Texto íntegro del pregón de Semana Santa 2015

He querido emplear mis primeras palabras para hablar

del amor que siento por la Semana Santa porque

creo así recoger el sentimiento de muchos y porque

estoy convencido de que ha sido su poderosa

influencia la que ha hecho que, desde hace cinco siglos, fueran muchas

las personas que se unieran por medio de las hermandades y

cofradías, en torno a sus devociones, para celebrar la Pasión, Muerte

y Resurrección de Ntro. Sr. Jesucristo, méritos por los que el género

humano alcanzó la Redención.

Es posible, viendo la espiral de egoísmo e individualidad en la

que estamos inmersos, que nos cueste comprender que un sacrificio

tan grande sea realizado en favor de los demás; sin embargo, si nos

paramos ante la imagen del Crucificado que se eleva, etéreo e imponente,

sobre el Sagrario de la parroquia de San Juan no será necesario

más que abrir los ojos del alma para entender, y casi palpar,

el mensaje salvífico que nos revela su divina madera. El Cristo de

la Redención es, con las palmas clavadas en el aire, el libro abierto

en el que leemos la bondad del Padre. Cada una de sus heridas, sus

llagas, los regueros de su sangre, son como un mapa de los caminos

que el Altísimo previó para nuestra salvación.

Su cabeza, recostada suavemente, nos transmite serenidad y es la

certeza de que, tras ese leve sueño, hay una vida que no tendrá fin.

Una vida de la que ésta, terrena, es trasunto necesario y obligado y

que se nos ofrece de ideal salvoconducto para alcanzar el gozo de la

eterna contemplación del rostro de Jesús. Mas mientras se acerca ese

día, que habrá de llegar inexorable, Cristo nos llama, apenas besado

por los rayos del sol que se cuela, ladrón, por la humilde vidriera de

su austera capilla, y se presenta como maestro, como amigo, como

perfecto compañero de viaje y también, cómo no, como alimento

de nuestro pobre espíritu. La carne ofrecida por Cristo para nuestra

redención se orea en la Cruz y es pan del cielo.

Cristo vivo, Dios vivo en el Sagrario —Gólgota de plata dieciochesca—

desde el que se eleva Dios abatido, tronchado, como espiga trillada

en la era del dolor y de la muerte. Morir para vivir eternamente.

Darse como alimento para permanecer entre nosotros. Sucumbir

para redimir nuestras faltas y miserias.

Ésa fue la misión. Ése fue el plan que trazó la Trinidad Santa para

reanudar la amistad entre el Creador y la humanidad por Él forjada,

entre sus designios y nuestras voluntades, y que se hace evidencia en la

exégesis de bronce y de madera sobre la que Cristo habrá de pasear su

Redención el Viernes Santo, ese que anda ya a la vuelta de la esquina

deseoso de ceñirse a nuestros cuerpos cual cíngulo de esparto.

Llegará ese momento, pero antes, habremos de contemplar, de

acompañar a Jesús en todos y cada uno de los pasos de su Pasión. Y

para eso Málaga ha creado un lenguaje único.

Dentro de ocho días, cuando vuelva Jinete de la paz y la concordia,

a bendecirnos por esa calle Parras de la que nunca acabó de

marcharse, retornarán nuestros labios a llenarse de hosannas. Iremos

en su busca, estrenando una nueva ilusión porque, aunque hayamos

asistido muchas veces a ese instante, siempre regresamos con

los ojos limpios de los niños, de aquellos a los que aún les queda

toda la vida por delante, pues una vida de ocho días es lo que ahora

comienza y nos tiene el corazón dispuesto a estallar como lo hace,

de verde, la palmera que cobija al Hijo de David al son del himno

que nos atrapa lo mismo que el Señor que nos mira a los ojos.

Será en ese momento, y no antes, cuando todo comience. Habrán

pasado las vísperas, que nos han tenido en vilo como al que

espera el alumbramiento de un ser nuevo: el que lleva gestándose

desde el instante mismo en el que las puertas de San Julián velaron

la belleza translúcida de la Reina de los Cielos y Madre de todos.

Ya en esa hora sentimos cómo en nuestro interior anidaba lo

que ahora está a punto de nacer. Ya entonces, frescas aún las flores

en las ánforas, humeantes los pabilos de los cirios recién apagados,

notábamos crecer el germen felicísimo del árbol que anda presto a

ofrecernos su fruta madura. Andaban los nazarenos, Babel de colores

y tejidos, de regreso a sus casas y ya iban con la alegría de saber

que quedaban unas horas menos, unos minutos menos, para volver

a su cita con el rito de preparar la túnica en el umbral de una nueva

Semana Santa.

La Semana Santa, aunque se aireen datos empeñados en hacer

parecer lo contrario, es la fiesta por antonomasia de esta ciudad

de Málaga. Los que la habitamos sabemos que esto es cierto, sobre

todo, porque somos actores y partícipes de todos los entresijos que

conforman su sugerente universo. En ella coinciden múltiples vertientes

y no son pocos los factores que propician que ésta sea si no

la fiesta de todos, sí al menos la de muchos.

La Semana Santa forma parte de la ciudad porque es la propia

ciudad la que la hecho, la que la hace. Construida por los malagueños,

generación tras generación, se incardina en su alma y se extiende

por múltiples sectores de su tejido social… Y esto, que no es

palabrería hueca sino realidad fácilmente constatable, se debe a la

existencia de nuestras cofradías.

de María; auspiciadas por órdenes religiosas, promovidas por gremios

con espíritu comunitario o simplemente resultado de la imperiosa

necesidad de sentirnos protegidos, amparados, cubiertos por la

eterna bondad de Dios.

Corporaciones que han resistido —y resisten— embates de toda

índole y siguen estando vigentes por encima de recelos, trabas, descalificaciones

y obstruccionismos. Superando, incluso, los defectos

por ellas mismas creados, sus errores, sus desvíos, sus coqueteos con

poderes de este mundo que nada tienen que ver con los del Reino

del que nos habla Jesús en el pretorio dorado desde el que, cada año,

los servitas blancos nos lo asoman, serpenteando calles con destreza,

para que seamos testigos de su Humildad. De día o de noche,

con clámide o con túnica, el mensaje es invariable y con una sola

respuesta que baja por Mariblanca, rotunda y precisa: «Yo soy».

Y es que no hay más. Él es, Él debe ser, el único inspirador de nuestras

cofradías. Las ganas de seguirle, el exclusivo motor que las aliente.

Hacer de su Palabra nuestra hoja de ruta, el mayor empeño. Por eso,

cuando nos perdemos en los vericuetos de la envidia, la arrogancia, las

ansias de poder y de protagonismo, nos estamos alejando del espíritu

primigenio y único, que es el que verdaderamente nos da razón de ser.

Por supuesto que en la Semana Santa se dan cita una serie de factores

que, por importantes, no podemos olvidar o dar de lado. A

nadie escapa el hecho de la tremenda vertiente social y cultural que

es parte de su propia naturaleza y que, sólo por ello, ya es motivo suficiente

para merecer respeto y ayuda por parte de particulares e instituciones.

Los cofrades formamos uno de los mayores colectivos humanos,

si no el mayor, de esta ciudad, y eso debe tener el consiguiente

respaldo sin contraprestaciones o hipotecas de ningún tipo. Sería ingenuo

ignorar el impacto económico que producen nuestras cofradías

tanto como sostenedoras de talleres artesanales, que crean puestos de

trabajo, como por la influencia que tienen las procesiones para el sector

turístico que es la principal riqueza de este trozo de Mediterráneo.

Pero el pregonero no ha llegado hasta aquí para contar lo que es

obvio y todos conocen, sino que, como aquel, ha venido a «hablar

de su libro», de nuestro libro. De ese que hemos escrito y escribimos

día a día, paso a paso, siglo a siglo, y que tiene su primer renglón

—muñidor de los tiempos— trazado con la tinta indeleble, atemporal

y sobria, de la Vera+Cruz de Cristo. Tal vez ya entonces los

vencejos dibujaran arabescos en su alocado vuelo y con su piar destemplado

despertaran las conciencias ante la visión de lo que se hizo

con el leño verde.

«Tus ojos vieron mi cuerpo aún imperfecto, y en tu libro todos mis

miembros estaban escritos; que fueron luego formados, sin faltar uno de

ellos». (Salmos 139:16)

En tu libro, que es el de todos y en el que todos estamos. En el que

buscamos y nos reconocemos, del que bebemos y con el que soñamos.

Ése en cuya lectura nos reencontramos y reafirmamos nuestro carácter.

En él hay nombres ilustres que a todos nos suenan y otros para

los que su gloria —su gran gloria— fue figurar en un registro de

hermanos. Artistas cuyas obras alcanzaron los laureles de la eternidad

y menesterosos que dieron lo mejor de sí aunque después el

tiempo los sepultara de olvido. Familias, sagas enteras, de dadivosos

benefactores y hermanas de la Cruz que no entienden más lujo

que el de acariciar, de vez en cuando, la cabellera de la Virgen de los

toneleros. Hermandades que sucumbieron y otras que resistieron

contra viento y marea. Tienen las páginas de este libro los «ayes» de

saeteros de postín llenando de flamencura la madrugada e himnos

que ponen un nudo en la garganta del pueblo. Hay ceniza, olvido,

incomprensión. Jerarcas de muceta o de guerrera, aprovechados, listillos,

cuaresmeros… gentes que tienen por apellido el nombre de su

hermandad y que desconocen cómo suena el no en sus labios. Están

los tallajes en la Plaza del Teatro —tiza y coñac— y los cuadrantes

electrónicos que los más «jartibles» llevan siempre en el iPad bajo el

brazo. Los capirotes de habichuela, las túnicas de tisú, la flor encañá,

las baquetas prodigiosas de un sargento mítico, los chavales ensayando

a tope donde buenamente pueden y les dejan… Los que escriben,

los que investigan, los que cuentan, los que limpian la plata,

los que transforman un encaje en un piropo… Por haber, hay incluso

un apartado para los pregoneros, esos osados a los que la sangre

les puso una zancadilla en la razón.

Hay en ese libro varias parejas de pilares que son los que sostienen

la bóveda de su trama y que es necesario conocer para una

mayor comprensión de la misma. El ayer y el hoy; la tradición y

la renovación; el pasado y el futuro; lo humano y lo divino. Es esta

una dualidad que entendemos bien ante el Cristo de la Sangre, que

siendo el Jesús del madero también anduvo en la mar y cuya presencia

se nos clava en el alma cual lanzazo de Longinos. Las dos torres

de San Felipe son custodias y guardianas del manantial que brota

de su divino costado —sangre que nos salva, agua que nos limpia—

y mástiles para enarbolar los pendones de esa jacaranda que es la

Virgen que no encuentra Consuelo para sus Lágrimas. Llora María,

y su llanto es un cheque en blanco para nuestras necesidades. Su pañuelo

es el talismán que cambia las Lágrimas por todos los Favores

que le presentamos, le pedimos, le imploramos —al mirarla andar

coqueta— con el gesto de sorpresa en su rostro que le dejaron las

auroras de aquellos rosarios con los que comenzaba la Semana Santa

y que guardamos en el cajoncito de la añoranza.

En el libro del que os hablo se mezclan sin remedio lo vivido con

lo que todavía nos aguarda y que concretamente hoy, ahora, presentimos

con el escalofrío de lo inminente.

Lo palpamos en el aire, en la tibieza de los días, en los escaparates

cargados de carteles, en la agenda llena de actos, en el pellizco que

notamos al cruzarnos con el primer capirote en manos de un futuro

nazareno, en el trajín de las casas de hermandad, en la transformación

del espacio cotidiano en el escenario donde se desarrollará la

función. Ahora, al pasear por nuestras calles y plazas, nuestros ojos

las ven de otra manera, sabedores de que más pronto que tarde se

convertirán en la ciudad soñada y santa. Las fachadas, las fuentes,

las farolas, los árboles, los jardines; todos parecerán haber esperado

este momento para alcanzar su verdadera razón de ser.

Nunca como ahora la plaza del Teatro albergó mejor representación

que la que protagoniza San Pedro, negando por tres veces a Jesús de la

Soledad, tan amarrado por la soldadesca judía como por nuestras continuas

renuncias. Nunca fue más Dulce el nombre de María que unido

a su condición de Madre de Dios, vía por la que nos perdemos en su

rastro aguamarina mientras un tamboril la despide con sus notas.

