El año en el que solo salió una procesión en Málaga

Procesión de Servitas en 1942./
Procesión de Servitas en 1942.

La salida de la Virgen de Servitas fue el único ejemplo procesional de la primera Semana Santa de la guerra civil

RAFAEL RODRÍGUEZ PUENTE

Ríos de tinta han corrido a propósito de la sublevación militar y el estallido de la guerra civil que provocó la destrucción de las estructuras estatales de la II República, sin duda, uno de los temas fundamentales de la historiografía contemporánea. El desarrollo del conflicto bélico, sus claves, sus consecuencias y otros asuntos inherentes a este enfrentamiento, con trasfondo social, político, militar y, por qué no decirlo, religioso, no ha sido ajeno a literatos, historiadores y antropólogos, que han venido ocupándose, principalmente en las dos últimas décadas, de este turbio y trágico episodio que asoló a España desde el 18 de julio de 1936 al 1 de abril de 1939, fecha en la que se firmó el último parte de guerra. Además, y como no podía ser de otra manera, este interés bibliográfico y documental ha crecido aun más si cabe en 2011, dado que el próximo mes de julio se cumplirán 75 años del comienzo de aquella contienda.

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La represión ejercida desde los dos bandos en que se dividió el país –republicano y sublevado o nacional– produjo una serie de perjuicios a todos los niveles, incluida la celebración de la Semana Santa, que, después de contagiarse del esplendor de los años veinte, vio cómo quedó pulverizada su evolución nada más comenzar la década de los treinta. Y es que el final de la dictadura del general Primo de Rivera, en enero de 1930, avivó las intenciones de volver al sistema republicano, como así ocurrió el 14 de abril de 1931 tras la proclamación de la II República –los partidos republicanos salieron victoriosos en las elecciones municipales, mientras que el rey huyó de forma precipitada a Italia–, lo que intensificó el ambiente convulso y anticlerical que ya se vivió en la centuria decimonónica. En este sentido, por todos son conocidos los acontecimientos acaecidos en Málaga durante los días 11 y 12 de mayo de 1931, episodios que supusieron la quema de iglesias y conventos, piezas devocionales, enseres cofrades y gran parte del ajuar litúrgico y archivístico de los templos afectados. En la Semana Santa de aquel año –procesionaron veintiuna hermandades–, apenas un mes antes de la atroz maniobra de los incontrolados, nada hacía presagiar lo que, con posterioridad, ocurriría, traducido en la mayor de las adversidades sufridas por este colectivo.

Servitas en los años 70.
Servitas en los años 70.

Los sucesivos años estuvieron marcados por el culto interno y la reposición de imágenes, amén de la organización de nuevas corporaciones y entidades relacionadas con el movimiento pío, caso de la Comisión Pro-Semana Santa. El estado de normalidad llegó en 1934, aun teniendo en cuenta que la situación política de esos momentos no era propicia para la Iglesia. El resurgimiento de esta celebración parecía evidente, como así se aprecia a la vista del número de cofradías que desfilaron en 1935 –Pollinica, Cena, Ánimas de Ciegos, El Rico, Expiración, Zamarrilla, Amor, Sepulcro y Resucitado–, eso sí, el rito procesional solo se practicó en horario diurno, por cuestión de seguridad, y durante Jueves Santo, Viernes Santo y Domingo de Resurrección. Incluso se editó el cartel oficial, de Aristo-Téllez, bajo la leyenda de «Suntuosas procesiones de Santama Santa». En cambio, la convocatoria de elecciones generales a principios de 1936 y la llegada al poder, el 16 de febrero, del Frente Popular –coalición electoral formada por los principales partidos de izquierda–, supuso un duro revés a las expectativas cofrades, hasta tal punto de que el nuevo obispo de la diócesis, Balbino Santos Olivera, recomendó a las hermandades, durante el tiempo de comicios y en prevención de posibles altercados, la idoneidad de establecer turnos de vigilancia en los templos por parte de los propios hermanos. Por esta cuestión de inseguridad y ante la retirada de la subvención económica del consistorio, la Agrupación de Cofradías, reunida el 30 de marzo de 1936, decidió finalmente la suspensión de los desfiles procesionales para esa edición.

