Dueño de la palabra

Ángel Escalera
ÁNGEL ESCALERAMálaga

Su mundo era el de la palabra. Dominaba tanto el lenguaje escrito como el oral. Sabía cómo llegar al lector o al oyente. Su facilidad para hablar lo convirtió en un pregonero insuperable. Se metía al público en un bolsillo y lo llevaba a donde quería. Su facundia era insuperable. Si Antonio Garrido Moraga hubiese dado cada año el pregón de la Semana Santa de Málaga habría cosechado un éxito tras otro. Y es que conocía a la perfección los rudimentos de los pregones. Esos conocimientos teóricos los llevaba a la práctica de forma sublime cuando subía a un escenario. Antonio Garrido poseía el don de la elocuencia. Había nacido con él y con él se ha ido.

Tal era el prestigio de orador que se labró este profesor que lo que decía en un pregón, una exaltación o una disertación cofrade iba a misa. A ver quién se atrevía a poner en cuestión una afirmación de Garrido. Esa fama ganada a ley le permitía decir lo que le venía en gana y cuando lo consideraba oportuno con argumentos contundentes y difícilmente rebatibles. Era capaz de emocionar y hacer llorar al auditorio y a los cinco minutos, con un cambio de registro, sacaba una carcajada de los presentes. En medio de un pregón trascendente intercalaba una frase jocosa que hacía troncharse de risa al más serio al hablar, por ejemplo, de los eruditos a la violeta (esos que se las dan de saber de todo en el mundo cofrade), contar el chascarrillo de los nazarenos gordos de la Esperanza (entre los que se incluía con orgullo) o relatar la anécdota de la canción ‘Amado mío’ y el obispo de Málaga Balbino Santos Olivera. Así era Antonio Manuel Garrido Moraga: un hombre que hizo de las palabras –que se han quedado huérfanas con su muerte–, la razón de su existencia.

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