Viernes, 18 de mayo de 2007
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CULTURA Y ESPECTÁCULOS

COSAS TRANSPARENTES
Los no lugares
Hay calles, plazas, ciudades enteras que en realidad no existen: se han convertido en el decorado de fondo de las fotos de los turistas
Los no lugares
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NUNCA llevo máquina de fotos a los viajes. Ni cámara de vídeo. No tengo constancia de haber visitado ninguna ciudad del mundo. El único recuerdo que tengo de los viajes es la memoria. Cuando veo un grupo de turistas fotografiándose delante de un monumento famoso me da la sensación de que posan en un decorado de cartón piedra. A menudo, esos turistas ni siquiera se vuelven para contemplar el lugar que retratan; como si el lugar no existiera y únicamente les interesara poseer algo que constate que ellos han estado allí. No piensan en la vida y la historia que ha transcurrido a través de ese lugar. No se plantean que ha existido toda una literatura en torno a esas ruinas ante las que se fotografían. Apenas una rápida mirada basta para fijar el lugar en su retina. El clic de una máquina. El pasado se desvanece y sólo queda el escenario del presente.

Me viene a la memoria unas palabras que Jean Starobinski publicó en un artículo y que el antropólogo francés Marc Augé cita en su libro 'Los no lugares'. Starobinski afirmaba que veía la esencia de la modernidad en la conciliación entre pasado y presente. Evocaba textos de Joyce, Baudelaire, Proust, Malraux, Chateaubriand, etcétera. El artículo de Starobinski se iniciaba significativamente con una cita de Baudelaire donde el espectáculo de la modernidad reúne en un mismo vuelo: «el taller que canta y que charla / las chimeneas, los campanarios, esos mástiles de la ciudad / Y los grandes cielos que hacen soñar con eternidad». Al releer los lugares descritos por los escritores citados, el antropólogo Marc Augé abre nuevas perspectivas para conceptualizar una antropología de la sobremodernidad, que podría ser también una etnología de la soledad de la condición humana contemporánea.

Marc Augé apunta estas observaciones en el libro Los no lugares, donde señala que «bajo continuo»: la expresión utilizada por Starobinski para evocar los lugares y los ritmos antiguos es significativa: la modernidad no los borra sino que los pone en segundo plano. Son como indicadores del tiempo que pasa y que sobrevive. Perduran como las palabras que los expresan y que los seguirán expresando. La modernidad preserva todas las temporalidades del lugar, tal como se fija en el espacio y la palabra.

«Si un lugar puede definirse como lugar de identidad, relacional e histórico -señala Marc Augé-, un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad ni como relacional ni como histórico, definirá un no lugar». La hipótesis defendida por Marc Augé es que la sobremodernidad es productora de no lugares, es decir, de espacios que no son en sí lugares antropológicos y que, contrariamente a la modernidad baudeleriana, no integran los lugares antiguos: éstos, catalogados, clasificados y promovidos a la categoría de «lugares de la memoria».

El lugar y el no lugar son polaridades falsas: el lugar no queda nunca completamente borrado y el no lugar no se cumple nunca totalmente. Los no lugares no existían en el pasado. Son espacios contemporáneos de confluencia, espacios anónimos, donde personas en tránsito deben instalarse durante algún tiempo de espera, sea a la salida del avión, del tren o del metro que ha de llegar. Apenas permiten un furtivo cruce de miradas entre individuos que nunca más se encontrarán. Los no lugares convierten a los ciudadanos en meros elementos de conjuntos que se forman y deshacen al azar: las vías aéreas, ferroviarias, las autopistas y los habitáculos móviles llamados «medios de transporte» (aviones, trenes, automóviles), los aeropuertos y las estaciones ferroviarias, las estaciones aeroespaciales, las grandes cadenas hoteleras, los centros comerciales, los supermercados, «la madeja compleja, en fin, de las redes de cables, con o sin hilos, que movilizan el espacio extraterrestre a los fines de una comunicación tan extraña que, a menudo, no pone en contacto al individuo más que con otra imagen de sí mismo». Lo implica en una situación distinta. Un simple decorado: la foto del turista. El usuario mantiene con estos no lugares una relación contractual y no tiene en ellos más personalidad que la documentada en su tarjeta de crédito. Los no lugares serían los espacios constituidos con relación a ciertos fines (transporte, comercio, ocio) y la relación que los individuos mantienen con esos lugares. La proliferación de los no lugares «ha contagiado ya de velocidad la reflexión de los políticos que sólo se preguntan cada vez más adónde van porque saben cada vez menos dónde están».

Leyendo el libro de Marc Augé pienso en los lugares por los que transcurre mi vida. El espacio de la soledad transitada. Los lugares que él llama «espacios del anonimato» y por los que nos desplazamos constantemente. Pienso en que, en efecto, cada vez estamos más solos, aunque paradójicamente nunca hemos estado tan apiñados como ahora. Cuando viajo por los lugares de la memoria, las ciudades que amé en las palabras de los escritores, tengo la sensación de visitar un lugar que ya no existe más que en los libros; como si me introdujera en una bella y remota fábula del pasado. Una vida que ha desaparecido hace tiempo. Cuando visito esos lugares incluso el tiempo se detiene; igual que en la fotografía. Luego regreso de nuevo al presente. Y pienso que un mundo en el que se nace en la clínica y donde se muere en el hospital está destinado a la individualidad solitaria, a lo provisional y a lo efímero.

 
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