo entraba en el templo.

A las limitadas informaciones acerca de los incidentes que surgieron a lo largo de la Semana Santa del año 1931, aparte de los dos ya citados, hubo uno, casi olvidado, que está relacionado directamente con la Congregación de Mena y que podía haber afectado seriamente al desfile procesional de aquel Jueves Santo. Afortunadamente, la decisión y el valor derrochado por uno de aquellos cofrades, Francisco Fernández Fermina, evitó males mayores. Aquel episodio lo mantiene en la memoria, su hijo, Francisco Fernández Verni que lo relata con minuciosidad: «…estando el trono del Cristo parado en calle Larios a la altura de la calle Strachan, vi cómo se acercaba al galope un coche de caballos con varios individuos con la intención de abordar la procesión y el trono… y sin pensarlo, vestido con la túnica salí corriendo a su encuentro y logré agarrar al caballo por la brida y detener el coche».

Finalmente el recorrido se realizó sin más incidencias y entrada la madrugada, la procesión llegaba a Santo Domingo.

Las actividades religiosas continuarían en la iglesia de Santo Domingo con una misa de privilegio a Nuestra Señora de la Soledad el Sábado de Gloria.

El día 3, con la satisfacción del éxito del desfile procesional y los recuerdos del recorrido aun latentes, los legionarios eran invitados por la congregación a una cena en el Cinema Concert. El hermano mayor honorario de la Cofradía de Mena, Antonio Creixell, gerente de La Unión Mercantil, invitó a una representación de oficiales del Tercio a las dependencias del diario. Hacia el mediodía, en los Baños del Carmen la Congregación de Mena organizaba un almuerzo con los jefes y oficiales que habían participado en la procesión y a diversas autoridades. En este encuentro se sucedieron brillantes discursos y el teniente coronel Ricardo de Rada Peral, un heroico soldado de la campaña de Marruecos, agradeció con sus palabras las atenciones recibidas de la congregación y el pueblo de Málaga. Además el poeta González Marín recitó una poesía:

Para ver la gloria de tu imagen santa,

dicen que la noche, moza perchelera,

se puso su pena de luna romántica;

se echó su nocturna mantilla de seda,

y abriendo las puertas de raso del cielo

también entre flores se asomó a su reja

para ver la gloria de tu imagen santa.

¡Por ver el prodigio del Cristo de Mena!

En la noche del sábado al domingo los legionarios embarcaban en el correo de Melilla. En el muelle quedaban autoridades y hermanos de Mena que les dedicaron una cordial despedida. Una vez en Melilla, la parte de las fuerzas cuyo destino era Ceuta continuaría el viaje por ferrocarril hasta esa plaza.

Nadie sabía, cuando los legionarios ascendían al vapor, que aquella sería la última vez que escoltarían al Cristo de las Cinco Llagas. Días más tarde, la instauración de la República apartaría a las unidades militares de los actos religiosos. El adiós definitivo llegaría cuando aquel Cristo, el que talló Pedro de Mena, joya de la imaginería religiosa española, «el más bello Crucificado salido de la gubia humana», según lo describe Pedro Luis Gómez Carmona en su obra ‘Las cenizas de Cristo’, desapareció definitivamente a manos de izquierdistas radicales el 12 de mayo.

Las pérdidas sufridas por el estamento religioso malagueño fueron cuantiosas. Solo en Santo Domingo, José Jiménez Guerrero cita las siguientes joyas artísticas destruidas o robadas en el libro ‘La Quema de Conventos en Málaga’:

«El famoso Cristo de Mena (…), Virgen de Belén, la Magdalena, ángeles lamparios y el retablo de la Virgen de Belén, San Miguel y el Cristo de la Columna, Virgen del Pozo, Cristo de Cabrillas y otras esculturas, relieves y retablos, un retrato del Obispo Alonso de Santo Tomás, lienzo de Niño de Guevara, otro lienzo de la Asunción firmado por Francisco Pacheco, otro lienzo de la escuela de Alonso Cano, zócalos del siglo XVII, artesonado mudéjar».

El Cristo perdido sería remplazado el año 1942. En aquella ocasión saldría a la calle en modesta procesión la nueva imagen tallada por Palma Burgos. El año siguiente, tras doce años de ausencia, la Legión regresó a Málaga con la Congregación de Mena y los legionarios volvían a escoltar al Cristo de la Buena Muerte. A su Cristo.

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