Paso al nacional-catolicismo

Como se ha indicado con anterioridad, la guerra civil se inició el 18 de julio de 1936, y un feroz anticlericalismo engendró idénticas escenas a las ya sufridas cinco años antes. De esta forma, las cofradías vieron aniquiladas las esperanzas de aquel esfuerzo restaurador de 1935 durante los llamados ‘siete meses rojos’ –hasta el 8 de febrero de 1937–, situación que se hizo reversible a partir del alzamiento militar, cuando Málaga cayó en manos de las tropas del Ejército Sur, dirigidas por el general Gonzalo Queipo de Llano. A partir de aquí, cambiaron las tornas, tras darse paso al nacional-catolicismo, y la unión Iglesia-Estado activó la maquinaria cofrade, que venía de sufrir pérdidas importantes en su patrimonio material y humano. Así, la propia Agrupación celebró el miércoles 3 de marzo de 1937, en la parroquia de San Juan, una misa en sufragio por las almas de los cofrades «víctimas del terror rojo», según anunciaba la prensa de la época, en especial por el que fuera presidente y fundador del ente agrupacional, Antonio Baena Gómez, y los hermanos José Méndez García, cofrade de honor de la Agrupación, Emilio Hermida Rodríguez, hermano mayor del Rico, y Rafael Ramis de Silva, hermano mayor honorario del Santo Sepulcro.

Otra de las actuaciones llevadas a cabo por el ente agrupacional fue la de dirigirse al ayuntamiento con el fin de que se procediera a la limpieza de la capilla del Calvario «para abrirlas al culto lo antes posible, así como la colocación de las cruces en los lugares del Vía-Crucis del Monte Sagrado, para que los católicos puedan en la próxima Semana Santa efectuar las tradicionales visitas y actos piadosos, suplicando al mismo tiempo a la Corporación municipal que mande colocar en la puerta de la capilla de San Lázaro una cruz grande que sustituya, de momento, a la que allí había, señalando el lugar de la primera estación del Santo Vía Crucis», indicaba el colectivo cofrade.

Del mismo modo, la agrupación que presidía Enrique Navarro Torres anunció a la alcaldía las dificultades que suponía regularizar las procesiones para la inminente Semana Santa, la primera en plena guerra civil y con Málaga tomada por los sublevados, dado que el estado en que se encontraban las cofradías era verdaderamente precario, «muchas han quedado absolutamente destrozadas y sin imágenes ni efectos procesionales; otras, las menos, con imágenes y sin efectos, que aún no han podido ser hallados y algunas con menos daño, lo que constituye para la próxima Semana Santa una imposibilidad total en la organización de los desfiles procesionales», decía la misiva de Navarro Torres. Aun así, las hermandades integradas en el seno agrupacionista acordaron finalmente la celebración, en el Viernes Santo, de una «solemne y grandiosa» procesión con la Virgen de los Dolores (Servitas). En consecuencia, se desechó la idea inicial de enviar a representaciones de las cofradías malagueñas para formar parte de los cortejos sevillanos.

Imagen de Servitas.
Imagen de Servitas.

El devenir de los días continuó con la celebración, en el templo de Santiago, del devoto besapiés a la imagen de Jesús del Rescate (Medinaceli), en el primer viernes, día 5, del mes de marzo, tal y como manda la tradición. Aprovechando la masiva asistencia, los responsables de esta efigie pidieron limosnas «para la construcción de una nueva imagen y la restauración de su altar y capilla» –la escultura que quedó expuesta años más tarde es la que en la actualidad se venera en Santiago, ejecutada en tiempos del Barroco y adquirida en Antequera–. Nueve días después, la Hermandad del Nazareno de los Pasos y la Virgen del Rocío reanudó sus ejercicios en San Lázaro, aún sin imágenes, mientras que la Cofradía del Amor convocaba a sus antiguos cofrades, de ambos sexos, «para que, con el óbolo de todos, se comience a reponer los objetos de altar y empezar el culto».

Poco a poco la situación de las hermandades se regularizó y los lazos con el régimen de Franco fueron ‘in crescendo’. Incluso la Cofradía del Santo Sepulcro nombró a Queipo de Llano y a su esposa hermano mayor honorario y camarera mayor, respectivamente.