Jamás fue más ancha la calle Ancha que cuando se convierte en

continente de la inmensa Misericordia divina representada en ese

dulce y caído Nazareno que arrastra tras de sí la gratitud y la fe de

su gente, la que lo visita a diario y hace de Él un vecino más. Jesús

de la Misericordia, bordados y cruz de plata, estampa clásica,

su nombre es para nosotros piedra en la que nos apoyamos cuando

nos fallan las fuerzas. Cuando flaqueamos y caemos, en lo áspero

de nuestro fracaso, aparece Él, exaltado por su padecimiento, como

en una nueva Epifanía de su Gran Poder.

¿Quién pudo imaginar que habrían de pasar décadas para que

la Cruz de Humilladero fuera altar, trono, asiento y pedestal para

mostrar la tremenda docilidad del Cordero antes de ser sacrificado?

Crece la ciudad, y con ella la inquietud y el sentimiento cofrade que

se extrapola y brota con la humildad de los que empiezan y la paciencia

de los que su única prisa es la de acurrucarse en el regazo cálido

de la Virgen del barrio y de la que alguien dijo que

Cuando salen sus Dolores

a repartir Esperanza

a cada paso que avanza

se llena el suelo de flores.

Un redoble de tambores,

lejano, muere de ganas

de verla. Y en un corrillo

de roquetes y sotanas

tiene el son de las campanas

la risa de un monaguillo.

De ahí que andemos ya deseosos de tenerla sembrando los espacios

que parecen haber estado esperándola desde siempre.

Calles angostas, de viejo trazado, y avenidas de apariencia moderna;

monumentos históricos y edificios viniéndose abajo por culpa

de todos —quiera quién debe que La Mundial no esté entre

ellos—, mamotretos infumables y geniales aportaciones de arquitectura

contemporánea, asfalto, mármol, hormigón, naranjos, ficus,

palmeras, parterres, pilas y surtidores, bancos y escalinatas, mezclados

de esa manera que sólo aquí tiene cabida, hasta ahora testigos

de nuestro cotidiano deambular, se convierten en arte y parte

del discurrir de nuestras procesiones hasta el punto que pensaremos

que esa y no otra es su verdadera utilidad. Incluso el semáforo inoportuno

y el cable traicionero parecen estar ahí para provocar ese

sincero aplauso que levanta la pericia de una atinada maniobra y

que surge de la alegría del pueblo sencillo.

Decidme para qué nació nuestro parque si no fue para subir a la

Cruz, con los más tiernos brotes de sus plantas trepadoras, y descender

el cuerpo muerto de Jesús, vela rasgada por el tifón de la parca,

arriada por los piadosos patrones de alguna embarcación cercana

varada, sin duda, en esa playa que es el pecho salino de la Virgen

de las Angustias.

Que alguien explique por qué está llena de cruces la fachada del

Santuario de mi Auxiliadora si no es porque se sabía que, tarde o

temprano, llegaría la hora en la que el tierno «Polaquito» creciera

para cumplir la voluntad del Padre por mucho que esto llenara de

Penas las aulas, los patios y las galerías de ese colegio salesiano en el

que se enseña no sólo la instrucción académica, sino toda una forma

de vida tan ejemplar como la sobria procesión de los nazarenos

de D. Bosco, juventud responsable y consecuente de su compromiso

con el «Dame almas y quítame todo lo demás».

No caeré en el tópico de decir que Málaga se transforma al llegar

los días de la Semana Mayor porque estoy convencido de que somos

nosotros, los que la vivimos, los que la soñamos, los que la sufrimos,

los que la queremos con todas sus cosas buenas y malas, los mismos

que la contemplamos con una mirada nueva y diferente y por eso

nos parece tan distinta y más bella que nunca.

Buscamos esquinas, subimos cuestas, transitamos por sitios

siempre olvidados y que ahora son atajos que nos llevan a la gloria

efímera del instante soñado, ese que no por repetido deja de

sorprendernos. El que a pesar de ser igual en todos sus elementos

parece que se estrena en esa hora, el que nos enseñaron nuestros

padres y ahora regalamos a nuestros pequeños. Aquel al que íbamos

con el amigo que ya no está pero que volvemos a sentir, cercano

y presente, acompañándonos.

Momentos y lugares instalados desde siempre en la costumbre, y

otros que poco a poco se incorporan como un nuevo disfrute para la

retina y para el alma, o acaso no es eso lo que sentimos cuando, pendiente

la mirada en el acompasado cimbreo del Hijo, que entre el fuego

de las tulipas ya se presiente ave fénix en su Agonía, pasa por calle

San Agustín María Santísima de las Penas. Ni los pinceles de todos los

maestros que colgaron sus obras en el cercano museo serían capaces de

repetir el extraordinario lienzo que es ese trozo de Martes Santo.

Llega la Virgen de las Penas a la esquina de la iglesia y ya no existe

reloj, ni hora, ni tiempo alguno. Llega la Virgen de las Penas y

todo parece puesto allí para esperarla: la reja, el ciprés, el adoquín,

el ajimez mudéjar, el viejo mesón, la espadaña. Llega la Virgen de las

Penas, con toda la cera llorando lágrimas desordenadas a cada uno

de sus pasos y envuelta en notas de canela y cardamomo, té de Ceilán,

hierbabuena, mandarina, regaliz y en las de ese clavel que son

sus labios en los que tiembla un suspiro que al pregonero se le antoja

tan fragante que se olvida de cualquier otra flor que no sea Ella.

Pasa la Virgen de las Penas y su imagen se graba en los sillares

del palacio, reproducida en sombras, grabada en claroscuros,

diluida en la acuarela de su andar pausado, y mirándola ir volamos

con el arcángel Gabriel a la portada catedralicia para volver

a visitarla en su Gracia y su Esperanza, Doctora Honoris Causa en

el paraninfo verde y plata de su trono, y sentir cómo rejuvenece

la memoria en la que vamos juntando Lunes Santos hasta hacer

de ellos ese «taco» que nos permite meter el hombro para siempre

bajo el varal del Coronado de Espinas que, sentado sobre un capitel

del teatro romano, imparte toda la enseñanza que cabe en esa

mirada que se sostiene en los acordes que nos la evocarán cada vez

que vuelvan a sonar.

La música es parte inseparable de esta fiesta que el alma y los

sentidos organizan en alabanza a Dios. La música, en todas y cada

una de sus múltiples facetas, es una ofrenda más puesta a los pies

de nuestros Titulares y el complemento perfecto a su presencia en la

callles. Su concurrencia es tan necesaria como incuestionable y en

algunos casos constituye una verdadera seña de identidad , que no

es un concepto para interesados «tejemanejes», sino motivo de sano

orgullo, reconocimiento y encuentro.

Dos sogas siniestras se tensan en el aire para elevar el cuerpo de

Jesús recién clavado, no hay vuelta atrás. La maldad de los sayones

parece cebarse con aquel cuerpo indefenso que cada vez más se levanta

entre la multitud y de pronto, certero y sorprendente, un redoble

de tambores y las casacas rojas de una formación de solera nos

dicen que ahí está la banda de las Cofradías Fusionadas. Su música,

interpretada con el regusto clásico de aquella vieja taberna de calle

Cinco Bolas —que estaba debajo de la Gloria, y sé bien lo que me

digo—, es navaja para cortar las cuerdas de las que tiran todas nuestras

bajezas. Cuando suenan sus marchas, el Cristo de la Exaltación

ya no figura en un patíbulo, sino que desde su cruz catapulta a los

pueblos un mensaje de amor que se expande de la misma forma que

las cornetas llenan la tarde del Miércoles Santo.

Oímos la música, y pensamos en las muchas personas que dedicaron,

y dedican, sus esfuerzos para mantenerla viva y pujante.

Caemos en la cuenta de cuánto tiempo, cuánta dedicación, cuánto

esfuerzo, cuánta ilusión hay detrás de cada una de las notas que

acompañan las imágenes de Jesús y de María. Pensamos también

en la magnífica labor educativa que realizan esas bandas formadas

por niños y jóvenes que descubren y acrecientan su amor por la música

y aquellas otras que son, además, semilleros de cofrades que se

debaten en decidir si les gusta mas el trío de «Alma de la Trinidad»

o el chasqueo de las bambalinas de un palio en su mecida. A ellos,

a vosotros y a cuántos me oigan los cito para que se asienten conmigo,

entrada ya la madrugada pero Lunes Santo aún, en el punto

en que confluyen rampa y pasillo y en el que la Madre del Cautivo

dibuja con su manto color de ojeras una verónica de las de cartel.

En ese momento, llenas sus manos de todas las oraciones que

se elevaron, contenta por ver cuánto se quiere a su Hijo, que eso es

quererla a Ella, volverán a sonar música y fleco, al unísono, la una

con el otro y el otro con la una, componiendo el mejor poema sinfónico

que pudiéramos regalarle y con el que, irremediablemente,

acabaremos a sus pies.

Es así y no puede ser de otra forma, Trinidad, capricho divino,

Hija de Dios, Madre de Dios y Esposa de Dios. Las tres Personas

Santas te crearon tan perfecta para cumplir sus designios que ni todas

las trompetas de Jericó serían capaces de mover una sola de las

piedras de tu fortaleza lo mismo que no te abandona el pueblo que

te quiere y te sigue hasta el barrio que se llama como Tú, o Tú como

él ¿qué más da? Si yo sé que sois la misma cosa.

Porque los barrios son parte de la Semana Santa y de las cofradías

que la componen de la misma forma que éstas se asientan en ellos

como esencia y referente de su entramado social y quizá constituyan

uno de las pocos elementos aglutinadores que les quedan a estos enclaves.

Las cofradías que allí hunden sus raíces reivindican a diario

su procedencia y enarbolan la bandera de un sentimiento común,

que une, amarra, enorgullece y distingue. Llegan los días sacros a

los barrios y el bullir de sus calles nos señalará sin posibilidad de

error en cuál de ellos se va a producir la procesión, el milagro anual

por el que todo revive con más fuerza, más color, más alegría... Y

vuelven aquellos que por distintos motivos se alejaron, se adecentan

fachadas y se baldea la calle. Hay negocios que cierran porque ese

día es para disfrutar y otros que echan horas porque los tronos, mire

usted, les llenaron otra vez el local y les viene de perlas con la ruina

que está cayendo. Hay en estos barrios, cuando va a salir su cofradía,

una felicidad especial que se palpa en mil detalles.

En el bar de la esquina, ese que sabe de tantas charlas cofradieras

que es casi un libro de actas de la hermandad de enfrente, se

preparan para la jornada gloriosa de la tarde en la que sólo habrá lugar

para el trabajo y la emoción. La barra está llena de platillos, con

la cuchara y el azúcar, esperando a que la clientela los ocupe con esa

variedad tan nuestra que va del solo a la nube, aunque a ésta mejor

será ni nombrarla, se le vaya a ocurrir a alguna venir a estropear ese

azul purísimo que atiranta el cielo.

En muchos hogares, planchadas con mimo, las túnicas esperan

el momento de volver a vestir a toda la familia en una reafirmación

de creencia y pertenencia. La capa nazarena, la faraona del hombre

de trono, el roquete de monaguillo para el más pequeño, colgados

aquí y allá, parecen estar contando la historia de esa casa, tan unida

desde siempre a esos colores.

De los balcones cuelgan reposteros y banderas como homenaje

al paso de las imágenes. Esas imágenes de Jesús y de María que

tanto saben de las necesidades de los que acuden a lo largo del año

ante Ellos para contarles todos los avatares de su vida: la hija en

paro, el padre enfermo, la abuela achacosa, el niño distraído de

los estudios, el noviazgo que atraviesa un bachecillo… El luchar

cotidiano parece ser más llevadero cuando acudimos al amparo

de Dios, que nos escucha y comprende como Padre bueno que es.

Pero, además, por si no fuera bastante con oírnos en nuestras peticiones,

por si la pereza, el miedo, el alejamiento o la desgana nos

tuvieran a solas con nuestros problemas, Cristo y su Madre salen a

la calle a buscarnos, a mezclarse con nosotros, a reunirse con nosotros.

Somos suyos de la misma forma que a Ellos los sentimos

tan nuestros que les damos nuestro nombre y los llamamos, con

respetuoso cariño, trinitarios, percheleros, capuchineros, victorianos…

Ellos se hacen barrio, son el barrio, porque para muchos de

los que lo forman son su propia entraña, de ahí que cuando salen

en procesión, y se adentran en el centro histórico, dejen a su paso

una impronta inconfundible.

