Hace cuarenta años: dos hitos para el cambio

Primera salida. La Virgen de los Dolores de San Juan se estrenó en la calle el Viernes Santo de 1978. :: sur./
Primera salida. La Virgen de los Dolores de San Juan se estrenó en la calle el Viernes Santo de 1978. :: sur.

El pregón de la Semana Santa que pronunció Jesús Saborido y la primera salida de Dolores de San Juan marcaron un nuevo rumbo

ELÍAS DE MATEO

Hoy, nuestras cofradías viven una larguísima y fecunda etapa que tuvo un principio, y no fue fácil. Hay que remontarse casi medio siglo atrás. Hacia 1975 se detecta la presencia de una generación de nuevos cofrades dispuesta a emprender cambios en profundidad. El paralelismo con el proceso de la Transición resulta evidente. En aquellos años convulsos, pero esperanzadores, se pusieron los cimientos de nuestra actual Semana Santa. Pero, existiendo las condiciones objetivas y los actores, hizo falta, además, mucha valentía y atrevimiento.

Hace justamente 40 años, dos acontecimientos cofrades marcaron un antes y un después. 1978, el año en que los españoles nos dimos, en libertad, una nueva Constitución, el año también marcado por la crisis económica y por el azote del terrorismo surgen, en el universo cofrade malagueño, dos hitos que hoy es preciso recordar y darle la importancia que objetivamente se merecen: el pregón de Jesús Saborido y la primera estación de penitencia contemporánea de los Dolores de San Juan.

Hasta aquel año, y posteriormente, se producirían más secuelas, el pregón de la Semana Santa se organizaba como un acto protocolario al que se invitaba, como pregonero, a una destacada personalidad de la política, del periodismo o de las letras del momento, en ocasiones de relieve nacional. La expectación resultaba, en general, escasa.

Celebrado hasta 1976 en el Teatro Cervantes, no había problemas de entradas como hoy.

En general, y salvo honrosas excepciones, el acto resultaba aburrido y muchos cofrades abandonaban sus asientos antes que concluyera. Había que renovar el modelo. Era preciso buscar a alguien que conociera la Semana Santa, sus anhelos e inquietudes y que contase con habilidades oratorias.

Ya, en 1971, la experiencia con este nuevo perfil de pregonero resulto acertada con la figura del entonces joven hermano mayor de Fusionadas, Andrés Oliva García. Pero fue necesario esperar hasta 1978 para que la figura de Jesús Saborido consolidase una forma nueva de entender, escribir y decir el pregón.

Pregonero

Al parecer la idea inicial fue de José Tirado, hermano mayor de la Misericordia y de José Atencia, presidente de la Agrupación hasta 1977. Este había oído el elogio dedicado por aquel jovencísimo abogado al veterano Francisco Triviño tras el relevo entre ambos al frente de la Pollinica. Luego apoyaron aquella candidatura Francisco Fernández Verni, de Mena y, por supuesto, el entonces presidente de la Agrupación, Federico del Alcázar.

La sala Falla del Conservatorio Superior de Música en El Ejido, el 11 de marzo de aquel año, estaba llena a rebosar, cosa rara entonces. Muchos jóvenes. Todavía más expectación. La clausura del Cervantes había desplazado el acto a esta nueva ubicación.

Presentado por su gran amigo, Francisco Fernández Verni , Jesús Saborido, que, por entonces, contaba con 31 años, dio rienda suelta a su personalidad, desbordante, apasionada, comprometida y vehemente y cautivó el auditorio. Primero emocionó con las vivencias del niño Juan Manuel, nazareno pollinico y de la familia perchelera de un devoto de El Chiquito. Luego desentrañó la esencia de nuestras cofradías que existen «para mantener y cultivar la fe. Y las cofradías no quieren ni desean justificar su labor. No se justifican porque su ánimo es convencer con su obra diaria».

Pero el pregón alcanzó la apoteosis cuando se atrevió a hacer frente al sector anticofrade del clero: «A las cofradías no las hunden ni dañan aquellos pobres hombres que se autotitulan los nuevos teólogos, porque no cabe teología nueva cuando se trata de cambiar la esencia. A las cofradías no se las combate con los evangelios apócrifos, ni con falsas parábolas de falsos Simones Celotas, porque las cofradías ayer, hoy, mañana y siempre, viven porque viven con los evangelios, sin buscar falsos apóstoles, porque nos buscan las amistades de las fuerzas que imperan en cada momento, sino la fuerza que nunca decae, la fuerza de Cristo y la de su Madre (...)es el pobre hombre y al teólogo falso al que conviene cambiar a Cristo, porque el cofrade no lo cambia ni es Cristo el que quiere que se le cambie (...). Y consciente de mi responsabilidad, y ante el Pastor de nuestra Iglesia aquí presente, yo suplico al clero (...) que sí no nos quieren o no nos pueden comprender, al menos no dificulten que sigamos con nuestra pureza de fe».

Evidentemente, el entusiasmo de los presentes se desbordó. A todos les gustó el pregón..., menos al obispo Buxarrais, presente en el patio de butacas. El prelado abandonó el acto sin felicitar ni siquiera saludar al pregonero.

