Un Jueves Santo sin tu presencia

La Virgen de la Esperanza. /Eduardo Nieto
La Virgen de la Esperanza. / Eduardo Nieto
Pedro Luis Gómez
PEDRO LUIS GÓMEZ

Esta noche pasada pensé que ibas a traerme la rama de romero que todos los años me regalabas, como si nada hubiera alterado la habitualidad de lo que acontecía cada Jueves Santo desde hace 40 años. No solías venir al traslado de Mena, pero siempre llamabas para ver cómo había ido eso. Cada tarde, cuando los primeros tronos del día más maravilloso del calendario malagueño comenzaban a entrar en el recorrido oficial, nos veíamos en el Larios o en la tribuna para desearnos suerte.

Uno en Mena, y otro en la Esperanza. Cuando el privilegio de llevar al Cristo de la Buena Muerte recaía sobre mis hombros, en el A-7, junto a Álvaro Mendiola, desde el balcón de la basílica menor que acoge a la Divina Prisionera del Romero, nos dedicabas un peculiar saludo de cariño y amistad. Eras grande para todo, incluso para los simbolismos. Otrora, me pedías que acudiera al encierro de tu Virgen y del Nazareno, el que bendice a Málaga, para después tomarnos unos churros con chocolate. Eran costumbres tan ancestrales como cuando la madre de Manolito o tu madre preparaban aquellos tazones de arroz con leche. Desde que Antonio García, El Colmenero, entró en nuestros corazones, nos llegaban en esta jornada de dioses, torrijas de la Antonia. «Mañana igual me voy de estaciones», me decías hace muchos años, demasiados. Pero eso era antes de que la madrugada hiciera mella en el alma verde que llenaba por completo los poros de tu inmenso cuerpo. ¡Jo, cómo te vi de orgulloso primero con Laura y después con Mencía como nazarenas...! ¡Cómo recuerdo las risas por los comentarios que darían pie al inolvidable artículo ‘El nazareno gordo’!, el mismo que abre hoy el libro que tu periódico, el mío, te ha dedicado como homenaje. Ayer, nada más terminar el traslado de Mena me topé de frente con el ministro de Cultura, Íñigo Méndez de Vigo, y le di las gracias por la justicia de haberte concedido el honor de entrar en la Orden de Alfonso X El Sabio, que te merecías como pocos. Gracias , ministro, le dije, por algo que es de mérito. Me hubiera gustado que todos los honores que te llegan ahora hubieran venido en vida, pero ya sabes la de veces que hemos comentado lo difícil que es este teatrillo en el que cada uno desarrollamos nuestro papel, y lo extraño que es el público, que lo mismo te aplaude que se queda indiferente o te abuchea, pero que casi nunca suele ser oportuno y justo en igual medida.

Anda, ¡con lo que te gustaba el barroco en todos sus conceptos, lo que hubieras disfrutado con la encomienda del rey más sabio! Cuando la Reina de Málaga, tu Virgen de la Esperanza, caminaba por Larios, miré al cielo, y creo que puede vislumbrarte por algún recodo de la noche del Jueves Santo. Ha sido, como aquel que dice desde que tengo uso de razón, mi primera cuaresma sin tus artículos, ni tus pregones, ni tus charlas, ni tus comentarios, ni nuestras reuniones... Ha sido el primer Jueves Santo en el que no he visto tus ojos nublarse por las lágrimas emocionadas de recuerdo a tu madre y a tu padre a través de la Gran Señora. Ha sido la primera procesión de la Esperanza sin tus gritos de ¡guapa, guapa! Cómo te echo de menos, Antonio Garrido Moraga, ¡qué justo hubiera sido que tu voz le hubiera puesto anoche la emoción a la bendición del Nazareno!

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