A Jesús lo apresan en el huerto de los naranjos de la calle de la

Victoria.

Un sayón jala el cordón que lo amarra mientras otro, con gesto

bruto, ilumina la escena con su antorcha.

El Señor del Rescate es el ejemplo del abolengo del barrio en el

que mora y del que es guardián y protector. Su contacto con el ir y

venir de sus vecinos hace que los conozca incluso por sus nombres

de pila. Él está al corriente del carácter impetuoso de Juan, el joven

alumno de los cercanos maristas, de lo reservado de Santiago

o de la terquedad de Pedro, siempre malhumorado con las cosas de

la pesca, y sabe que, aunque no lo digan demasiado, lo quieren con

el alma. Por eso se entrega a sus captores. Cada vuelta que el ramal

da en sus manos es un nudo que desata a los que, como aquellos,

damos la callada por respuesta con demasiada frecuencia. Él, a diario,

entre la marabunta con la que el tráfico parece engullirnos, nos

rescata de nuestra cobardía, de nuestra falta de sinceridad, de cuantas

veces nos escondemos o cedemos por comodidad o conveniencia,

de los momentos en los que nos «tangamos» ante situaciones de

desigualdad y de injusticia... Él es tan del barrio que todos le aman

y conocen, y su Madre, la llena de Gracia por el saludo angélico,

tiene siempre una mirada para los que se paran en su puerta, así que

cuando se echan a la calle, caminando envueltos en música de la

buena, los victorianos los siguen, pues no conciben estar sin Ellos

aunque sólo sea por unas horas.

Cofradía y barrio, imágenes y pueblo, Dios y nosotros. Las dos

aceras de la calle Jara unidas por los brazos extendidos de Cristo en

la cruz en la tarde del Domingo de Ramos, pegando con su gesto

los cachitos que quedan de su barrio, roto y desintegrado por no sabemos

qué. ¿Cómo no se va a identificar el vecindario con ese Cristo,

subido en un risco de arte y flores silvestres y que parece hablarle

a la tarde recién estrenada, si en su rostro reconocen el calvario de

cada cual? ¿Cómo no salir a despedirlo si Él es el que siempre está

para todo y para todos? Acaba de salir a la desolación que es la plaza

de San Pablo, por la estrechez de la puerta, apretado, justo, con

mucha dificultad, haciendo las piruetas que muchos de sus vecinos

hacen día a día para llegar a fin de mes estirando un sueldo que además,

en muchos casos, está pendiente de un hilo. Hay sintonía con

este Cristo que, como nosotros, «las está pasando canutas» sin haber

hecho nada para ello pero que viene repartiendo Esperanza en

lo mejor que podemos anhelar: su Gran Amor.

Y ese amor grande, que es el amor al prójimo sin importar siquiera

el credo que profesa, es el que esta cofradía, igual que otras muchas,

tiene a gala ejercer entre los que llaman a su puerta seguros de

que tras ella hay un trozo de barrio que se preocupa por ellos, por

sus necesidades, por su salud, que es el nombre de la Dueña de esa

casa y que no cabe de guapa en el joyel de su trono.

Vienes, Salud, espléndida y envuelta en detalles. En tu gesto

encontramos el ungüento sanador de nuestras heridas. Las flores,

siempre en el sitio justo, expanden el perfume de ese suave bálsamo

que es tu nombre en nuestros labios.

Vienes, Salud, rodeada de un jardín ceroso que enciende el carbón

de tus ojos. Los ramos que han brotado de las velas que te

alumbran no son meros adornos, sino el testimonio del florecer de

la generosidad. Claveles, rosas, calas y campanillas que un albacea

puso exactas y simétricas, fueron, durante el año, ayuda para los

que la vida les niega incluso lo mas elemental.

¡Cómo resplandeces ante esta luz, Virgen de la Salud, que deslumbras

a la Aurora María, cuando enfilas la rampa de la tarde y te

llevas a tu barrio, deshojado en pétalos, en los surcos nevados de tu

manto! ¡Adiós Salud, nos vemos en calle Nueva!

Y es que existe un código no escrito que nos lleva a acudir a determinados

lugares como si con ellos tuviéramos una eterna cita y

serán la memoria y la costumbre quienes empujen nuestros pasos al

reencuentro como corre el hijo a la llamada materna.

¡Cuánto sabe mi barrio de ese impulso!

Si hay un rincón en Málaga que sea baluarte de la devoción mariana

ése es, sin duda, el espacio que forman el Molinillo y Capuchinos.

En sus parroquias, conventos, capillas y colegios se venera a

la Santísima Virgen con advocaciones queridísimas por sus habitantes

y por ellos extendidas al resto de la ciudad.

En Capuchinos está su primera imagen coronada canónicamente

y en su plaza principal el monumento en honor de su Inmaculada

Concepción. Puesto bajo la protección de su sagrado cayado,

llama a sus vírgenes con nombres tan dulces como las torrijas que

salen de su clásico obrador a cuya aparición sabemos que se nos ha

echado encima otra cuaresma. Allí, en mi barrio, en el que nací y

resido, tenemos a la Madre de Dios de todas las formas que el arte

y la religiosidad han sido capaces de pensar, de crear, de soñar. Y

en la confluencia justa de las zonas antaño huertas y molinos, en el

vértice exacto que forman las dos agujas del reloj de todo nuestro

tiempo, en el mismo ombligo de nuestros días todos, está, postrada

y sola, con las entrañas rotas y muertas en sus manos, la Virgen de

la Piedad, que es el dolor desgarrado de una madre hecho sublime

escorzo en la madera.

Por su puerta transcurre la existencia de su gente, despacio,

constante, llenando su capilla de miradas cómplices, de súplicas

apenas susurradas, de «¿qué te vamos a decir que Tú no sepas?».

Pasamos camino del trabajo o del colegio, en dirección al centro

o a la vuelta del mercado del que tal vez llevemos un puñado de

claveles a su reja.

Las calles de mi barrio no son, ni por asomo, lo que fueron y

una cuanto menos discutible política de vivienda social fracasa en

el intento de su fin principal, que es la integración, y crea nuevos

guetos en los que los aspectos más marginales campean a sus anchas

haciendo su «carne de cañón» de la juventud que se agolpa,

día a día, en la oficina del paro que es el jardín de pena al que dan

mis ventanas.

Los veo y pienso en sus madres. En el dolor que sentirán viendo

a sus hijos sin mañana y casi sin presente. En la sensación de fracaso

que experimentarán al comprobar como todos los proyectos que

hicieron para ellos se derrumban sin que nadie haga nada. Imagino

sus gestos tristes y abatidos como el que la Piedad oculta con su

manto, tan años veinte. Los imagino y pienso en la Piedad, en la

desolación que sentiría cuando le tallaran de su mismo tronco al

Hijo inerte y desplomado. Arrancaron de raíz el retoño brotado del

Árbol de Jesé dejándolo tan seco que no hay savia que dibuje surcos

de llanto por su rostro.

Sin embargo, el instinto materno, algo que por mi condición de

varón desconoceré siempre pero cuya existencia me lleva a pensar

que tendría mucho que decir en polémicas que nos rondan a diario,

es la querencia que hace que la Virgen del Molinillo no se rinda.

Aunque le han devuelto a Jesús, frío y desmadejado, Ella hace el

intento de arroparlo, de devolverle la lumbre de su vientre, de sanar

con caricias sus heridas. Ella saca fuerzas de flaqueza para sostener

sutilmente la cabeza del Hijo exánime y ser sostén y apoyo para el

devenir de los suyos. ¿Cuántas cosas habrá puesto mi barrio en esa

mano que parece estar hecha para sujetarnos a ella?

Tan Molinillo es la Piedad que se hace el barrio paloma para

acompañarla, posada en la cruz, cuando parte, Ollerías abajo, llevada

en el revuelo blanquinegro de su cortejo nazareno.

Porque cuando una procesión parte, renovando con el rito el espíritu

fundacional de la corporación y la vigencia de lo que es firme

porque se cimienta en la roca de la fe, es una declaración de intenciones

y un capítulo nuevo que se añade a la historia de la ciudad y

de la Iglesia, pues de ambas formamos parte y es imposible entendernos

fuera de cualquiera de ellas.

Es un escribir sin pasar página. Es caminar sin olvidar de dónde

se viene. Es crecer sin despegar los pies del suelo. Es, en definitiva,

continuar en la senda marcada por los que nos precedieron, depurando

lo accesorio, quitándonos el barro que pudo pegarse en el camino,

y conservando y acrecentando cuanto bueno nos dejaron en

herencia.

Con la responsabilidad de quienes se sienten depositarios de un legado

único, con los miedos propios de los que conocen su debilidad

pero con los ojos siempre vueltos al Padre aceptando sus proyectos.

Por el bautismo somos revestidos de Cristo y en Cristo hallamos

la fuerza para perseverar aun en los momentos en los que la duda y

el desaliento nos cubren de sombras como lo hacen con Jesús bajo

un olivo de Olías.

En un Getsemaní de pérgolas, en las que se enrosca la serpiente

tentadora, suda sangre el Redentor del Mundo. Está a punto de

abrazar un cáliz que Él ya presiente Cruz, puntero para trazar las

dos letras del Ave María en las arenas de la Misericordia, las que reciben

el beso de las olas como llegan a nosotros las gracias que nos

procura la que es Mediadora pertinaz por más lejos que pueda parecer

que se encuentra.

Ave María para exaltar la belleza única de la Concepción más

pura, la flor brotada entre rocas y pasto seco. Ave María mecida en

el balancín de su media luna —nácar limpísimo, orto de la raza humana,

fuente sellada— cerrado huerto que riegan las lágrimas carmesíes

de su Hijo, más hombre allí que nunca. Triste y abandonado,

con temblores que sacuden sus tirabuzones, la rocalla bordada

es su única compaña. Tan solo las puñetas de encaje dan respuesta

a las preguntas de sus manos implorantes y una cascada de chorreras

intenta ser abrigo del escalofrío que recorre su pecho cuando en

Tejon y Rodríguez cae la tarde y el ángel le señala lo que ya estaba

en las escrituras.

Tomar de buena gana la encomienda, con la carga del cargo, con

voluntad de servicio y no de servirse. Buscar el bien común, en solidaridad

con el hermano, es la única forma de dar sentido y razón al

término que nos define, al sentimiento y al ser cofrade.

De nada nos sirve ser unos magníficos gestores si nuestro trabajo

no va encaminado al colectivo. Inútiles serán todos nuestros

conocimientos si éstos no sirven al crecimiento del espíritu. Habremos

tirado el tiempo y el dinero si la fastuosidad de nuestro

lenguaje formal se despliega sólo ante los becerros de oro de nuestro

ego.

Por eso me pregunto si vamos en la dirección correcta cuando

primamos lo superfluo hasta el punto de solapar e incluso olvidar,

lo esencial. Permitidme que exponga mi duda sobre la utilidad de

tanta cosa externa como de un tiempo a esta parte nos rodea. No

me refiero a la estética con la que desde antiguo adornamos nuestra

liturgia, que eso está en nuestro ADN, sino a ese mundillo en

el que la opinión prima sobre la acción y que, aun suponiéndole

la intención de sumar, no puede desdibujar la verdadera naturaleza

del carisma cofrade, que no es otra que la manifestación de la

fe que profesamos.

Creemos en Cristo Dios, Hijo de Dios, enviado a restablecer la

alianza entre el Cielo y la Tierra por medio de su Pasión, Muerte

y Resurrección. Creemos en Cristo que se hace hombre y como

Dios cercano nos busca, nos habla, nos arrastra tras de sí con su

discurso y con sus obras nos libera de todos nuestros yugos, se

lleva nuestras cruces y nos bendice para sacarnos de las prisiones

en las que nos vamos encerrando, de los laberintos que nosotros

mismos construimos y en los que, irremediablemente, acabamos

por perdernos.

Cuando las disputas entre hermanos van más allá de lo que marca

la sana discrepancia; cuando sólo pensamos en nuestros intereses;

cuando el afán de notoriedad se erige en motor de nuestros actos;

cuando, en resumen, nos equivocamos a la hora de elegir el lugar en

el que posicionarnos es como si estuviéramos en aquella parte de la

calle Alcazabilla desde la que no alcanzamos a ver el rostro de Jesús

el Rico que pasa, derrochando historia con su rancia estampa. Todo

el caramelo capaz de garrapiñar nuestros recuerdos es nada comparado

con el que destilan las tulipas que lo iluminan tan cercano, tan

dialogante, tan nuestro.