La polémica

Todos los que, aquella tarde oyeron a Saborido eran conscientes que, cuando se refería a los nuevos teólogos estaba apuntando directamente hacia la controvertida figura del canónigo José María González Ruiz que, desde hacia tiempo, venía orquestando una campaña de calumnias, injurias y medias verdades contra las cofradías.

Al tener noticia del disgusto del prelado, Saborido se presentó en el Obispado. El encuentro fue más que tenso, pero no se produjeron mayores consecuencias. De hecho, Buxarrais bautizaría, poco después a la hija más pequeña del pregonero. Aquel buen obispo se convenció en poco tiempo de que las cofradías podían convertirse en un poderoso instrumento de evangelización.

Aquel pregón constituyó un revulsivo. En la sala Falla quedaron hechos añicos complejos y temores. Los cofrades miraron, miramos hacia adelante. En la Semana Santa cabíamos todos por encima de ideologías políticas.

De culto interno

Pocos días después, el 24 de marzo se asistió a un hecho insólito: una nueva procesión después de treinta años. Un grupo de jovencísimos cofrades, salían de San Juan con una Dolorosa. Nadie podía recordar en la calle a la Archicofradía Sacramental de Nuestra Señora de los Dolores.

El caldo de cultivo para revitalizar antiguas corporaciones nazarenas existía, al menos, desde 1975, cuando se celebró la Semana de la Juventud Cofrade. Hacía falta depurar formas, volver a los orígenes, a la esencia. Surgen entonces varias iniciativas que, con el tiempo, darían lugar al Descendimiento y al Monte Calvario. De hecho, ambas procesionaron ese año por sus respectivos barrios. A Dolores de San Juan le cupo el honor de haber sido la primera rompiendo esquemas.

La idea surgió de un grupo de jóvenes: Adolfo Navarrete Luque, Alfonso Martín Ruiz, Miguel Ángel Fernández Martínez y Ricardo Ballesteros Liñán. Pronto les llamó la atención una bella Dolorosa que recibía culto en San Juan. Aquella imagen no estaba huérfana. La archicofradía de la que era titular seguía existiendo. Averiguaron que los responsables eran los socios de la Ferretería El Candado, Carlos Rubio y Alfonso Soria. Tras un primer contacto, todo fueron facilidades. También por parte del párroco, Amalio Horrillo. Se les permitió apuntarse en la lista de hermanos. Se convocó un cabildo y se eligió nueva junta de gobierno que fue aprobada por el Obispado en mayo de 1977.

Cambio de estatutos

Resultaba un secreto a voces que aquellos niños querían sacar a la Virgen en procesión. Y Nuestra Señora de los Dolores debió echar una mano, pues coincidieron una serie de afortunadas casualidades. Por aquellas mismas fechas el Obispado había publicado unas bases para que las hermandades renovaran sus estatutos. Para el grupo joven de los Dolores era una oportunidad. Se siguieron algo más que estrictamente las referidas bases, pero introduciendo la novedad de la estación de penitencia. El vicario, José del Campo, debió leerlos por encima. Los aprobó y coló lo de la procesión.

Corría el mes de noviembre de 1977 y faltaba todo lo demás. En la Agrupación de Cofradías la iniciativa fue bien acogida. El 18 de febrero se autorizaba a la renovada archicofradía a efectuar su estación de penitencia la primera del Viernes Santo, pero sin estar aún agrupada.

Salvo la imagen se carecía de todo. Gracias a que tocó una pedrea en la Lotería de Navidad que distribuyó la archicofradía, quedó un remanente de cuatrocientas mil pesetas con las que se encargó una mesa de trono y unos varales. Un crédito bancario permitió comprar la cera, los espartos y la tela de las túnicas confeccionándolas, de fiado, Emilio Bautista.

Aquello atrajo a muchos jóvenes que se convirtieron en nuevos hermanos y se integraron como hombres de trono y penitentes.

La Sentencia y Fusionados prestaron enseres. Solo se estrenó la cruz guía de madera barnizada, un sencillo estandarte y el libro de estatutos. La Virgen, con sus colores tradicionales, iba sobre un trono de flores. Se salió del interior de San Juan gracias a unas patas telescópicas.

Ya en la calle, lo que comenzó como expectación pronto se convirtió en asombro y finalmente en respeto, devoción y admiración. Casi nadie entonces podía hacer gala de aquellas larguísimas filas de penitentes. Unos tambores roncos abrían el cortejo, pero sin duda el elemento más comentado fue la tela de ruan de las túnicas que se convirtió en una seña de identidad.

Aquella combinación de silencio, recogimiento, devoción, austeridad y número de penitentes marcó un hito. Las primeras que lo percibieron fueron las Hermanas de la Cruz, que, de forma espontánea, entonaron cánticos devotos al paso de la Virgen.

Amanecer cofrade

Concluida la Semana Santa de 1978 daba la impresión de que todo había cambiado para bien. Unanimidad en la prensa.

SUR ,bajo el título 'La Semana Santa de 1978' superótodo lo superable, señalaba: «mayor afluencia de público (...); aumento de cofradías, lo que prueba que, lejos de estar caduca, trasnochada y anticuada, nuestra Semana Santa tiene mucho que decir (...); un pregón de antología realizado por uno de los pregoneros más jóvenes (...); diputados y senadores ocuparon sin distinción, lugares en la Tribuna, despejando cualquier duda de que la Semana Santa está por encima de cualquier confrontación política».

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