Viernes, 23 de febrero de 2007
Registro Hemeroteca

en

CULTURA Y ESPECTÁCULOS

LUGARES SAGRADOS
Mujeres sin sombrero
Mujeres sin sombrero
Imprimir noticiaImprimirEnviar noticiaEnviar

Publicidad

LOS testimonios que nos han llegado no dejan resquicio a la duda: quitaba el hipo. Se llamaba Margarita Manso, a finales de los años veinte se casó con el pintor Ponce de León, que dejó un espléndido retrato de ella, pero antes de eso, protagonizó uno de los más célebres episodios eróticos de la generación del 27 -con Dalí y Lorca de partenaires- y fue, junto con Maruja Mallo y con Concha Méndez, una de las mujeres principales de esa generación, si bien no necesitó ni de la poesía ni del arte para ser alguien. Le bastó con ser modelo y musa.

A mediados de los años veinte coincidió con la pintora Maruja Mallo en la Escuela de Bellas Artes, donde se aburrían lo suficiente como para tramar una tras otra todo tipo de performances para atraer la atención. Su atrevimiento era tal que cierto día del año 27, yendo con Mallo, con Dalí y con Lorca, se le ocurrió preguntarse qué pasaría si decidiera quitarse el sombrero como señal de emancipación, con ganas de violentar a los transeúntes. Estaban en la Puerta del Sol y los transeúntes no se lo perdonaron: empezaron a apedrearles, y ahí tenemos a los dos pintores, al poeta y a la musa corriendo hasta que consiguen meterse en el metro para ponerse a salvo. Que una muchacha fuera sin sombrero por la capital era entonces una provocación inadmisible, y era eso lo que gustaba a Margarita Manso.

Las huellas de la liberación de algunas mujeres jóvenes quedan en algunas obras importantes de la época. Por ejemplo en la novela de José Díaz Fernández, la 'Venus mecánica', donde aparecen Maruja Mallo y Concha Méndez, con los nombres disfrazados, formando parte del Lyceum, una organización de la que formaban parte Victoria Kent y Zenobia Campubrí, que invitaba a artistas y poetas a conferenciar ante sus socias. Concha Méndez aparece ahí como la mujer atlética, que se define como poeta y nadadora. En una novela de Antonio de Obregón, una preciosa muchacha vestida de marinero le dice a los tipos que tratan de atraer su atención y adularla: «Sólo me enamoran los golpes de estado».

Margarita Manso interesaba especialmente a Lorca. De hecho le dedicó su poema 'Muerto de amor'. Al parecer, Lorca, enamorado de Dalí, quiso acostarse con éste sin que el catalán terminara de estar convencido. Es famoso que Dalí confesó que Lorca había tratado de sodomizarle en dos ocasiones, pero él se negó porque no era pederasta y además aquello le dolía. Lorca escribió en el año 26 su oda a Salvador Dalí, que terminó por quebrar las defensas del por entonces efébico pintor, así que se decidió a tener un encuentro erótico con Lorca en agradecimiento a sus versos, siempre y cuando estuviera también presente una intermediaria, una mujer que reemplazara en el sacrificio a Dalí a la vez que obligara a sacrificarse al propio Lorca, que nunca había estado con una mujer. La elegida para el experimento fue Margarita Manso, que aceptó encantada y dejó auténticamente tocados a los dos hombres. Si en el trío hubo alguien que no le dio mayor importancia a lo ocurrido, fue la propia Margarita Manso, que lo tomó como una mera anécdota. A ese caudal de anécdotas se agrega la heroicidad de haber sido una de las pocas mujeres que pudo burlar la vigilancia de los monjes del monasterio de Silos: le bastó ponerse una gorra para acortar su pelo, e improvisar unos pantalones con las chaquetas de Dalí y Lorca para entrar. Maruja Mallo dijo acerca de aquella expedición: «Fuimos las primeras en impulsar el travestismo a la inversa».

Maruja Mallo tuvo una historia de amor incendiario con Rafael Alberti. De esas historias guadianas. Alberti no llevó bien que poco a poco la pintora fuera ganando el interés de los intelectuales de la época y empezara a hacerse un nombre . Y por otra parte había perdido su fe religiosa y tampoco estaba satisfecho con su propia obra creativa. Conoció a otra mujer, Victoria Amado, que lo depositó en los mismos infiernos, y sólo supo recuperarse gracias a que Cossio le prestó su casa de Tudanca para que reflexionara acerca de lo que quería que fuera su vida, y para dar unos pasos adelante en su obra. De aquella época de crisis y de aquel desamor destructivo brotó el que considero que es su más importante libro: 'Sobre los Ángeles', un libro rotundo, encrespado, decisivo, hondo y arriesgado, en el que suena una voz pura que hasta entonces había sido amordazada por esa capacidad increíble que tenía Alberti para ejercer la ventriloquia poética y hacer lo mismo una perfecta soledad gongorina que una ristra de coplillas populares.

En su biografía de Maruja Mallo, J.V. Ferris escribe: «No cabe duda de que en los detalles transgresores de mujeres como Margarita Manso, Mallo y Méndez había, al menos, un doble juego: el primero era, sin duda, la destrucción de los límites entre los géneros, pero, más allá, se puede advertir una voluntad de romper con las distinciones entre mujeres de diferentes clases sociales. No se trataba sólo de invadir el espacio tradicionalmente adjudicado a los hombres, sino de aparecer en él con los signos externos tan contradictorios en la cuadrícula social como no llevar sombrero, lucir un pelo muy corto o vestir con prendas que se prestaran a cierta ambigüedad sexual». Y Susan Kirkpatrick anota: «Las amigas dieron juntas un paso fundamental para la construcción de su identidad como artistas de vanguardia: la conquista del espacio público urbano como ámbito de exploración y experiencia».

En aquel Madrid sacudido por las imágenes del cine nuevo, por el jazz, por la inmersión de los jóvenes intelectuales en las ideas más radicales y vanguardistas, Maruja Mallo fue una esponja que produjo algunos de los grandes cuadros de nuestra vanguardia, el más famoso de los cuales es sin duda 'La Verbena'.

Cuando Alberti escribió sus memorias supo no acordarse de Maruja Mallo, sobre la que había escrito un poema encendido titulado 'La primera ascensión de Maruja Mallo al subsuelo'. Al parecer pensó que sería bueno no explicitar de dónde procedían muchos de sus motivos y muchas de sus imágenes, si bien en el caso de las parejas de artistas nunca se sabe quién influye en quién y de dónde toma cada quién lo que ofrece. Pero alguien tan avispado como Juan Ramón Jiménez fue de los primeros en indicar que los cambios que se habían operado en Alberti se debían a la frecuentación de Maruja Mallo, de ahí que se lo figurara como un escritor descarriado influido por «María Mallo, acopladora habilísima de estamperías de basura; Rafael Alberti, lamentablemente separado de su propio y bello ser natural por la calcomanía verdiblanca de María Mallo y la pluma y el cincel de Salvador Dalí». Juan Ramón pensaba que le robaban a su mejor discípulo, y perdonaba mal esos hurtos. El tiempo pone a cada quien en su sitio, y hasta el propio Alberti admite su deuda con Maruja Mallo cuando vuelve a España a finales de los 70. Para entonces, en el Madrid de la movida, aquella mujer sin sombrero que fue Mallo era una de las grandes reinas de la actualidad.

 
Vocento

Contactar |Staff | Mapa web | Aviso legal | Política de privacidad | Publicidad | Master El Correo | Club Lector 10

Canales RSS