¿Cuantas veces habrá dicho Málaga, alargándose en el brazo del

saetero, aquello de «Padre mío, desátame las cadenas» y cuántas habrá

estado al quite la mano bendecidora del Nazareno? En la cadencia

de su caminar parece venir a hacernos caso, a cortar nuestros barrotes,

a abrir nuestras celdas, pero en su rostro parece formular una

pregunta: «¿Y tú, qué? ¿Y vosotros qué?».

Y es que, ciertamente, en la cruz que carga el Nazareno caben

todas las nuestras, pero hemos de ser nosotros los que las acerquemos

con el propósito de no construir otras por más que sepamos

cuánto es capaz de soportar el hombro recio del Hijo del carpintero,

el Dios Perchelero que quiere ser tan humano como para despegar

su mano del instrumento del martirio y dejarnos las almas

llenas de la miel de su Dulce Nombre y de la luz que le ofrecen barrigoncillos

querubes.

Vendrá pisando fuerte, tras una pléyade de hachetas, ceñido con

el cíngulo largo de su arraigo vetusto. Vendrá, parando el tiempo,

pues no será medianoche hasta que quede su Imagen cara al mar

y con la brisa de su barrio desordenándole la cabellera por la frente…

Y sonará el clarín, la campana volverá a hacer su predicción de

bronce y, de nuevo, el himno se elevará triunfante a la vez que rendido

ante su soberana Imagen, mientras la luna de parasceve ilumina

a la ciudad, postrada en su epicentro, para recibir el gesto que es

un «vete, y no peques más».

Nos sentimos liberados, vueltos a la vida, alegres de conocerlo

y con ganas de seguirlo allá dónde nos conduzca, imitándolo en el

perdón de los que nos hieren. Nos resuena su voz en los adentros a

la vez que lo vemos alejarse, blando y sereno, sembrando el camino

de esperanza.

La noche va avanzando en su esplendor. Hay un frío que nos cala

y nos traslada a aquellos días de diciembre en los que el adviento iba

llegando a su fin y andaba María a punto de salir de cuentas mientras

aguardábamos la dicha de tenerla cerca. Todo es expectación

ahora, como lo fue entonces, con la humanidad entera pendiente

de la redondez del vientre de la Virgen. La de las antífonas, la de los

ojos vivaces, la del pelo de azabache, la que en las ochenta borlas del

baldaquín que la cubre lleva acordes de prima y de bordón. Estamos

a la espera y nos invade el gozo como cuando vimos a la Virgen de

la O ascender gloriosa el repecho de calle la Peña, asombrando a los

mismísimos cielos con su arrebol de dorados y corales.

Estamos inquietos, impacientes, ansiosos porque sabemos que se

acerca la hora en que Málaga vuelve a asistir al feliz alumbramiento

de la Esperanza.

Nos viene despacio, gustándose en su caminar, con toda la gracia y el

donaire de la que se sabe guapa. Nos viene despacio, como suben las mareas,

como se eleva el sol en la mañana, como cuajan los amores verdaderos.

Nos viene despacio y en cada uno de los cincuenta pasos que tienen

sus tirones se acompasa el pulso del pueblo que la quiere en la misma

medida que la necesita. Nos viene despacio, y hay en nosotros un querer

que no llegue del todo, que no pase, que se detenga el instante en el que

nos encontramos con su mirada en lontananza en la que están escritas

todas nuestras inquietudes y en la que quisiéramos permanecer embelesados

como lo hacemos cuando nos acercamos a felicitarla en su fiesta

Si eres para los cristianos

Dulzura, Esperanza y Guía

permite que en este día

sueñe que beso tu mano.

Todo el sol de la bahía

te corona, Y un tributo

del verdor más absoluto

de romeros y esmeraldas

se va tejiendo en guirnaldas

la noche del Jueves Santo

para bordarse en el manto

que te abriga las espaldas.

No se va la Esperanza aunque se aleje, en volandas de aplausos,

para llevar a todos lo que todos necesitamos y a todos pertenece. No

se va la Esperanza porque llena nuestras calles y se queda enroscada

en la doble curva de nuestras entretelas. No se va la Esperanza

mientras nos quede en las manos el romero que Ella perfumó con

su pisada, y por eso pido, suplico, a los malagueños y foráneos, tengan

un poco de paciencia y no le quiten a aquel el privilegio de alfombrar

su camino.

Un camino, el nuestro, que sin esperanza sería un viaje a ninguna

parte, un errar constante, un horizonte inalcanzable, y para el que

encontramos la fuerza necesaria en la colectividad, en compartir, en

la comprensión y en la tolerancia. Entender a nuestros hermanos, disculpar

sus errores y olvidar, si las hubo, sus afrentas es la única forma

de subir nuestra empinada pendiente de cada día. ¿Cómo, si no, podremos

atrevernos a mirar frente a frente a María del Gran Perdón,

que es Capuchinos bajo palio, y acompañarla por Dos Aceras o Carrión,

sin que nuestro gesto sepa a beso embustero y traidor?¿Cómo

conmovernos ante cada mecida de su trono si en nuestro interior somos

espada siempre dispuesta a herir? ¿Cómo no sentirnos nuevos

Judas si nos vendemos a las treinta monedas del rencor y el resentimiento?...

Si nos erigimos en jueces parciales y nuestra altanería rasga

el blanco lienzo que envuelve a Jesús de la Humillación ¿cómo

podremos esperar su Perdón y su clemencia? Si no brota de nuestra

alma la indulgencia ¿con qué regaremos la frescura de la «vereíta verde,

cuajá de hierba» por la que el Señor del Perdón nos llega, con el

ritmo armónico del batir de alas de su ángel cirineo, sembrando la

semilla de esa Nueva Esperanza a la que Joaquín y Ana encargan que

no se demore en su regreso? Si no nos hacemos Dimas ¿cómo podremos

merecer que nos roce la mano del Cristo del Perdón como lo

hace con esas fachadas —encendidas en mil llamas, por mil recuerdos

sostenidas y guardianas de mil historias— que por Polvorista y

Zurradores lo contemplan camino de su casa?

Esa casa que su gente mantuvo tanto tiempo y en la que ahora

parecen estorbar… Allí, la Soledad no es desasosiego ni incertidumbre,

sino la elegancia hecha compaña exquisita y equilibrada en su

hipérbole barroca. Allí la Soledad es cabo que nos salva de nuestros

naufragios y cobijo que nos resguarda en el puerto de ese palio distinto,

desde el que las lises gritan desde siempre su realeza y de la

que ya sueñan ser nimbo y corona; es iris venturoso, y rutilante Estrella

capaz de iluminar la noche más oscura y convertirla —añil

sobre añil— en un firmamento amable y tranquilizador a pesar del

llanto que anega la faz más triste de la Semana Santa. Tiene Santo

Domingo una luz especial, filtrada por sus cúpulas, vidrieras y ventanales,

y, por supuesto, desde esa hoguera ardiente que es la capillita

desde la que la Virgen de los Dolores es guardesa perpetua y

secular oidora de cuantos se acercan a Ella, atraídos por el poderoso

imán de sus ojos rubios.

Virgen llorosa y doliente

que está detrás del cristal,

como enlutada vestal

de ese templo, que es el puente.

Delicado, transparente,

un gajo de luna llena

es su escabel y es arena

para su pisar de nardo…

¡Que no se le ocurra al cardo

lastimar a esta Azucena!

Si alguna vez fluyó el Guadalmedina fue para dar frescura a esta

Flor, nacida en sus riberas, a la que ningún plan de ordenación puede

quitar su condición de intercesora. Desnortado, y aun sin luces,

el puente sigue siendo el camino que nos lleva hasta Ella para disfrutar

de todo lo bueno que guarda entre esos dedos entrelazados en

los que nos fijaremos al verla pasar el Lunes Santo, con toda la amplia

vega de su pena aupada al torcal de la peana de carrete.

«Como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores

» (Salmos 123:2) miramos las manos de Jesús y de María, y somos

conscientes de todo lo que nos insinúan a través de sus múltiples

actitudes. Siempre me ha parecido encontrar en estos gestos un

mensaje que no necesita palabras para llegar a nuestros corazones y

que ahora, casi cumplida ya la espera, aguarda la ocasión de volver

a mostrarse en nuestras calles.

Manos suplicantes, clavadas, amarradas, orantes, juntas o extendidas

como la que desde San Felipe alarga Jesús en su Salutación

a las mujeres en muestra de consuelo y también de promesa

de un mundo mejor, un mundo en el que la violencia doméstica y

de género no tenga cabida y la mujer no sea objeto de explotación o

exclusión de ningún tipo. Para esto hemos de actuar con «tolerancia

cero» y la mirada puesta en un mismo objetivo como la ponemos

en la justeza del arco que, un año más y gracias al esfuerzo colectivo,

habrá de quedarse con las ganas de sentir el tacto de la cruz en

sus piedras mientras el Amor de los Amores se aleja en procesión,

blanco glacial en la tarde, buscando el arrullo de las voces carmelitas

que guardan su mejor plegaria para el día, cada vez más cercano,

que las visite la Señora del Patrocinio.

¡Qué diferentes y qué iguales a la vez las canciones monjiles que

acarician al Nazareno y las que plenas de compás y pena honda tratan

de desatar los dos sagrados lirios que en calle Frailes están presos

a la columna del oprobio! No es el Señor de los Gitanos yunque,

ni fragua, ni canela, ni cante por bulerías, aunque todo eso forme

parte de su aura más literario, sino el clavo ardiendo al que se agarra

una gente cansada ya de sufrir. Las cadenas que lo amarran no

son las que la gracia de esta tierra remató con parejas de boquerones

sino los prejuicios, el recelo y la desconfianza ante la diferencia.

En sus espaldas se escriben los zarpazos de la discriminación y la

condena a no levantar cabeza que firmamos cuando cerramos las

fronteras del acogimiento y levantamos vallas para no ver los problemas

ajenos.

Por eso, cuando Jesús de Azotes, que es una pura llaga, se recorta

sobre la puerta de las Atarazanas me parece estar viendo los cuerpos

mutilados por los espinos y cuchillas con las que pretendemos frenar

a aquellos que en la búsqueda de una vida mejor se dejan muchas

veces la que tienen. Rendidos al carey del consumismo, atrapados

por el nácar de la ambición y deslumbrados por la plata del egoísmo

hacemos columnas a las que diariamente nos ligamos y de las que

podríamos liberarnos si nos atreviéramos a decir basta, con la energía

del centurión que bajó desde el Cobertizo del Conde a detener

el martirio del Justo entre los Justos, tan rancio con su faldellín recamado

por los avatares de la historia.

Es la historia un puente, desde el ayer hasta el hoy, cuyos ojos se

asientan sobre hechos destacados y otros que quedan en el desconocimiento

pero que forman la urdimbre de ese credo cofrade que en

ocasiones se afianza en lo que, con ser cotidiano, no deja de estar en

las manos de Dios.

A veces baja revuelto el Cedrón de nuestras vidas y la turbulencia

de la desgracia o la enfermedad nos zarandea y vuelve inseguros. Sin

embargo nuestra gente, desde su secular raíz cofrade, sabe en quien

confiar ante la zozobra y halla en la plaza de San Francisco el recodo

ideal en el que remansar sus tribulaciones. Allí está el Inocente.

Hace poco Capuchinos ha sido testigo de su Prendimiento y lo han

bajado por la carrera en un torrente de capirotes y capas granates.

El Berruguita, que es la maldad esculpida, lo ha maniatado con

un cíngulo infame para conducirlo a sus verdugos, aunque no es

eso lo que encuentra cuando la luz crepuscular del Miércoles Santo

se derrama en los recovecos de su trono. No hay escribas ni fariseos

buscando deshacerse del Rabí sino un pueblo, clavel ofrecido a

los bordes de su prodigiosa túnica, que se agolpa por Carretería y

Puerta Nueva, crédulo y seguro de su Dios y conocedor de toda

la bondad que amarra ese cordón. Cordón que alguien llevó no

hace mucho a un hospital, buscando en su intercesión lo que la

ciencia no era capaz de dar. Lo que aquel cíngulo obró sólo lo saben

el Señor y aquel cofrade al que ni los más oscuros diagnósticos

pudieron aminorarle la fe y la confianza en sus Titulares, y

eso, aunque algunos no lo entiendan, es motivo más que suficiente

para la alegría.

