AHORA estamos en 1972. Tengo dieciocho años y llevo horas en la carretera haciendo auto-stop. Me dirijo a Sevilla a ver a Reyes. A Barcelona para pasar un par de noches con amigos. A una exposición en Madrid. Mis padres creen que estoy estudiando Derecho en Granada y en realidad me dedico a viajar por todo el país. Aprendo grandes lecciones fuera de la Universidad. No hay horario. Algunos conductores me invitan a almorzar. A veces, me quedo a dormir en su casa. Otras veces, duermo a la intemperie. Soy un bicho raro en la Facultad de Derecho. Alguien que antepone los sentimientos a los libros. La pasión a las obligaciones. Me muevo por amor y también por curiosidad. Los libros, los códigos, los apuntes están ahí. La vida pasa y nunca vuelve.
Han transcurrido más de treinta años. Estamos en julio de 2006. Más o menos soy el que quise ser entonces. Aprendí más en la carretera que en ningún otro lugar. Recibía clases al aire libre y en el interior de aquellos coches que brincaban sobre el asfalto plagado de baches. Luego estuve viajando en auto-stop por Europa. Y años más tarde, en 1982, hice dedo en Malasia. No olvidaré aquel viaje en motocicleta a la Cueva de los Vampiros. Entonces empezaban otros tiempos. Se construyeron carreteras demasiado veloces para los lentos autostopistas. Me tuve que dedicar a viajar en tren, autobuses y avión. La vida transcurría rápida. Yo era un hombre sin tiempo y por eso, paradójicamente, disponía de todo el tiempo del mundo.
Era un autostopista con suerte. Una mañana me paró, cerca de Osuna, Carlos Saura y Elías Querejeta. Yo conocía mejor a la gente del cine que a los catedráticos de la facultad. Estaban buscando exteriores para una de sus películas. Almorzamos juntos. Otro día me paró una mujer en un Dos Caballos rojo. Ella tenía diez años más que yo. También iba a Madrid. Me preguntó si tenía sitio para dormir. Me invitó a su casa en la avenida América. Estuve una semana con ella. Después regresamos juntos a Granada y pasó el fin de semana en mi casa del Albaycín. Era la mujer más atractiva que había visto nunca. Me enseñó muchos trucos sobre el código del amor. El domingo por la tarde se fue y no he vuelto a verla nunca más. Guardo una foto en la que estamos los dos frente al espejo, como una pareja tras el parabrisas del coche. Como el día que la Guardia Civil enfocó con sus molestas linternas el interior del Mini que estaba estacionado frente a una playa desierta del Cabo de Gata. Otra vez me paró en auto-stop un coche en el que viajaba Mujica Láinez. Lo había visto la noche anterior en un recital en el Colegio Mayor Fray Luis de Granada. Mis héroes no estaban en las frías clases de la Facultad de Derecho, sino en el interior de los automóviles que me paraban en la carretera. Siluetas misteriosas que se detenían delante de mí, bajaban la ventanilla y me preguntaba adónde iba. Luego entraba en el coche y era como introducirse en uno de los cuentos de Mujica Láinez.
No olvidaré aquella noche en la que pasé horas en medio de la nada. Regresaba de Barcelona y un camionero me dejó en un cruce inhóspito. Volvía de Menorca en donde había pasado unos días con el dueño del Karma, el bar de la Plaza del Rey. Recorrimos la isla en su moto. Bebíamos y nos tumbábamos al sol. Luego él se quedó en Barcelona y yo regresé en auto-stop a Málaga. No tenía prisa. Nadie me esperaba. Mis padres respetaban la vida que había elegido. Además, aprobaba las asignaturas. Estaba en ese lugar impreciso cerca de Murcia cuando se paró delante de mí un SEAT 1430. Lo conducía un emigrante que se dirigía a la Garrucha. No paró de hablar en todo el trayecto. Estuve tres días con él, en su casa, con su familia. La Garrucha entonces era un lugar paradisíaco. La vida, también.
Solía viajar solo. Poseía cierta intuición para descubrir si el conductor prefería que yo guardara silencio o le diera conversación. Adivinaba enseguida su ideología política y procuraba no contradecirle. No se trataba de pelearse con alguien que me hacía el favor de llevarme. