Diario Sur

El último superviviente de la Santa Caridad

 Heráldica. Emblema de la Hermandad de la Santa Caridad. :: andrés camino
Heráldica. Emblema de la Hermandad de la Santa Caridad. :: andrés camino
  • Enrique Ximénez de la Macorra tuvo una intensa actividad en esta hermandad, que permaneció activa hasta 1965

Una de las instituciones benéficas de mayor solera que ha tenido Málaga a lo largo de su historia fue la Hermandad de la Santa Caridad de Nuestro Señor Jesucristo. Esta corporación se fundó a los pocos meses de la toma de la ciudad por los Reyes Católicos y vino desempeñando sus funciones estatutarias de atención a los pobres, asistencia a los condenados a la pena capital y entierro de los muertos, primero, en el hospital Real y, después, en la iglesia-hospital de San Julián, construida entre 1683 y 1699. La Hermandad de la Caridad permaneció activa hasta 1965, convirtiéndose posteriormente el citado conjunto-monumental en sede de la Agrupación de Cofradías de Semana Santa. Enrique Ximénez de la Macorra, el personaje protagonista de estas líneas, se convirtió en el último superviviente de la mencionada hermandad.

Nació a finales del siglo XIX, en Málaga. Estudió en la Facultad de Derecho, posiblemente en la de Granada, en la que se licenció para ejercer la abogacía. Su inscripción, al igual que la de su hermano Carlos, en la Hermandad de la Santa Caridad se hizo efectiva en 1919, viniendo avalada por la pertenencia de algún familiar. Así solía suceder con miembros de reconocidas familias apellidadas Alarcón, Loring, Manescau, Viana Cárdenas, Balenzategui, Souvirón, Grund, Gómez de Cádiz, Krauel, Álvarez de Linera, Huelin... En el Libro de Hermanos, correspondiente al siglo XIX, aparecen Fernando de la Macorra Ániño, quien ingresara en 1855 y fuera hermano mayor entre 1857 y 1860, y Eugenio Ximénez Pastor, en 1888, pudiendo caber la posibilidad de que este último fuese el progenitor. Enrique Ximénez fue diputado en el órgano supramunicipal y hacia el año 1949 residía en el número 6 de la calle Granada.

El personaje que centra estas líneas también sentía, como buen malagueño, la Semana Santa. De hecho, fue nombrado en 1941 prior de la Venerable Orden Tercera de Siervos de María (Servitas), sustituyendo a Ricardo Gross Orueta a su muerte. Este cargo lo desempeñó, por lo menos, hasta 1949, cabiendo la posibilidad de que estuviera unos años más al frente de la congregación. Formó parte en 1947 del grupo reorganizador de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús de Viñeros, inactiva desde los asaltos a iglesias y conventos en las nefastas jornadas del 11 y 12 de mayo de 1931.