¡Que brille el tisú y la orfebrería! ¡Que se almidonen albas y golas!

¡Que reluzcan las inmemoriales placas de los mayordomos!... ¡Y

que suene la marcha… La marcha!, porque estamos contentos de

verlos y tenerlos en las calles y por eso echamos al aire nuestros corazones

orantes

Que no se conoce vuelo

más tranquilo y más seguro

que el suyo. ¡Qué azul tan puro

tiene su palio de cielo!

Verla es todo nuestro anhelo

cuando del nido se asoma,

pues no hay ni en Madrid ni en Roma

más delicado aleteo

ni más maternal zureo

que el que da nuestra Paloma.

Tan acogedor es el oasis de las manos de María como para descansar

en él las fatigas de todos nuestros caminos. Siempre dispuestas

a dar se nos antojan regaladoras, ágiles, habilidosas y fecundas,

como las que la Virgen del Rocío nos muestra en la nieve de su iglesia

y que el Martes Santo pasearán por la ciudad como aguardando

la sortija de compromiso del noviazgo eterno que encontrará su

cúlmen cuando ese círculo corone los negros tirabuzones que sólo

encuentran par cada siete años en tierras de Doñana.

Hace un esfuerzo el pregonero para sujetar las riendas de su

emoción y su palabra, pues llegará el momento en que, desde este

mismo escenario, se anuncie la gloria de lo que ya está muy próximo,

pero no debe, ni puede, ni quiere callar el regocijo que le produce

que la Iglesia diocesana reconozca, con gesto solemne, lo

que la ciudad y su propio corazón sienten desde siempre. Por eso

cuenta las horas para verla en nuestras calles, llevada en triunfo,

como si fuera repartiéndonos las invitaciones para los esponsales

que tanto tiempo estuvimos esperando y para los que vamos preparando

nuestras mejores galas y disponiendo convenientemente

el alma.

Volverá a bajar por la Cruz Verde la Virgen del Rocío, con los

ojos garzos y la media sonrisa echándole un pulso al sol que cae

a plomo en la tribuna de los pobres. Su trono —el blanco se inventó

para que fuera su reino en el que todo cabe y nada sobra—

parece flotar en una cresta de espuma y la gente, que la quiere, se

deshace en aplausos y piropos… Parece que llega para quedarse

de lo despacio que camina, mientras las ondas del velo le susurran

requiebros al oído. No se puede tener más gracia andando, Madre.

¡Que garbo llevas en tu caminar! ¡Qué hechuras tan victorianas

tienes que nos dejas prisioneros en tu estela y, aunque te vayas alejando,

con la frescura de tu nombre en los labios. Rocío... Rocío...

¡Qué ganas tenemos que llegue septiembre, Rocío!

Anhelamos que lleguen esos días porque estamos convencidos de

que con todo lo que nosotros ofrezcamos siempre será mucho más

lo que por su intercesión recibamos y de que entre todas las espinas

de nuestro existir es su presencia la que viene a poner paz como lo

hace la rosa en el rosal.

La Virgen del Amparo, al paso pollinico en calle Larios, es la

constatación de lo que os digo. Verla siempre es una buena nueva

porque es el primer cuadro de la ópera tantas veces soñada En el

cascabeleo que acompasa su caminar se reencuentra, feliz, la ciudad

como lo hace mi memoria en este instante convocada por la flor que

Ella mima entre esos dedos, y que ya presienten la aspereza del pañuelo

con el que enjuga su llanto esa Rosa de Amargura, nacida en

un arriate fronterizo entre dos barrios. Romancera y romántica, se

nos echa a la calle para robar todas nuestras miradas y elevarlas, con

la suya, a lo más alto esperando que se obre el Milagro que acabe

con tanto Suplicio en la carne de su carne. ¡Cuánto aguante, cuánta

fuerza y cuánta fe! Incluso la más delicada rosa de pitiminí permanece

robusta y firme ante el veredicto del pretor romano que convierte

a Jesús en reo de muerte. En demasiadas ocasiones la Justicia

deja de serlo para aliarse a los intereses del poder y del dinero y se

lava las manos creando desesperación y desconcierto como cuando

impone penas desproporcionadas o firma desahucios que dejan sin

hogar y casi sin futuro a los más débiles. Al sentir que ya no caben

más lágrimas en nuestro valle volvemos nuestros ojos a la Madre y

recurrimos a su mediación con confianza.

Cuántas bondades derraman

esas manos tan pequeñas.

Cuánto amor, cuánta ternura,

cuánto calor, cuánta espera,

cuánta caricia en la herida,

cuánto consuelo en la pena.

Qué abrigo en la noche fría,

qué refugio en la tormenta,

qué azúcar en la amargura

y en la duda, qué certeza.

Cuántos caminos nos marcan

esas manos tan pequeñas

que cuando andamos perdidos

nos muestran la buena senda

dándonos calma en la ira

y sosiego en la contienda.

Pues son sus manos rosarios

de cuentas de madreperla

—madre por Madre de Dios

y perla por ser perfectas—

que descienden de los cielos

lo mismo que una escalera

por la que bajan las gracias

de Jesús de la Sentencia.

Por eso en este momento

sólo una cosa quisiera:

Quedarme asido a esas manos

para estar siempre a su vera.

A su vera sí, para ser testigo de cómo en calle Cárcer diluvia flores

sobre el arca de plata en que navega.

Gloria, gozo y dolor, mucho dolor. Por eso, a veces, las manos

de María nos parecen abiertas como interrogantes ante una pena

inexplicable.

Las de Santa María del Monte Calvario son páramos despoblados,

deshabitados desiertos, campos vacantes sin labranza posible.

Acaba de amortajar con ellas al fruto de sus entrañas, entre sutiles

lienzos y la mirra que trajeron aquellos extraños personajes. No

parece que tengan encomienda alguna más allá de la de secar su

llanto, torrentera que brama, entre pinos y primores de blondas,

arrancando pétalos de los lánguidos ramos que la guarnecen en su

trono plateresco. Sin embargo, durante seis viernes —el próximo

será el séptimo— hemos subido a su ermita y hemos puesto en sus

manos tantas oraciones como piedras manda la tradición colocar

en cada una de las estaciones de la Vía Dolorosa, y os aseguro que

contemplarla allí, majestuosa en su atalaya, en el esplendor de la liturgia

atemporal y exquisita, es la certidumbre de que todo cuanto

le hayamos confiado está más cerca del cielo.

Cielo y monte. Cruz desnuda en la tarde del Viernes Santo, testigo

de esa otra cruz que son los brazos extendidos de la Soledad de

San Pablo, hincada de hinojos en la piedra y en el sentimiento de un

barrio. Ambos contemplan, estremecidos, como la estampa del más

absoluto abatimiento eleva su mirada mientras que, entre cuatro pebeteros,

los Santos Varones trasladan el cuerpo de Jesús al sepulcro

excavado en la roca a cuya entrada mandaron poner guardia romana.

¡Qué ilusos! ¡Qué necios los que con las armas creen doblegar la

voluntad de Dios y qué errados en su necedad los que las esgrimen

en su santo nombre! Ni el incienso, ni las flores que jalonan el camino

ni los tornasoles de las vestiduras napolitanas pueden ocultar

el mal que causa el odio humano cuyo mejor ejemplo es ese Cristo

lívido, recostado en el agudo de un solo de corneta y en la blancura

de los morriones de la banda de los Bomberos que anuncia, como

siempre, que llega su procesión.

Siempre tenemos los cofrades una procesión en mente. La que

pasó, la que está por venir o la que en ocasiones organizamos con

motivo de cualquier celebración o un traslado. Y si bien es cierto

que en todo momento es un hecho feliz congregarnos en torno a

las imágenes de nuestra devoción, no lo es menos que tal vez debiéramos

enfocar estos actos con más mesura que apasionamiento

para no desvirtuar el sentido de lo que representa el culto externo

a nuestros Titulares y la dimensión catequética y litúrgica de la Semana

Santa.

A lo largo de los días pasados, algunos todavía estamos en ello,

hemos asistido a los cultos que marcan nuestras reglas y con los que

nuestro espíritu se prepara para la llegada de la gran celebración.

Habremos desplegado, casi siempre con tino, toda la maquinaria

barroca que tan bien conocemos para alabar la grandeza de Dios.

«Ad maiorem Dei Gloria» rezaban, y aun en algunos casos continúan

haciéndolo, las convocatorias que en papel se colgaban en los

templos antes que los «mails» y el «whatsapp se colaran en nuestro

vivir cotidiano. «Ad maiorem Dei gloria», sí, a mayor gloria de

Dios levantamos altares en los que la creatividad, la maña y el conocimiento

se dan la mano con la orfebrería, la talla y los damascos…

Todo muy hermoso, sí, muy cofradiero, muy como nos gusta

pero… ¿Hemos sabido aprovechar la oportunidad? ¿Hemos sido

conscientes de la importancia de estos actos? ¿Hemos procurado

poner nuestra alma en paz con Dios y los hermanos? ¿Nos hemos

acercado realmente a celebrar, a la luz de la Palabra, el misterio pascual

que es la Eucaristía?

En ocasiones parece como si a los cofrades tan sólo nos movieran la

estética y la sensiblería y es posible que haya casos que así sea, algo falla

cuando en unos cultos hay más fotógrafos que fieles dispuestos a rezar

y, aunque estoy convencido de la vigencia y la eficacia de nuestra labor

en la Iglesia, no estaría de más que nos esforzáramos en mejorar lo que

quizá sea nuestra principal asignatura pendiente: la formación.

No es que dude de la sinceridad de una lágrima o de un beso a

una estampa. No es que crea que vestir una túnica es un rito sin

más. No es que ponga en tela de juicio, siquiera me atrevería, toda

la verdad que hay en la oración que se susurra, en los ojos vendados

de un hombre de trono o en la vela que sujeta el que va de promesa.

Pero no corren buenos tiempos para la fe y poco ayudará en ese sentido

la del carbonero que, aun válida y necesaria, está claro que se

nos queda corta. Por eso necesitamos ayuda, solos no podemos.

Su Santidad el Papa ha pedido a sus pastores que «huelan a oveja»

para evidenciar su relación con el rebaño, y yo, desde mi pequeñez,

me atrevería a decirles que a los cofrades nos gustaría que olieran a

incienso —del bueno, del de las procesiones— y a las flores de nuestros

tronos, y al aroma inconfundible de las albacerías o los archivos,

al del esfuerzo con los dientes apretados en los submarinos y a la

cera derramada por las calles —lo siento Sr. Alcalde, es lo que hay—

incluso, si me apuran, al de la cocina de cualquiera de nuestras fiestas

benéficas… Que huelan a nosotros porque necesitamos su cercanía.

Que huelan a nosotros y nosotros a ellos, desterrando prejuicios

y acercando posturas. Pastores y rebaño en una misma senda, sin

hondas ni cayados, confiados en la voz amiga y juntos para mejor

construir ese cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia de todos y

con la que todos, sin aliviarnos, estamos obligados a colaborar.

Apenas quedan unos días y todo empieza a estar dispuesto. Las

casas de hermandad han visto cómo iba aumentando la tarea y, con

eso, la afluencia de hermanos; con la afluencia la participación; con

la participación la sintonía; con la sintonía las ganas; con las ganas

la ilusión; con la ilusión los nervios y con los nervios la emoción y

ese nudo en la garganta que a poco que nos pinchen nos traiciona y

nos hace llorar como chiquillos.

La hermandad es todo el año, eso está claro, pero a estas alturas

de la cuaresma todos andamos estremecidos, inquietos por el presentimiento

de lo que viene imparable.

Un sin fin de sensaciones nos esperan, descritas de la forma que

nuestra gente fue modelando, puliendo, mejorando. El arte y el ingenio

de la mano en una ciudad experta en reinventarse. Lo sutil

y lo apabullante, lo sesudo y lo improvisado, lo culto y lo popular

—que es otra forma de cultura— unidos sin remedio. Y el trabajo.