El lunes 15 de marzo llegó el obispo Balbino Santos a Málaga, después de haber estado refugiado en Tánger, Melilla y Sevilla. La explanada de Fuente Olletas fue el lugar elegido para recibir al prelado, donde acudió la Agrupación de Cofradías y hermanos de todas las corporaciones. Posteriormente, el miércoles 17 de marzo, ofició el denominado “acto de reconciliación” en la Catedral, amén de las ceremonias de Comunión y del Viernes de Dolores, con la Virgen de Servitas como protagonista, en el día 19 de marzo, así como la de los difuntos «por los caídos», en el sábado día 20.

Llegó la Semana Santa

Semana Santa de 1937. La antigua ‘Cerería de los Mártires’, regentada por Miguel Ojeda y abierta al público incluso el Jueves y Viernes Santo por la mañana, anunciaba a los devotos la venta de velas para la procesión general de Servitas. Por su parte, las confiterías ‘Anglada y Jiménez’ y ‘La Imperial’, ofertaban sus deliciosos pasteles de vigilia, compuestos de salmón, merluza o langostinos y salsa mechamel o postres de nata, chantilly de nata, brazos de gitano y ‘mascotte al curaçao’, en tanto que la Junta Pro-Catedral requería la colaboración de todos los malagueños para que aportaran «la cantidad máxima que nos permitan nuestras posibilidades económicas», de acuerdo con las necesidades que presentaba la basílica a la hora de «sustituir o reconstruir muchas vidrieras, exornar capillas devastadas, realizar obras de saneamiento, etc.». La institución tachó de «deber de los católicos» y «orgullo» tal petición.

De «extraordinaria brillantez» calificó la prensa la conmemoración del Domingo de Ramos –21 de marzo– en todas las iglesias de la capital, incidiendo sobre todo en el culto celebrado en la Catedral, que presentaba «el aspecto de las solemnidades máximas». La ceremonia la presidió el canónigo Rafael Contreras Casamayor, auxiliado por Emilio Espinosa y Juan García Benítez, diácono y subdiácono, respectivamente.

A su conclusión, se inició la procesión de palmas, después de que el prelado, Santos Olivera, revestido de pontifical, bendijera las palmas, ayudado por el deán Diego Maiquez Vélez, quien actuó «como presbítero asistente y, como diáconos de honor los señores don Diego Gómez Lucena, doctoral, y don Julio de la Calle, canónigo, actuando de diáconos de oficio, don Rafael Contreras y don Francisco Ruiz Marín», mientras que Juan García Benítez y Cándido Rodríguez Martínez hicieron las veces de «ministros de mitra y báculo» y Antonio Morales y Morales, la de maestro de ceremonia.

La procesión salió por la puerta de las cadenas y entró por el acceso principal del templo catedralicio, el que se abre a la hoy calle Molina Lario. Disuelto el séquito procesional, las fuerzas de Requetés y Falange desfilaron por el entorno del centro.

Por la tarde, la banda municipal interpretó «selectas composiciones y los cantos nacionales de la legión, así como himnos de Requeté y Falange». De 18 a 19 horas tuvo lugar en la plaza Arriola y, a continuación, prosiguió el recital en la plaza del Obispo.

Un concierto de música sacra, organizado por la sección de música de Falange Española de las J.O.N.S. en la noche del Martes Santo, se convirtió en la siguiente de las actividades enmarcadas en las fiestas de la Semana Santa, «la primera de la reconquista» como así la definió el periodista Sebastián Souvirón en su artículo titulado ‘Por tierras de Mío Cid’ (SUR, 25/03/1937), cuyo marco de celebración fue el salón de actos del conservatorio.

Los santos oficios y la visita a los sagrarios en el Jueves y Viernes Santo –los cultos de la parroquia de San Pablo, afectada por las consecuencias de la guerra civil, se desarrollaron en la capilla del Hospital Civil– fueron muy concurridos en los diferentes templos –era habitual por esas fechas que la mujer vistiera de mantilla–, al igual que la misa de privilegio de la Congregación de Mena, oficiada a las doce del mediodía del Viernes Santo, día 26 de marzo, en la Catedral y ante la presencia de autoridades militares y «heridos de los hospitales Miramar, Militar y Cruz Roja, entre ellos, cierto número de Caballeros Legionarios, Caballeros de los del heroico Millán Astray», aclaraba SUR (28/03/1937), amén de la banda de música de Falange Española.

