Miércoles, 7 de febrero de 2007
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MÁLAGA
El camino de los olvidados: 70 años del gran éxodo por la carretera de Almería
Miedo y una sola vía de escape: la carretera de Almería. Ocurrió hace 70 años. La entrada de las tropas franquistas en Málaga empujó a miles de personas a huir. El mayor éxodo hasta ese momento en Europa empezó un 7 de febrero
Hubo un domingo en el que el miedo se apoderó de una ciudad; un domingo en el que en cada calle, en cada esquina y en cada casa se susurraron los peores presagios. Hubo un domingo donde el terror lo acaparó todo y empujó a la multitud a una carretera que era en realidad una trampa mortal. Ocurrió un domingo de guerra civil y ocurrió en Málaga, pese a que la Historia, desmemoriada a veces, apenas lo recuerda. Sus protagonistas, sin embargo, no lo han olvidado. El tiempo los ha cargado de años, pero ha mantenido intacto aquel 7 de febrero.

Ana María Jiménez lo rememora hoy, con 86 años, sentada frente a una mesa camilla en su casa, de la que apenas sale porque sus piernas ya no le responden. Sí lo hicieron aquel día y aquella semana durante la que estuvo huyendo hacia Almería, el destino ansiado por más de 150.000 malagueños que salieron a la desbandada, temerosos de la llegada de las tropas franquistas. El 7 de febrero de hace 70 años, Ana María se despertó en su casa en Capuchinos. Había sido, sin saberlo, la última noche que dormiría allí. Rodeando la ciudad, los soldados nacionales, los regulares del Tercio de Marruecos y las columnas italianas de Mussolini contaban ya las horas para ocupar Málaga. «Fuera de mi casa la gente estaba mirando los Montes de Málaga, desde donde se veían los cañonazos. Gritaban: '¿Que vienen! ¿Ya están ahí los moros!'. Nos subimos a un camión, pero, al llegar a Rincón de la Victoria, nos quedamos sin gasolina y seguimos a pie».

«Que vienen los moros». La misma frase se repitió de puerta en puerta. El pavor a los regulares que acompañaban a las tropas franquistas se había fraguado durante meses a golpe de relato, de escuchar una y otra vez la misma historia, la que contaban los refugiados que desde septiembre del 36 empezaron a llegar a la capital procedentes de los pueblos del interior que ya habían sido tomados por los nacionales. Hablaban de saqueos, de asesinatos, de violaciones... Hasta entonces habían sido historias lejanas, ocurridas en otros sitios. Pero ahora estaban ahí, a las puertas de la ciudad.

De distinta ideología

La presión se hizo insoportable y empujó a personas de distintas ideologías a huir; incluso aquellos que no tenían nada que temer porque ni tenían las manos manchadas de sangre ni se habían significado política o sindicalmente.

Las calles de Málaga se tornaron ese día una marea de personas que lo inundaba todo y que avanzaba por la Alameda, el Parque, El Palo, Peñón del Cuervo... «Todo el barrio de La Malagueta tiró para delante. Yo tenía seis años, pero ya era consciente de que huíamos de los fascistas», recuerda José Martos, 76 años.

Mujeres, hombres, niños, ancianos, subidos en burros o a pie, cargados de bultos, de las cosas más insospechadas: máquinas de coser, colchones, muebles, ajuares enteros... La masa lo absorbía todo, empecinada en tomar la única salida posible: una estrecha carretera encajonada entre el mar y la montaña. 219 kilómetros por delante, eternos, hasta llegar a Almería.

En el Monte Coronado, un grupo de milicianos, entre los que se encontraba José Ginés, había intentado defender la ciudad durante todo el día. «Estuvimos allí pegando tiros, pero, cuando llegó la noche, el teniente Pérez nos dijo que nos fuéramos porque Málaga iba a ser tomada por la mañana». A las 7.30 del lunes 8, las tropas del coronel Borbón entraban por el barrio de Huelin. Apenas unas horas después, el joven cabo empezaba también a caminar. «Ya se había marchado casi todo el mundo. Yo iba vestido de militar con otros dos. Nos vimos con dificultades para salir de la ciudad porque disparaban desde las ventanas».

Los bombardeos

El grueso de la caravana de refugiados enfilaba ya Torre del Mar. En la costa, se dibujaron los primeros barcos: el Baleares, el Canarias y el Almirante Cervera. Sobre las cabezas, los aviones. El general en jefe del Ejército del Sur, Gonzalo Queipo de Llano, que dirigía la operación, explicaba así lo que estaba a punto de ocurrir: «A los tres cuartos de hora, una parte de nuestra aviación me comunicaba que grandes masas huían a todo correr hacia Motril. Para acompañarles en su huida y hacerles correr más aprisa, enviamos a nuestra aviación que los bombardeó».