La impagable labor de hombres y mujeres que se entregan para que

todo esté cómo y dónde debe cuando llegue la hora

Los enseres quieren salir de las vitrinas para volver a desvelarnos

el sugerente mensaje de la simbología que encierran. Los bordados

sacan pecho de su alma de guata y cartón y, hartos ya de la oscuridad

de los arcones y cajoneras, andan fantaseando que los besa de

nuevo el aire. De las tallas de oro bruñido cayeron por fin las fundas

que los protegían y vuelven a lucir recias, valientes y presumidas.

Espejea el cristal de las tulipas y crujen los varales en su impaciencia.

Por fin todo recobra utilidad y sentido, y casi toma vida, a

la espera de que giren los goznes de una puerta y vuelva el sueño a

hacerse realidad.

En la oscuridad de la casa museo avanza un resplandor que

inunda cuanto alcanza hasta detenerse ante el dintel que es, ahora,

un arco de luz en la noche. Todas las miradas —hasta ahora extasiadas

en el brillante cortejo de la procesión— permanecen fijas

en las ocho enormes ménsulas de plata que emergen de la puerta,

gárgolas de la catedral que se avecina. A lo lejos se escucha «Mater

mea» y en el reloj todas las horas son de terciopelo. Están los

nazarenos quietos y me pregunto quién será ahora el numero siete

mientras vuelven, arteros y en tropel, los recuerdos más amados.

No está la plaza, ni la mano alzando el cuello de mi abrigo,

ni aquel itinerario de fuelle de La Predilecta, pero es el mismo

asombro el que nos sobreviene cuando, rotunda y mayestática, se

nos aparece la Dolorosa de San Pedro en ese Pátmos en que, por

su gracia, se convierten los percheles. Vestida de sol como ninguna,

con toda la luna sosteniéndola y con doce estrellas coronándola

de filigrana se nos muestra, y es Ella la más fiel definición de la

Semana Santa. Todas mis venas son calles Pavía, apenas capaces

de contenerla, y siempre es 4 de octubre en mis adentros cuando

llega, envuelta en clavel rosa, con la pena abullonada en su corazón

transido al ver como todo se consuma sobre el mundo, el demonio

y la carne.

La cruz es siempre cruz por mucho que queramos revestirla de

caoba. El calvario es la roca de los ajusticiados aunque lo recubramos

con mil buganvillas. No hay plata, ni bronce ni coloridos esmaltes

capaces de ocultar la inmensa tragedia que es un cuerpo

exangüe en el patíbulo.

Sin embargo, cuando es Dios hecho Hombre quien en ella se sacrifica

por nosotros, cuando es tránsito y no final, cuando es altar y

no sepulcro, cuando, en definitiva, es signo de vida y no de muerte,

entonces, subimos al Ejido para postrarnos repitiendo «Te adoramos,

Cristo, y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo».

Que nadie crea que su Crucifixión fue inútil. Los clavos y espinas

que alumbra la cera tiniebla de los nazarenos del Buen Pastor es un

vínculo entre Dios y nosotros. La sangre que tiñe los claveles a sus

pies no ha sido en vano y la ciudad lo siente, lo palpa, lo proclama

cuando la cruz se clava entre las calles Peña y Refino, y es ése el punto

sobre el que gravita el orbe todo pues «mientras el mundo gira, la

cruz permanece en pie».

En esa cruz en pie, escoltado por la tenue luz de dos blandones,

exhala Dios en Málaga su último aliento. El Cristo de la Expiración

es un junco de marfil a punto de troncharse al azote del aire sobre el

puente. La mirada, ya casi apagada, está fija en lo alto y el sudor y la

sangre han hecho de sus cabellos un amasijo del que sólo escapa un

fino mechón sobre su hombro. En su pecho no queda ni un suspiro

de vida y, sin embargo, aun aguantará toda la noche para pasear

por la ciudad ese último hálito que llena la calle de morado, con el

que parece ofrecernos la posibilidad postrera de salvarlo y que nosotros

desperdiciamos cada vez que desoímos a alguno de nuestros

hermanos. ¿Cuántas manos suplicantes ignoramos? ¿Cuántos casos

de necesidad desatendemos? ¿Cuántas veces damos la espalda a una

llamada de socorro? En ocasiones nuestra inhibición ante los problemas

ajenos es tan responsable como la propia causa de los mismos

y nos lleva a ignorar la lección de Jesús que ha inclinado la cabeza

para morir, por Amor, en el Jardín de los Monos. Ni la cercana espadaña,

siempre cantarina, ni la que desde el Santuario lo ha despedido

pesarosa se atreven a turbar tan dulce sueño con sus sones. En el

hematoma de su rostro están nuestras afrentas y en la serenidad de

sus párpados caídos la respuesta bendita de su nombre. No le cabían

más letras a ese cuerpo menudo que las cuatro que forman los puntos

cardinales de su hechura de Hombre, y no hay cotas ni medidas que

sujeten lo que no tiene límites de la misma forma que no hay quien

pueda poner puertas al campo generoso de su Amor inmenso.

Aun así, por más que lo aupemos sobre bravías tallas y a pesar de

que hachones, faroles y arbotantes tomen luz del que es la Luz, el

mundo se enroca en su ceguera, incapaz de ver el camino que con

claridad nos marca el Cristo de Ánimas cuando pasa, trazo negro

sobre el negro velo de la noche, arrancando con sus clavos todas las

vendas de superficialidad y ligereza con las que parecen estar tapados

nuestros ojos cuando no son capaces de ver otra cosa que a nosotros

mismos y nuestra mundanidad.

Él, que con su nacimiento forjó la Nochebuena, no tiene más remedio

que hacer lo mismo con el instante definitivo de dejar la vida

y no ha habido ni habrá muerte mejor que la de ese crucificado de

Santo Domingo, gota de miel destilada desde el dulce panal del leño

salvador. El Cristo de la Buena Muerte, en su portentosa imagen,

lleva todos nuestros errores como un nido de espinas en la frente. En

su pecho cálido y en su cintura fina encontraríamos el lugar ideal

para dormir eternamente y lo exiguo de su paño de pureza serviría

para abrigar a la humanidad entera si no nos distrajéramos tan fácilmente

con los cantos de sirena de esta sociedad frívola y hedonista.

Por eso, al verlo avanzar entre el gentío, orgullo de su congregación

centenaria, solemne, firme y definitivo en la noche santa del amor

fraterno, queremos ser como la Magdalena y, arrepentidos, arrodillarnos

ante Él para decir

Padrenuestro que estás crucificado

en el edén rugoso del madero,

santifico tu nombre y sólo espero

el Reino que nos tienes anunciado.

Lo mismo que en el Cielo, tu dictado

nos conduzca en la tierra al buen sendero.

y nos dé, cada día, de tu granero

el pan que con sudor hemos ganado.

Perdona nuestras faltas si sabemos

perdonar al que nos ha ofendido,

y evítanos caer en tentación.

Mas, si por el camino nos perdemos,

rescátanos del mal y del olvido

para poder ganar tu Redención.

Ha pasado Cristo, victorioso sobre oscuros jinetes, y la rotonda

del Marqués es una vereda de silentes cruces sobre las espaldas

penitentes de los nazarenos, almas en pena envueltas en el crepitar

del ruan que tanto quiero.

Salieron, hace rato, de la parroquia de San Juan, proyectando su

sombra sobre la que el Crucificado estampa en las calles de la feligresía

cuando el sol bruñe en dorados su imponente anatomía y sobra

la palabra. Camina callada la Sacramental de los Dolores –en

el silencio denso del Viernes Santo, que es el silencio de la tierra sin

Dios— austera, contenida, justa, convencida de sus formas y del

fondo que las alienta y pendiente de que nada quiebre el sueño del

Señor recién muerto. Avanza callada la Sacramental de los Dolores

y su transitar ligero, fugaz, es un trampantojo de la Semana Santa

que no conocimos pero que sabemos que existió, que existe aun en

la belleza de la Virgen que dejó su camarín acristalado en cuyo corazón

se unen los de sus nazarenos.

Cuando vestimos el hábito de nuestras cofradías estamos repitiendo

la ceremonia con la que cuando nacimos a la fe nos cristianamos.

Da igual el tejido o el color, no importa sea vistoso o parco,

que tenga o no capa o que la cola vaya sobre el brazo o recogida

en el cíngulo, ni que este sea de seda, oro, pita o esparto. La túnica

del nazareno, la túnica del cofrade, no es sólo el marchamo que

distingue una corporación de otra, que lo es y cada cual conoce la

honra que lucirlo le provoca; no es nada más un traje que heredamos

de la familia o la tradición, que lo es y cada uno trata con la

ternura que esta circunstancia le produce; no es simplemente un

ropaje al servicio de una puesta en escena, que lo es y todos sabemos la

importancia de que, por ello, luzca siempre con el mejor aspecto.

La túnica, para el cofrade, es mucho más que todo esto y por eso

debe tratarse y llevarse con responsabilidad y respeto, pues significa

la identificación con el sufrimiento de Cristo y el dolor de su

Madre.

La tomamos para ser su compañía cuando salen a mezclarse

con nosotros y les hacemos un camino de luz,con los cirios en

alto, para alumbrarles en la sombra de nuestros vericuetos más

oscuros, esos que Ellos tan bien conocen y que sólo la llama de la

fe es capaz de clarear. Usamos la túnica para explicar con nuestras

insignias la inalcanzable dignidad de Aquellos a los que precedemos.

Nos ponemos la túnica para ser los pies de esos altares

itinerantes que son los tronos en los que ensalzamos su majestad

y su gloria. Por eso es nuestra misión cuidar cada detalle para que

nada pueda dañarla en su forma y, sobre todo, en su significado.

Es nuestra obligación quererla y mimarla como se hace con lo

más preciado.

La túnica no es atrezzo, ni disfraz, ni abrigo para el frío en las

noches de los días grandes, y que nadie vea en esto ese misticismo

que tanto se usa últimamente para descalificar o encasillar, sino

aquello que sugiere la sensatez más elemental. La túnica es para la

procesión, porque para tal se hizo, y no tiene cabida más que en

ella o en los instantes anteriores o posteriores a la misma, vestida

según establezcan las reglas de cada hermandad. Todo lo que

vaya más allá de esos parámetros no es más que piedra lanzada

sobre nuestro propio tejado y si, en ocasiones, nuestra túnica ha

sido motivo de chanza o usos desafortunados, somos nosotros los

primeros que debemos predicar con el ejemplo otorgándole el lugar

que en nuestro corazón ocupa y el trato que consiguientemente

se merece.

No se alzará mi voz desde este estrado para recordar a las autoridades

la petición de aquel pregonero que solicitó un monumento al

nazareno en la ciudad. Yo la dirijo a todos los cofrades para que seamos

nosotros, con nuestro comportamiento, los que llenemos nuestras

calles de ejemplos de la categoría, la grandeza y el compromiso

que supone vestir la túnica de cada una de nuestras cofradías.

Tengo la sensación, de un tiempo a esta parte, de que el papel del

nazareno en la Semana Santa ha perdido su trascendencia. Parece

que nosotros mismos lo hemos relegado a ser ese lugar de la procesión

destinado casi en exclusiva a la chiquillería, el sitio en el que

matar el gusanillo de los pocos años, el reducto de los que aún no

llegan al varal, en definitiva, de aquellos a los que por su corta edad

es imposible exigir más responsabilidad de la que en la mayoría de

los casos demuestran y que imagino, huérfanos de referentes, perdidos

y solos

Padre, yo quiero que salgas

conmigo de nazareno,

y no que vayas por fuera

de la procesión, no es eso.

Padre, quisiera tenerte

cerquita, dentro del templo,

esperando la salida

de la hermandad, ese tiempo

en el que cada minuto

es como un minuto eterno.

Padre, yo quiero que salgas

conmigo de nazareno

y, sentado entre los bancos,

sepas lo que son los nervios

cuando escuchas el murmullo

de la calle, y del momento

en que viene el mayordomo

diciendo solemne y serio:

«A ver cómo nos portamos…

Ojito… que os estoy viendo».

Padre, yo quiero que salgas

conmigo de nazareno,

con la túnica de raso,

de tergal o terciopelo,

con la capa de damasco

o con cola en ruan negro,

con antiguo capirote

de cartón, o del moderno,

con esparto o con cordón

anudado al lado izquierdo.

Padre, yo quiero que salgas

conmigo de nazareno

y sepas lo que se pasa

pelando ese caramelo

que se te pega en los guantes

y te mata de sed luego,

o aguantando a los que piden

«dame cera, nazareno»

con una bola más grande

que el trono del Prendimiento.

