Domingo, 27 de mayo de 2007
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OPINIÓN

SAQUE DE ESQUINA
Rocieros
Muchos malagueños se enrocan en la nostalgia de un pasado que la ciudad nunca tuvo y, en vez de elaborar un modelo propio de modernidad a partir del lado positivo de sus atributos, se dedican a copiar las costumbres de otros lugares con la fe del converso y el síndrome del desarraigado.
ESTÁ claro que a esta ciudad nuestra fenopúnica, griega, romana, nazarí, cristiana, anglo riojana y sabe Dios cuántas procedencias más anda tan sobrada de historia como falta de tradición. Es el nuestro un territorio lábil por el que han pasado muchas culturas, pero lo han hecho deslizándose como los matojos arrastrados por el viento sin que ninguna de ellas haya penetrado en su carne como lo han hecho en otras ciudades del interior, fuertemente caracterizadas por el arraigo de sus costumbres. Quizás haya sido la tentación del mar, cuyos infinitos caminos invitaban al viaje, a la partida y al intercambio con otros pueblos, lo que haya hecho del malagueño un espíritu propenso a las mutaciones, mezclas y renovaciones. En Málaga podríamos decir, no sin ironía, que su constante es el cambio y si, como es sabido, la geografía de un lugar es el libro abierto de su propia historia, no deja de sorprender el afán que los malagueños han tenido por arrancarle las hojas a ese libro para entorpecer su lectura y, a la postre, dificultar el conocimiento de nosotros mismos.

No obstante si la afición al cambio y la permeabilidad de influencias han podido dar lugar a una ciudad poco tributaria del pasado, también es cierto que esos rasgos de nuestra idiosincrasia son los que, con permiso de la burocracia, nos están permitiendo incorporarnos a la modernidad más fácilmente que en otras ciudades de nuestro entorno, bellísimas, sí, pero atenazadas por el ensimismamiento y la autocomplacencia, como si todo les viniera ya dado por la existencia de un pasado esplendoroso. Sin embargo, muchos malagueños no parecen ser conscientes de eso y se enrocan en la nostalgia de un pasado que la ciudad nunca tuvo y, en vez de elaborar un modelo propio de modernidad a partir del lado positivo de sus atributos, se dedican a copiar las costumbres de otros lugares con la fe del converso y el síndrome del desarraigado. Y uno de esos fenómenos es la profusión de rocieros que a esta ciudad le sale por estas fechas como una alergia primaveral. No voy a decir que no tengo nada contra los rocieros: sí lo tengo, desde el día en que, hace ya algunos años, tuve que pedir un préstamo para llegar a final de mes y no me lo dieron porque el director de la sucursal bancaria se había ido durante dos semanas al Rocío, con un par de santos cojones.

Sevilla es la única ciudad de España en la que, desde Semana Santa al Rocío pasando por la Feria, una gran parte de su población activa puede escaquearse olímpicamente durante meses invocando la suprema coartada de la Tradición. Que Málaga, sin coartada histórica, se apunte a la misma juerga suena más a descarado absentismo laboral que a un afanoso anhelo de raíces. Una vez más este año, como los anteriores, la paz sabatina de esta ciudad fue violentamente perturbada por la caravana de rocieros locales, que a golpe de tamborrada y cohetería anunciaban a los cuatro vientos desde sus carretas de monstruos de feria con aire acondicionado algo así como «ahí os quedáis, que nosotros nos vamos de juerga mística». Lo más significativo es que, con toda naturalidad y en nombre de lo vernáculo, esta secta lúdico religiosa se cree con el derecho a ser escoltada por la policía municipal, a cortar el tráfico, a provocar un caos urbano y a molestar al resto de los malagueños dando por supuesto que la Blanca Paloma bien se merece un sacrificio ajeno.

No hay quien pueda con esta creciente ola de catolicismo chiíta, pero, por un elemental respeto constitucional sugiero que, por lo menos, el año que viene las Hermandades se abstengan de circular por la Red Básica Municipal o, mejor, que inicien su romería en el extremo occidental de la provincia, a ser posible en Manilva y por caminos rurales para no perturbar a las poblaciones. Aunque, con la legislación en la mano, la huella de esta marabunta sobre el medio natural, el reguero de dos semanas de holganza itinerante y la contaminación acústica de los coros rocieros sobre el sagrado silencio de los campos bien podrían constituir un caso de delito ecológico.

 
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