Concluido el acto religioso, «los legionarios heridos» entonaron el himno de la legión, «que fue escuchado con verdadero amor patriótico por el gentío que invadía la puerta de las Cadenas». Seguidamente, una centuria de las J.O.N.S. ocupó la calle Císter, dando comienzo un desfile militar que recorrió las principales vías del centro histórico.

La procesión

Llegó el momento más esperado de la Semana Santa de 1937. «Esta Semana del Año de la Guerra, sencilla, solemne, de penitencia», rezaba la portada de SUR (25/03/1937). El anuncio que las cofradías hicieron a sus hermanos referente a la procesión de la Virgen de Servitas, organizada por la Agrupación, hizo efecto y ya desde primeras horas de la tarde se agolpaba el público en las inmediaciones de la Catedral. Mientras se iban ultimando los preparativos, el obispo, Balbino Santos, presidió un solemne vía crucis practicado a las 16.15 horas en el templo mayor, bajo la organización de las ‘margaritas’, Sección Femenina de la época, a fin de «alcanzar del Señor la pronta salvación de nuestra querida España», términos con que se expresaba la nota de prensa enviada «por la delegada de la Piedad».

Horas después, a las nueve en punto de la noche, se abrieron las puertas de la Catedral para dejar pasar al cortejo procesional, encabezado por la guardia municipal a caballo, seguida de la banda de cornetas y tambores y piquetes de Requetés, una sección del Cuerpo de Bomberos, cruz-guía y dos hileras de fieles, conducidos por miembros de la Agrupación de Cofradías, que incluyó su bandera, además de los integrantes de la Orden Tercera de Servitas, con escapularios sobre sus pechos.

El séquito lo cerró una sección de ‘Flechas’ y el pequeño trono de la Virgen de los Dolores, seguido de las autoridades militares y religiosas, entre los que se encontraba el prelado de la diócesis, así como el alcalde, Enrique Gómez Rodríguez, los presidentes de la Diputación y Audiencia, el cónsul de Italia, una sección de ‘Pelayos’, «más de cinco mil» mujeres, según contabilizó la prensa del momento, y jefas de la Falange Femenina. Dio escolta a la procesión una centuria de Falange, precedida por la banda de música y de cornetas y tambores, que entonaron el himno nacional –marcha real o granadera a la que Franco dio oficialidad en febrero de 1937–, tanto en la salida como en el encierro de la Dolorosa.

El silencio se hizo en la calle, únicamente roto por el rezo de la ‘Corona Dolorosa’ y el sonido de las bombas que cayeron esa misma noche tras un nuevo ataque del ejército republicano.

El itinerario procesional fue bastante extenso, aun cuando el estado de las vías y edificios era lamentable a causa de la guerra. Así, el largo cortejo discurrió por las calles San Agustín, plaza Echegaray, Méndez Núñez, Calderería, Queipo de Llano –hoy de Granada–, plaza de José Antonio Primo de Rivera –plaza de la Constitución–, Especerías, Nueva, Puerta del Mar, Alameda Principal, Acera de la Marina, Franco –Larios–, plaza de José Antonio Primo de Rivera, Queipo de Llano, plaza del Siglo, Molina Lario y Catedral, con entrada por el patio de los Naranjos, que exhibió «potentes reflectores».

Una vez finalizada la procesión, en torno a la una y media de la madrugada, ya en el interior de la Catedral, el prelado subió al púlpito y se dirigió a los fieles para congratularse de la muestra de religiosidad dada por el pueblo de Málaga «que ha sabido conservar la fe a través de tantas vicisitudes», sentenció.

La conmemoración de la Semana Santa de 1937 tuvo su punto y final cuatro horas más tarde del encierro de la Virgen de Servitas, a las cinco y media de la madrugada, cuando se echó a andar desde San Lázaro la comitiva que participaba del ejercicio del vía crucis que se practicó hasta llegar a la capilla del Monte Calvario. La hermandad organizadora, la Sacramental del Nazareno de los Pasos y la Virgen del Rocío, hizo extensible la invitación a todos sus antiguos hermanos y católicos en general para ofrecérselo a «Nuestro Divino Maestro y Redentor en desagravio de las impiedades cometidas y para pedir al Altísimo por las necesidades de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana», sin duda, una muestra más de la simbiosis entre Iglesia y Estado que se ha visto prolongada en el tiempo y no fue matizada hasta la firma del Concordato de 1979.

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