Padre, yo quiero que salgas

conmigo de nazareno.

Me da igual que no me hagas

fotos con el móvil nuevo

ni vídeos que, en internet,

se cuelgan para no verlos,

porque prefiero saber

que estás, junto a mí, viviendo

aquello que me contabas

que te contaba el abuelo

Padre, yo quiero que salgas

conmigo de nazareno,

con un bastón o una vela,

con una maza o un cetro

delante de nuestro Cristo,

que es el mejor por ser nuestro,

o acompañando a esa Virgen,

guapa como la del cielo,

que viene andando, despacio,

siempre con pasito lento.

Padre, yo quiero que salgas

conmigo de nazareno.

Que entres en la Catedral,

que llegues hasta el encierro,

que saludes a los niños

para quitarles el miedo

que les damos y, si encarta,

le regales a ese enfermo

que está esperando en la acera

una estampa de consuelo.

Padre, escucha lo que digo,

ven conmigo por el puesto

a esa casa de hermandad,

que se hizo con tanto esfuerzo,

y que mamá también venga

que esto no es cuestión de sexos,

ni de edad, ni de poder,

ni tampoco de dinero

sino de gozar la dicha

que es sentirse nazareno.

En filas multicolores se derraman los cortejos procesionales por

las calles, y siempre es una buena noticia encontrarnos con la Cruz

Guía de una hermandad avanzando en riada penitente. Da igual el

carácter de la corporación, poco importa si es sobria, bullanguera,

austera o castiza, opciones cuya validez y legitimidad están fuera de

toda duda y reivindico pues representan la pluralidad de nuestra expresión

cofrade.

¿Acaso la estampa señera de Jesús de Viñeros, lagar bendito en el

que se pisa el grano de su santa Sangre, es más imponente detenido

ante el sagrario catedralicio en estación reverente que en el bullicio

del entorno de su gente y de su calle? ¿No abren su mano y su cruz

las mismas puertas en la queda oscuridad del Patio de los naranjos

que bajo el sol que lo besa, descarado, en la amplitud del Pasillo de

Santa Isabel? ¿Es menos reflejo de Dios en la sencillez de sus vestiduras

lisas que envuelto en los áureos arabescos que bordan el romé

de su túnica?

Es la Semana Santa un cúmulo de propuestas tan amplio como

las miras de la propia ciudad que la hace, y en los ojos de cada uno

están las mil caras que ofrece; cada cual siente de una forma distinta

como son diferentes los resortes que pellizcan los adentros de

este pueblo cuando, apostado aquí y allá, escucha los tres toques de

campana con los que un trono se alza, unánime, a la altura.

No cabe nadie más, pero siempre hay un hueco para el recién

llegado. El murmullo va decreciendo conforme se oye la voz de los

que van al mando... «Un paso a la izquierda, un paso a la izquierda,

otro más…» repiten con ahínco en la cabeza los que durante meses

dibujaron en sus sueños la maniobra, y la curva se tiñe del cárdeno

vaivén de los hombres de trono. Entre las cabezas de varales de

la cola se cuelan las palabras de ánimo que salen del corazón y la

experiencia: «Vamos, rectos, que más le pesan a Él nuestras cosas»

y, como por ensalmo, aquello se cuadra y está, sobre los hombros,

al fondo de la calle mientras la banda de música ataca con brío los

instrumentos.

Cadencioso, con el regusto del andar de siempre, va avanzando

el trono, todo oro y luz en sus tulipas, sostenido por los varales

de la tradición centenaria. Avanza despacio, sin titubeos, sin

alardes, esplendoroso y cálido. Cada paso que da es la reafirmación

de aquello que aprendimos y que se sabe bien hecho. Atrás

quedaron los ensayos y las mil y una crucetas; Atrás las polémicas

que no aportan nada cuando no es crecer lo que con ellas se busca

y atrás, también, las modas y el «postureo» absurdo e indolente.

Ahora sólo se trata de ir a lo que vamos y todos ser la piedra en

que descanse la mano del que viene en nombre del Señor llenando

la calle de su Gloria. Un toque, una mecida, el varal encuentra

el sitio y vamos otra vez con el izquierdo, como toda la vida,

arrancando un aplauso que no habrá de cesar hasta que vuelvan a

sonar otros tres campanazos y descienda el trono de los hombros.

Entonces, sólo entonces, pondrá el Nazareno de los Pasos su rodilla

en la tierra de calle Echegaray por esa hora ya alfombrada de

lágrimas y oles.

No puede ya ni con su cuerpo y parece mentira —viendo su titánica

figura— que haya desfallecido hasta necesitar ayuda para soportar

la carga. Para eso fuimos a tallarnos aquella tarde de abrazos

y reencuentros. Para eso hacemos piña y nos sentimos colectivo.

Para eso, incluso, nos preparamos y nos fajamos —que no es moda

foránea, ni capricho— y cuidamos nuestro comportamiento porque

no se puede de cualquier manera ser Cirineo de Jesús de la Pasión

que, entre cuatro faroles, emplea las ultimas fuerzas en acariciar

la cruz con sus portentosas manos.

Aquí estamos, Señor, para lo que necesites. Para aliviar con nuestro

compromiso tu fatiga y ser obreros de la mies que siembra tu zancada

firme. Aquí estamos, Señor, abrochados por el «quitacimbra»

de tu mirada amable: mayordomos, capataces, mujeres y hombres de

trono, «alzacables», «aguaores» y «los de la caña», a tu servicio, juntos,

sin distingos de ningún tipo pues no hay categorías para quererte y

seguirte, como el de Cirene, por esta calle de la amargura por la que

vas, derechito al martirio, como cordero llevado al matadero.

Lo contemplamos y sabemos que ha venido a quitar los pecados

del mundo; se nos aleja y tenemos la esperanza de que se apiade

de nosotros. Y cuando lo vamos perdiendo de vista, entre un bosque

de oscilantes capirotes, musitamos oraciones confiados en que

nos dé la paz.

Y «porque todo el que pide recibe, y el que busca halla» (Lc 11.10),

el Señor nos escucha y nos llena de esa palabra que llevamos setenta y

cinco años repitiendo y toda la vida deseando. Porque cuando

hay paz, encontramos acuerdo, armonía, avenencia, amistad…

La paz entre los pueblos debe ser objetivo primordial de nuestra

sociedad y en su consecución hemos de poner todo nuestro

empeño, aun siendo conocedores de los oscuros intereses que se

obstinan en quebrarla. De ahí que haya que aunar esfuerzos en

la tarea.

A una nos la traen, enamorando cierros y balcones, y es Calderería

una avenida del triunfo en la que no hay más arco que el

de su campana, que no es poco, a esa hora de la tarde en la que

la llama de la candelería se anaranjea y hasta el desangelado monolito

de la plaza se ha vestido del color de la Virgen… Y suena

la música, marcha tras marcha, mientras la vemos ascender despacio

y firme

Virgen guapa de la Paz

la del ramito de olivo

que es centinela y cautivo

de tu mano. Tu capataz

anda pidiendo, tenaz,

que, sin descuidar el son,

se ande con el corazón …

con la vida y con el alma

al remar por Casapalma

bajo tu azul galeón.

De banda en banda la Paz por nuestras calles y, en los templos,

Dios en los sagrarios. Está esperando que se cumpla la voluntad del

Padre, hecho su cuerpo pan para que todos lo tomemos y comamos

de Él como ejemplo supremo de generosidad, de darse, de compartir,

porque es en esto en lo que la toda la enseñanza divina se concentra

y se concreta.

«Amaos los unos a los otros como yo os he amado». De poco servirán

nuestras procesiones si no las vivimos como el medio de llevar

a Dios a los demás y difícil será que Dios se haga presente entre los

que ignoran la necesidades de sus semejantes. Nuestras imágenes

son representaciones de Cristo pero es en el hermano, especialmente

en el que sufre, donde debemos ver su verdadero rostro como vivos

paños de la Mujer Verónica.

Las cofradías lo entendieron hace mucho y, expertas como son

en la realización de nuevos tronos, llevan tiempo empeñadas en

uno que sea el mejor de todos. El cajillo, que jamás se termina

porque nunca parece suficiente, lleva siglos tallándose con la firmeza

y la perseverancia de las vocalías de obras asistenciales. Con

las gubias de la constancia han ido añadiendo detalles hasta conseguir

un buen resultado, pero todos pensamos, y hemos acordado

en cabildo por unanimidad, que debe ser superior. En las cuatro

esquinas se han amontonado millares de regalos de las campañas

de Reyes para formar unos enormes arbotantes, de esos que tanto

gustan aquí, y el colorido brillante de los envoltorios trae destellos

luminosos como las risas de los niños al ver que los Magos

se acordaron de ellos. Las flores las colocaremos en las ánforas

que traen de Proyecto Hombre, de Colichet, del Asilo de los Ángeles,

de las Hermanitas de los Pobres y de la Cruz o del comedor

de Santo Domingo, y en el frente encajaremos esas más pequeñitas

que cincelaron los que dan lo poco que pueden. Para formar la

candelería —apretada, a nuestro estilo, con muchas piezas— pondremos

a los cientos de cofrades voluntarios con sus chalecos de la

Gran Recogida y con la colaboración en las necesidades de las parroquias

en las que, en muchos casos, son las hermandades las motoras

y responsables de la atención a sus feligreses, hace años que

se llevan repujando unas barras de palio tan robustas como para

sostener una de las mejores obras cofrades de los últimos años que

no es otra que esa Fundación Corinto con la que las hermandades

han demostrado, una vez más, su capacidad de hacer realidad lo

que parecía imposible.

¡Qué hermoso es y cómo luce este conjunto que es nuestro mejor

estreno! No lo publicitamos, ni lo presentamos, ni lo exponemos,

pero no por eso dejamos de cuidarlo, completarlo y enriquecerlo

con todo nuestro afán, porque para eso es el trono de la Caridad y

todo es poco para ella.

La caridad es algo más que la prestación de ayuda y va más allá

de la solidaridad porque responde al impulso de la fe. La caridad

no es sólo la acción limosnera sino que se crece con la implicación

en los problemas ajenos. La caridad, entendida como medio

y no simplemente como fin, y que es falso que empiece por uno

mismo. La caridad, en suma, como manifestación de todo lo bello

que puede albergar el alma humana como bella es la Virgen

Madre, la de los ángeles dormidos de tanto jugar entre la crestería

de su trono, la del nombre con reminiscencia ultramarina, la que

baja por el Compás al compás de su pasito corto, para mostrarnos

ese corazón inflamado que sostiene entre sus manos y que asevera

que donde esté su Caridad siempre, siempre habrá un sitio para el

amor divino.

Y si a su Caridad le hemos puesto un palio de desvelos, para

su Amor lo hacemos con ochavas, como queriendo encerrarlo, con

muchas barras, para que quede atrapado entre nosotros como queda

enredada la tarde del Lunes Santo en el cañaveral argénteo y ondulante

que rodea a la Virgen del Amor Doloroso, suspiro hondo,

frágil camelia, Puerta del Cielo y Madre Amantísima.

Con un Amor así es muy fácil mantener un idilio, y más cuando

la vemos pasar, Flor entre las flores, con la portada del Sagrario por

dosel y las «washingtonias» cimbreando al soplo de la libertad. Os

confieso que, desde hace años, cada vez que subo por calle Granada

voy pensando en unos ojos azules que a su merced me tienen y me

esposan a su reja cada vez que los contemplo

Todo por su amor lo doy

y es tan grande el que le tengo

que cuando a su iglesia vengo

no se si es ayer o es hoy.

Ante su carita estoy

y, al verla, caigo rendido

pues se me nubla el sentido

y no sé lo que me hago,

que su Amor, en Santiago,

me tiene loco perdido.