Intensa actividad

En las actas de la Hermandad de la Santa Caridad se comprueba que, a principios de la década de los treinta, la participación de Ximénez de la Macorra en juntas y cabildos es intensa. La hermandad, como propietaria de la iglesia y hospital de San Julián, prestaba la asistencia corporal y espiritual a los ajusticiados. Este precepto estatutario se vino cumpliendo hasta el 8 de agosto de 1938. Enrique Ximénez de la Macorra, que había estado presente en algunas de las ejecuciones, comentaba que se llevaron a cabo en los patios de la cárcel nueva (construida en la zona de la Cruz de Humilladero), en la que precisamente habían estado muchos de ellos durante la «dominación marxista». Recalcaba, además, que este tipo de acto de caridad era muy loable para terminar reconociendo el sufrimiento que este ejercicio suponía para los hermanos. Él mismo afirmaba que: «Al amortajar al último (reo) que asistí, me oía latir el corazón al colocarlo en la caja mortuoria como si fuera una máquina». Ximénez de la Macorra dejó por escrito un testimonio escalofriante sobre las ejecuciones de Antonio Santana García y Antonio Rubiales Martín a garrote vil, a las que asistió en compañía de otros miembros de la Caridad. Relataba lo sucedido de este modo: «A las dos últimas ejecuciones que asistí uno de los dos acusados murió arrepentido y muy cristianamente asistido por un Padre agustino. El otro en cambio era un rebelde, decía que se había entregado por creer que no lo matarían, pues de otro modo hubiese podido huir. A la hora de misa de madrugada hizo manifestaciones improcedentes y encendió un cigarro. En el momento de la ejecución el verdugo hubo de decirle al darle garrote cosas improcedentes y como esto resultaba de todo punto inadmisible a la mañana siguiente me personé en el Juzgado Militar, conté lo sucedido y expuse que tal vez los hermanos no debieran asistir a esta clase de ejecuciones de tipo político además con que a primeras horas de la mañana abandonaban la cárcel los hermanos se oían las murmuraciones del público que se aglomeraba en la carretera, si bien no se atrevieran a nada. Estas fueron las últimas ejecuciones». A partir de entonces, la Hermandad de la Santa Caridad no prestaría nunca más este servicio.

Transcurridos unos años, en la fecha del 21 de febrero de 1946, se reunieron los hermanos de la Caridad, entre los que se encontraba Ximénez de la Macorra en calidad de secretario primero, para tratar una petición formulada por el obispo Balbino Santos Olivera consistente en solicitar a la hermandad las habitaciones disponibles en el asilo de San Julián para que se diera albergue transitorio a las señoras del hogar de Nuestra Señora del Pilar, que estaba pendiente de ser derribado. En la reunión cada uno de los asistentes intervino mostrando su parecer. Ximénez de la Macorra, por su parte, le había expuesto a Santos Olivera el deseo de que la hermandad no hiciera más cesiones y recuperara el edificio, dado que desde la guerra civil no se prestaban las obligaciones estatutarias. Finalizado el turno de opiniones y manifestaciones se votó, siendo el resultado de 9 votos a favor y 10 en contra. La respuesta del obispo de origen leonés no se hizo esperar. Tan solo habían pasado dos días de la negativa de la hermandad cuando se recibió del Obispado un escrito en el que se lamentaba la decisión adoptada y se prohibía la elección de una junta de gobierno. Ante lo ocurrido el hermano mayor Miguel Mathias Bryan enviaba un oficio con fecha 30 de abril a Enrique Ximénez de la Macorra renunciando al cargo por motivos personales.

La vuelta de Viñeros

Mientras esto acontecía en San Julián un puñado de insignes cofrades, liderados por Carlos Krauel Gross, tomaba la firme determinación de reorganizar la Cofradía de Viñeros, quedando autorizada según decreto de fecha 19 de febrero de 1947. Así, la junta de gobierno quedó constituida por: Carlos Krauel Gross, hermano mayor; Enrique Ximénez de la Macorra, Carlos Valderrama Orts, Emilio Kustner Schneider, Matías Huelin García de Toledo, Ricardo Huelin Ruiz Blasco y Mariano de la Calle Gómez, vocales. La corporación pasó a denominarse 'Muy Ilustre, Antigua y Venerable Hermandad Sacramental de Nuestro Padre Jesús Nazareno de Viñeros' y se estableció temporalmente en la parroquia de los Santos Mártires.