Las cunetas, los huecos en la montaña, las alcantarillas o los cañaverales fueron improvisados refugios para aquella multitud aterrorizada. «Me tumbé en una hondonada. Tiraron una bomba, a mi lado cayó un trozo de metralla. Un poco más allá, la bomba había matado a un carabinero». Joaquín Fernández de la Torre tenía 10 años y arrastraba como podía unos zapatos negros de charol que se quedaron sin suela a los pocos kilómetros. De banda a banda, así recuerda que iba la carretera, entre gritos de familiares que se llamaban. «A mí se me extravió mi hermana Carmela, de seis años. Íbamos despavoridos, chillando su nombre. Yo no paraba de llorar. Menos mal que pudimos recuperarla más adelante».

Detrás de ellos, las tropas italianas. La ansiedad se mezcló con el agotamiento y el hambre. Las plantaciones de caña de azúcar apenas daban para todos. Algunos padres, desesperados, imploraban a los pocos camiones que avanzaban entre la riada de personas que se llevaran a sus hijos.

El tramo entre Nerja y La Herradura fue el episodio más negro del éxodo, el mayor que había vivido Europa hasta ese momento. La profundidad del mar permitió a los barcos acercarse más a la orilla. Los bombardeos desde los aviones se volvieron despiadados. Entre el gentío caminaba Consuelo Torres. «La carretera era como una serpiente. A un lado la montaña, al otro, los acantilados. Eso era terrible. Yo, que tenía 10 años, vi a un matrimonio que llevaba un niño moribundo y vi cómo hacían un hoyo en la carretera y lo enterraban».

La cuesta de La Herradura se cubrió de cadáveres. «En el suelo había una familia, serían 12 ó 15, todos estaban muertos. Encima de un bulto, había una niña llorando. Mi madre la quiso coger, pero mi padre le dijo que no podíamos tirar de ella. Cuando llegamos a Almuñécar, supimos que otra familia la había recogido», relata José Martos.

El puente sobre el río Guadalfeo, a mitad de camino, había sido volado; el caudal fluía tan crecido que resultaba insalvable, pero nada podía retener a aquella expedición. «Llegamos de noche. Estaba oscuro y escuchábamos los gritos de la gente, porque se ahogaban. Pero, ¿quién iba a salvarlos? Entonces, apareció un camión y alguien dijo: '¿Camaradas! No crucéis. Vamos a pasar el camión y, si se hunde, ya sabéis por dónde no tenéis que pasar'. No se hundió y pasamos por donde fue el camión».

Los últimos tramos

Los bombardeos se espaciaron. Las Brigadas Internacionales habían frenado el avance nacional en Motril. Insignificante alivio para los refugiados que caminaban exhaustos, con los pies liados y las piernas hinchadas, apesadumbrados por lo que habían sufrido y porque muchos habían perdido a sus seres queridos. Kilómetros después, la recta de Adra apareció infinita. De la nada surgieron camiones recogiendo a gente. En uno de ellos, viajaba el médico canadiense Norman Bethune. Su ambulancia se convirtió en la salvación para cientos de personas. Día y noche recorrió Bethune la carretera en sentido inverso evacuando a refugiados hasta Almería. Pero son sus fotos, las únicas que existen sobre el éxodo, las que lo han inmortalizado para la posteridad, cuando ya ni siquiera queden supervivientes para contarlo.

Los malagueños que llegaron a Almería partieron en su mayoría en trenes y barcos, hacinados, para el Levante o Cataluña. Muchos regresaron al terminar la guerra; otros acabaron en el exilio.

Aquellos hechos permanecieron silenciados por ambos bandos. Los nacionales nunca reconocieron el bombardeo de la población civil ya que siempre sostuvieron que quienes huían eran milicianos. Para el Gobierno de la República, el ataque contra los refugiados malagueños se convirtió en un pesado lastre que evidenciaba que no se hizo lo suficiente para protegerlos.

Cayeron los años, pero bajo la densa capa de un silencio de décadas, queda aún hoy una memoria latente, narrada de abuelos a hijos, de hijos a nietos. Allí dejó su marca y en ellos se puede revivir todavía aquella huida, que empezó un domingo de febrero.

 
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