Que nos quiere la Virgen es algo que no sólo intuimos sino que

sabemos, pues además de Madre de Dios lo es también nuestra ya

que como tal es investida por Jesús, en mi colegio de San Bartolomé,

cuando desde la cruz se dirige a Juan, su discípulo, diciendo:

«Hijo, aquí tienes a tu Madre». Todos somos Juan en la trémula

mano que el evangelista apoya, apenas con un roce, en los hombros

pesarosos de la Virgen de la Merced, que inclina su cabeza desmayada

ladeando ese hoyuelo de su rostro en el que con gusto querríamos

sumergirnos cuando pasa por Santa Lucía y no hay ojos más

que para Ella. Queremos ser Juan para unir el cielo con el océano y

fundirlos en azules con los que aliviar el Mayor Dolor de María a la

que las palmeras de Puerta del Mar escoltan y hacen guardia como

cuando huyó a Egipto arrullando a su Hijo igual que ahora sostiene

la corona de espinas. Como Juan los cofrades, sin distinción de

edad, vivimos por Ella, con Ella y para Ella seguros de su Auxilio

y, como Juan, encontramos en su modelo de Fe el mismo Consuelo

que queremos brindarle cuando el que es Paz y Unidad yace, víctima

de nuestras guerras y desavenencias, sobre la piedra manierista

de su catafalco, cima y altozano, altar ya sin mantel, vano ostensorio,

sagrario abierto y apagado.

Cristo ha muerto. Su cuerpo está sobre la losa del sepulcro. Tan

sólo ayer se nos prometía, se nos ofrecía, se nos daba en la Eucaristía

y lo veíamos pasar invitándonos a participar de Él en su Sagrada

Cena y en todas las que pudiéramos hacer en su memoria. Fanfarrias,

ministriles, cornetas, tambores, aplausos, flores, nazarenos de

rojo exultante, el mantolín airoso, el grial repujado, el trono entrando

en la Alameda, la mano deteniendo el tiempo, la mirada fértil

clavada en las alturas… Todo se nos ha ido, fugazmente, ni siquiera

los malditos treinta denarios siguen en las manos del traidor. Sólo

queda el cadáver de Jesús, de color cetrino y nariz afilada.

Hay en la ciudad, una extraña sensación de vacío cuando contemplamos

a Jesús en el Sepulcro, «piedra desechada por los arquitectos

», cubierta con un leve velo, entre las oscilantes llamas de los

blandones. Para Él la más fúnebre marcha de las marchas fúnebres,

el luto más negro de los negros lutos, el silencio más grande en el

magno silencio del Viernes Santo. Quitasangres, banderas a media

asta, y sordina para los tambores y para los latidos de nuestros corazones.

La seguiriya y el martinete dejaron los balcones, y no hay

flor que se atreva a brindar su color y su perfume al altar de bronce

y ágata.

Pasará Cristo en su Sepulcro dejando la impresión de una humanidad

huérfana, y cuando enfile las postrimerías de calle Císter sabremos

que con cada una de las notas musicales que se esfuman se

irán cuantas emociones hemos vivido durante seis días y correremos,

una vez más, al lado de María para buscar consuelo y acompañarla

en su tremenda Soledad. No hay mayor tragedia que el de una madre

ante la pérdida de un hijo. No hay Mayor Dolor que el de la Soledad

de una cuna vacía, la de los pañales inútiles, tendidos para siempre

en el romero lo mismo que el sudario ondea, caduco, sobre la Santa

Cruz en calle Guerrero colmando de Dolores el corazón lleno de Amparo

y Misericordia de la Virgen que camina, entre espinos, por la

estrechez de Pozos Dulces. Qué desolación en la plaza de las Biedmas

ante la Madre con el alma traspasada y sola, claustro sin orden,

yema sin brote, vid sin sarmiento, y qué Soledad tan terrible la que

deja la presencia sobrecogedora de la Virgen regresando de sepultar

al Hijo. Ni la sutileza de su transparente palio, ni las mil luminarias

que prenden en los arbotantes son capaces de aliviar su pesar ni

le sirven de compaña en esta hora en la que el Verbo que engendró

en su seno ha quedado trágicamente mudo. No hay nada que pueda

dibujar un mañana para Ella, que siente como su vida toda se consume

y se apaga.

Tiniebla y oscuridad en este mundo que ha matado a su Dios,

en el que el único brillo que permanece es el rostro de la Virgen de

Servitas, trasunto de otra época en su luctuoso cortejo, lucero en la

oscuridad de la noche y en la de nuestras vidas, recibiendo el quedo

pésame de una ciudad consternada.

¡Qué tremenda desazón sentiría María al ver cómo acababa

la promesa del Padre! Ella que, sin entender, aceptó la embajada

del ángel anunciándole que alumbraría al que llamarían Hijo

del Altísimo mira ahora la cruz vacía, como vacías han quedado

nuestras calles sin la presencia de las procesiones que por ellas

discurrieron.

Sin embargo, por nuestra fe sabemos, creemos, que el madero

ominoso habrá de ser trono triunfante para el que con su muerte

venció a la propia muerte y que para que todo se cumpla según las

escrituras, con las primeras horas del tercer día volverá la Luz de

Luz para alumbrar al mundo desde cada uno de los cirios que encenderemos

en la Vigilia Pascual. Volveremos a las páginas del Génesis

entendiendo todo lo que Dios creó viendo que era bueno de la

misma forma que retornaremos a lucir nuestras túnicas —otra vez

Babel de colores y tejidos— para revestirnos de la gloriosa Resurrección

de Nuestro Señor como hombres nuevos, renacidos con El a la

vida verdadera.

Cristo vive y lo hace entre nosotros. Esta ciudad lo sabe bien

cuando diariamente encamina sus pasos a su presencia o lo sigue

cautiva irremediablemente en su alba huella. Málaga identifica,

reconoce, ve en Jesús Cautivo la manifestación más clara de Dios

hecho hombre y por eso lo tiene incardinado en lo más profundo

de su alma. No necesitamos que sus manos tengan llagas en

las que, como Tomás, introducir el dedo incrédulo para exclamar

«Señor y Dios nuestro», porque tenemos la certeza de que es Él el

que anunciaron los profetas, y que son esas manos, que no están

ni pueden estar amarradas, las que nos procuran cuanto de ellas

esperamos. No es su blanca veste sudario ni túnica de loco, sino

la manifestación incontestable de su Transfiguración en el Tabor

de la calle Carril en la que rodeado de los suyos, que somos todos,

muestra el poder de su Gloria. Él es el Cristo de las muchedumbres,

el del sermón de la montaña, pasando entre nosotros repartiendo

bienaventuranzas para todas nuestras desdichas, es el Cristo

que multiplica los panes y peces para saciar nuestra hambre

de Dios, es el Cristo que abre nuestros ojos con su santa mirada,

entornada y sumisa, el que camina sobre el mar de almas que lo

rodean y acompañan cuando se echa a la calle desde el amanecer

hasta la madrugada. Él es, en fin, la fe de esta tierra, la Trinidad

encarnada y en la Trinidad nacido para, desde allí, extenderse por

toda la Tierra.

No le busquéis entre los muertos, no, cruzad puentes, bajad rampas,

atravesad callejas y barreduelas, porque ha resucitado y está a la

derecha del Padre, en San Pablo, por los siglos de los siglos.

Poco a poco, fueron usándose los alfileres que sujetan los sentimientos

que formaron el pregón. Uno tras otro dejaron el acerico

del corazón para clavar, en el aire del teatro, los pliegues y rizos de

un alma desnuda, pero aun guarda el pregonero los precisos para

apuntar con ellos su gratitud.

Gracias, en primer lugar, al presidente de la Agrupación de

Cofradías, por haberme dado una de las mayores satisfacciones

que puede recibir un cofrade, que es la confianza de los suyos.

Querido hermano, sólo quiero que sepas que acepté tu encargo

con la misma emoción y responsabilidad que cuando me

invitaste a portar a tu Sagrada Titular. Como legado de nuestro

afecto, queda todo lo bueno que hemos compartido desde aquel

día de octubre, siempre octubre generoso en manos de un devoto

del Rosario.

Gracias también a la Junta de Gobierno por apoyar una vez más

las audacias del presidente y, por supuesto, a nuestro Prelado por

dar su visto bueno a mi nombramiento.

A los que me han acompañado en este trayecto: mi Archicofradía

a la cabeza —como siempre a mi lado en lo malo y en lo bueno—,

cofradías, amigos, prensa, portales y usuarios de internet, ex

pregoneros... A todos quiero devolver vuestro cariño, que ha sido

crucial, como, por supuesto, a los que se han implicado en la organización

de este acto con la decoración o la música. Contar con vosotros

ha sido el aval de que al menos una parte de esta cita tuviera

la brillantez que se merece.

Agradezco, con mi mayor sinceridad, las palabras de mi presentador.

Hoy más que nunca ha sido necesaria tu presencia en este escenario

y también más difícil, pues sólo con generosidad y maestría

se puede hacer un canasto con tan pocos mimbres como te has encontrado.

Gracias, correonista.

Finalmente, el último alfiler que conservo entre los dedos, el

más querido, quisiera prenderlo, como tantos otros en otras tantas

veces hice, en el pecho de mi Virgen de los Dolores. Con él

quisiera decirle tal cúmulo de cosas que las ideas se me atropellan,

y las palabras no fluyen, ni hallo piropo ni halago posible

Pues no encontré para Ella

verso que la describiera

ni rima con que pudiera

explicarla. Si es tan bella

que el resplandor de una estrella

es la noche comparado

con la luz de su presencia,

reconozco ante esta audiencia

que en cometer el pecado

ya encontré mi penitencia.

Bien sabes, Señora, que has sido Tú quien me ha traído hasta

aquí. Mi único mérito, si es que así puede llamarse mi pasión, es

quererte, y eso es tan fácil que no necesita reconocimiento alguno.

Estar a tu lado es un regalo que me ha hecho la vida, porque tu cercanía

me pone en el camino de tu Hijo. Tú eres, Soberana de mis

días y mis noches, la luz de mi existencia y el sol de mis palabras.

Las cinco lágrimas que surcan la porcelana de tus mejillas son los

cinco continentes de todo mi universo y en el oleaje sereno de tu

amargo entrecejo podría quedar a la deriva eternamente. Los siete

puñales que te afligen son mis siete sacramentos. En tu llanto se lavan

mis pecados, en tu dolor se diluyen mis pesares, en tu mirada se

enciende cada una de mis mañanas, en tu humildad se ahoga mi soberbia,

en tu dulzura se pierden mis enojos banales, en tu fortaleza

se robustecen mis titubeos, en tu sombra me Amparo y en la sonrisa

que aflora al fondo de tu pena me lleno de Esperanza, en tu Rocío

me refresco, en tu presencia hallo Remedios para mis males y en tu

entereza la Victoria de todas mis guerras internas.

Señora de los Dolores, eres maná de leche y miel en mis labios

porque sólo para nombrarte se llenan de la palabra Madre. En tu

seno descanso, en tu talle de espiga me sujeto, en tus manos pongo

las mías, siempre a tu servicio, siempre dispuestas a abrigar tu amargura,

a escribirte torpes cartas de amor con terciopelos…

Te pienso, Virgen Santísima, y quisiera bajar de este escenario

para correr a ese nido de amores que es tu añejo retablo, desde el

que ya estas recibiendo la reiterada pleitesía de tu secular septenario

como centenaria es la protección que dispensas a tu parroquia

de San Juan.

Te imagino, subiendo en unos días a la exacta pulcritud de tu

trono, y se me antojan eternas las horas que me restan para vestir el

ruan con el que los tuyos nos hacemos uno sólo. Mis oídos añoran

los motetes que te cantan las Hermanas de la Cruz, las notas del fagot

y del oboe, el crujir de la crestería de tu palio.

Te sueño bajo las naves de nuestro primer templo, hollando sus

mármoles con la pisada blanda de los que te llevan, asombrando a

las bóvedas y dorando retablos con tu resplandor. No puedo, en la

rigidez de la norma, girar la cabeza para verte, Señora, pero no me

hace falta, Yo sé que Tú vienes más hermosa que las perlas que ocultan

los mares, porque eres la más bella obra del Creador, y porque

en la inmaculada e impoluta blancura de tu alma ya comienza a lucir

la luz de la Resurrección, mientras el Stabat Mater va tornando

en Regina Coeli para el momento más gozoso de la humanidad.

Santa María, bendita entre las mujeres por elección del Padre y

por la aceptación sin condiciones de tu tarea corredentora, a ti me

dirijo como ejemplo incuestionable de fe. Y a ti, ciudad que eres mi

cuna y mi casa, que, reverente, has enarbolado tus colores y el cirio

con la llama pascual y que, durante una semana, has hablado,

con el lenguaje sincero de tus gentes, para gritar a los cuatro vientos

aquello en lo que crees, a las dos como madres os invoco y ante

ambas exclamo:

¡Bendita seas Málaga porque, como María, has creído!

He dicho.