Diario Sur

Semana Santa y vanguardia

Se afirma con un exceso de generalidad que la Semana Santa es una celebración muy tradicional y muy conservadora en sus formas externas. Es cierto que la secular celebración mantiene unas constantes que, aparentemente, permanecen inalteradas en el tiempo. Sin embargo, no es verdadera la afirmación, al menos como criterio universal. La Semana Mayor ha evolucionado y mucho en la línea del tiempo.

Suele ocurrir que los árboles no dejan ver el bosque y que, por error, limitamos demasiado nuestro horizonte de referencia. Pondré un ejemplo. ¿Alguien se imagina que no sean los hombres, sustantivo genérico, los que los lleven sobre sus hombros los tronos? Pues la necesidad obliga y en momentos de crisis de portadores se llegó a ensayar un sistema mecánico. En otras ciudades se usan y se ha asumido con normalidad. Aquí y en otras ciudades es una seña clave de la identidad.

Han cambiado el tamaño de los tronos, los adornos florales, los colores de las túnicas, las insignias y muchos otros aspectos. Incluso, se puede hablar de modas. Hoy sería impensable emplear el color malva, porque las estéticas han regresado a colores más severos. Más complejo es el universo de formas que se producían al mismo tiempo que la procesión o el culto interno. Sería muy largo referirme a ellas. También es cierto que existe un proceso de transformación que hay que tener en cuenta.

Establecidos estos parámetros, voy a plantear un tema que no ha sido estudiado ni siquiera como hipótesis de manera mínimamente rigurosa: la relación, caso de existir, entre la Semana Santa y las vanguardias. De entrada, parecen dos cosas radicalmente opuestas, algo así como el agua y el aceite; no lo considero así y voy a hacer una cala en un tema inexplorado. Aceptemos que las vanguardias artísticas, acoto el campo de análisis, suponen una consciente y premeditada ruptura con los modelos canónicos, con lo que llamamos tendencia dominante. Por poner un caso, el cuadro de Picasso 'Las señoritas d´Avingnon' cierra un ciclo y abre otro. De entrada, estas rupturas no serían aplicables a un universo como la Semana Santa y, sin embargo, no ha sido así.

De hecho, existe rechazo a entrar en esta cuestión por un tema de heterodoxia. Si la vanguardia fue ruptura de todos los órdenes artísticos y, por supuesto, de sus contenidos, de una visión del mundo, en materia de doctrina y de fe, la materia es más delicada. Es conocida la viñeta de una carrera entre tronos de Vírgenes sobre ruedas. ¡Un escándalo! La resistencia a nuevas formas, bastante extremas, fue y sigue siendo grande.

Por otro lado, la vanguardia coincide en algunos aspectos con el anticlericalismo hispánico tradicional. En esta materia se llega a los territorios del sacrilegio, como sucede con los dibujos de André Masson y sus escenas de sexualidad más que explícita en el interior de lugares sagrados. Massón exploró en el surrealismo y en la abstracción. Empleó el collage con arena y goma arábiga.

Pondré otro ejemplo, esta vez textual. Oliverio Girondo es un poeta argentino que desarrolló una actividad vanguardista de primer orden, amigo de Neruda y Lorca, viajó a España y escribió unos breves textos, próximos al aforismo: «La iglesia se refrigera para que no se derritan los ojos y los brazos. de los exvotos».

Comprobamos que se trata de una imagen inusual, original y extraña en el modelo canónico. Esta vía rupturista llega a más: «Bajo sus mantos rígidos, las vírgenes enjugan lágrimas de rubí. Algunas tienen cabelleras de cola de caballo. Otras usan de alfiletero el corazón». Quede apuntada esta línea de investigación.