Para los preparativos de la primera salida procesional de 1949, el hermano mayor Sebastián Souvirón Utrera se dirigió al prior de Servitas, Enrique Ximénez de la Macorra, con el siguiente objeto: «Unas líneas tan sólo para agradecerte hayas aceptado mi petición respecto a las hachetas de la procesion de Viñeros en la tarde del Jueves Santo. Nuestro albacea se pondrá de acuerdo (...) para la recogida y devolución de las mismas (...)». Se trataba de un préstamo de enseres que Servitas haría para la procesión que se efectuó con la talla de un Nazareno ejecutado por el escultor Adrián Risueño Gallardo y bendecida en la cuaresma de 1948. No sería aventurado suponer que Ximénez de la Macorra, persona de gran reputación y muy bien vista en los círculos eclesiásticos, hubiese formado parte del grupo de hermanos que llevara a cabo las gestiones con el Cabildo de la Catedral para que Viñeros hiciera la estación penitencial en el templo basilical de Nuestra Señora de la Encarnación. Igualmente, tampoco se descarta que él fuese uno de los que dialogara con las religiosas dominicas para el establecimiento canónico de la cofradía en la iglesia de la Aurora María y Divina Providencia, hoy día rebautizada por el Obispado como Santa Catalina.

No existen dudas de que Ximénez de la Macorra estuvo a disposición de la antigua hermandad mercedaria. Ello lo demuestra la documentación conservada en el archivo de la Cofradía de Viñeros. En un nuevo escrito que Sebastián Souvirón le dirigió el 16 de octubre de 1950 se indicaba: «Supongo estará en tu poder la peticion oficial para lo de los nichos. Espero tus noticias sobre cuando se puede empezar la construcción y agradeciéndote en nombre de la Hermandad todas las facilidades que das, te envía un fuerte abrazo de tu buen amigo».

Cuatro años después, en 1954, la Hermandad de la Santa Caridad había quedado reducida tan solo a dos miembros: José María Huelin Müller y Enrique Ximénez de la Macorra, hermano mayor accidental y secretario, respectivamente, quienes seguían con la intención de desarrollar los fines fundacionales. Un nuevo impedimento, sin embargo, se cruzó en el camino. Ahora el nuevo mitrado, Ángel Herrera Oria, expresaba su deseo de que las dependencias ocupadas hasta ese año se convirtieran en aulas para que los monaguillos de las distintas iglesias de la ciudad de Málaga se formaran y educaran.

Cansados de tanta lucha infructuosa, los referidos hermanos de la Caridad remitieron un escrito al obispo para que fuesen relevados de sus cargos, dada la avanzada edad de ambos. Monseñor Herrera Oria contestaba reconociendo «el interés y celo con que los actuales directivos de la Hermandad han llevado durante los últimos años la administración de la misma».

Desaparición

El último testimonio escrito que se ha encontrado de Enrique Ximénez vinculado a la Hermandad de la Santa Caridad, está fechado el 22 de octubre de 1965. Concierne a una instancia dirigida por éste al gobernador civil en contestación a la suya del día 15 del mismo mes, en la que exponía lo siguiente: «He recibido escrito de la Junta Provincial de Beneficencia, dimanantes del expediente de modificación de fines que se sigue a esta Hermandad como único miembro en la actualidad de la Junta de Gobierno, al amparo de lo que dispone el artículo II del Capítulo XV de sus Estatutos, me permito proponer que los fines de la misma sean en lo sucesivo los de guardería infantil y enseñanza. El cumplimiento de estos fines debería confiarse a una congregación religiosa, según el espíritu de esta pía unión, en vista de la imposibilidad material de que el hospital funcione, por carecerse de medios adecuados para ello. Conforme al precepto estatutario citado, esta propuesta carecerá de validez hasta tanto no obtenga la aprobación del Obispo, que será en definitiva quien deba designar la congregación que haya de sustituir a esta Hermandad».

Este sería el último documento referido a la Hermandad de la Santa Caridad. Las palabras de Ximénez de la Macorra son precisas, aconsejando que fuese una congregación religiosa la que se hiciese cargo del edificio, como así ocurrió. Las Hijas de la Caridad estarían al frente de la guardería que vino funcionando durante algún tiempo. De este modo se ponía fin a una institución hospitalaria que durante el siglo XX había atravesado los peores y más trágicos momentos de su historia y que él, para su desgracia, vio desaparecer ante la impasividad de las autoridades civiles y eclesiásticas.