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Caracas tiene un respiro con la ley seca

FIN DE UNA ERA EN VENEZUELA

Caracas tiene un respiro con la ley seca

12.03.13 - 03:15 -
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A qué huele Caracas. A motor de cuatro tiempos, dijo Cabel, que acababa de llegar a la ciudad, desde su natal Punto Fijo, ciudad de la costa occidental. Su nariz, todavía desacostumbrada al vaho permanente de la ciudad y su enorme y viejo parque automotor, omnipresente en el valle donde se asienta la capital venezolana. Cada año, el tráfico empeora. Se calcula que la velocidad promedio dentro de la ciudad es de cinco kilómetros por hora.

La mezcla de carburante y aceite quemado es la colonia con que se perfuma una ciudad hermosa y maltratada. Como a una mujer a la que pegan todos los días, la belleza está oculta bajo una capa de deformidad, mugre y vergüenza. Caracas tiene casi seis millones de habitantes censados y 1.900 kilómetros cuadrados. Sin embargo, las cifras son inciertas. El valle donde se asentó la ciudad primigenia en 1567 está rodeado de cerros conquistados por el aluvión de gente sin recursos que construyó o compró o alquiló alguna de las casas construidas sin orden, pero casi siempre con materiales nobles, en las laderas, a veces escarpadas, otras de descenso suave, que miran hacia el Ávila, la montaña que sirve de rosa de los vientos: Mucho antes de que se inventase el GPS, cuando un caraqueño quería saber sus coordenadas muy aproximadas, alzaba la mirada y buscaba al Ávila, siempre en el norte.

Este cerro de 2.900 metros de altitud, protegido por la ley (es parque nacional desde 1958) y la urbanística (su lindero principal con la ciudad es una autovía aérea que une el este y el oeste en la cota 1000, altura de la que toma su nombre) es el rostro amoratado de esa mujer sometida. Pudiendo ser una montaña de verde perpetuo, su flora lucha contra un historial de incendios que ocurren por decenas cada verano. A mitad de año, cuando la sequía tropical marca algo parecido a un cambio de estación, columnas de fuego se levantan en alguno de los lomos de este triángulo de tierra, de forma semejante a un volcán dormido. El hedor del motor de cuatro tiempos entonces parece exaltado por el de monte quemado y el viento puede acercar hasta el interior de los hogares las virutas negras y grises que deja la llama a su paso.

La complejidad, y particularidad, de la capital de Venezuela se debe a la topografía concedida por el Ávila: desde la montaña bajan cauces de agua, conocidas como “quebradas”, que atraviesan de norte a sur el valle y se unen a un río más grande, El Guaire, que recorre de este a oeste. Las quebradas y un amplio lindero a cada lado fueron protegidas por las leyes, como zonas verdes, donde no se podía construir. Terrenos públicos que podrían haber dado verdor a esta zona de idílico clima primaveral. Pero con las migraciones hacia la ciudad, las áreas desocupadas y de vegetación tupida cedieron a las construcciones levantadas más con intuición que con ordenamiento. Casitas rurales de bloques de ladrillo visto y techos de zinc, conocidos como “ranchos” (chavolas). Los “barrios”, como se conocen a los asentamientos marginales (a las demás zonas se les dice “urbanización”), conquistaron el corazón de la ciudad. Esa es la particularidad con respecto a otras ciudades latinoamericanas como Medellín o Río de Janeiro: estos asentamientos están en la periferia, en un cinturón de pobreza. Caracas también está cercada pero también infiltrada. Son pocas las ventanas desde la que no se vea el testimonio de la desigualdad social.

Me crié en esta ciudad. Llegué a Caracas cuando tenía cuatro años y mis primeros recuerdos están asociados a su luminosidad y al caótico serpenteo de sus calles. Y, de una forma más animal, a su olor. A “plomo”, como se le dice a la pólvora o a las balas. Desde la ventana de mi última residencia aquí, en una urbanización llamada Lomas del Club Hípico, que era en realidad un pomposo nombre para una vieja carretera en cuyo empinado margen se habían levantado dos torres, podía observar, a lo lejos, la silueta completa del Ávila y, de noche, el collar de luces de la Cota Mil. Era como una fotografía de esa mujer en su juventud feliz. Sin embargo, de cerca, podía notar sus heridas, algunas cicatrizadas, otras recientes. A la izquierda, las casas de techos de teja roja y jardín, conocidas como “quintas”, en un cuadriculado y ordenado espacio, al estilo norteamericano. Y mi derecha, estaba la parte baja del barrio Santa Cruz, uno de los más peligrosos de Caracas. Un paisaje dicotómico, como el propio país. Un lado y otro estaba separado por un muro. No había forma de traspasarlo. Del lado de Santa Cruz, las casas anárquicas llegaban hasta la propia pared, usándola como fondo del rancho.

Podía escuchar a mis vecinos. En su ruido convivíamos. La vista puede ser fácilmente engañada. Mirar hacia un lado, correr la cortina, fijar la mirada en el Ávila. Pero el oído es un sentido que permite la invasión. Los fines de semana el volumen se elevaba por encima de una bulla que parecía ruido blanco y se hacían nítidas las voces y la música. Predominaba el vallenato, originario de Colombia, y desde un rancho convertido en bar o discoteca, podía emitir a todo volumen desde el viernes en la noche hasta la madrugada del lunes. Sin parar. De forma invariable, adentrada la noche, sobre las voces se imponía el grito. La pelea, el dolor. Tengo grabados los lamentos femeninos que lloran a un hijo. Pocas sirenas de la autoridad. Desde allí suelen ser los vecinos, como pueden, los que trasladan a los heridos hasta los hospitales. Y aprendí a distinguir el sonido seco del disparo del resonante de las pirotecnias. Cada fin de semana, la tragedia se colaba por mi ventana.

Con la muerte de Chávez se ha decretado la Ley Seca, que se dicta también en períodos previos a una elección. Nadie puede beber desde que se hizo el anuncio, el 6 de marzo. Tampoco portar armas, en teoría, porque la gran cantidad de armamento en manos de la población no están registradas, ni quienes las portan tienen ningún tipo de permiso. Aunque también se han implantado medidas de luto visible: banderas a media asta en todos los edificios oficiales, residenciales y locales comerciales, cierre de escuelas e instituciones públicas, paralización bancaria, no se ve, en la capital surcada por los barrios, gentes compungidas, más allá de la que se reúne alrededor de la capilla ardiente. Las calles están vacías. Hay una calma extraña en una ciudad de perpetuo alboroto. El luto y la ley seca le dan un respiro. Hay menos ingresos en la morgue desde el 6 de marzo, cuando habían ingresado 111 cadáveres en Bello Monte desde principios del mes. En estos días de fervor cuasirreligioso han ingresado cuatro cuerpos más, como el de una mujer de 72 años, Leonidas de Pierronelli. Víctima “de una bala perdida” en la popular barriada de Catia es una de las excepciones en este paréntesis que durará no se sabe hasta cuándo.

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Un seguidor de Chávez, junto a su pequeño. / Ronaldo Schemidt (Afp)

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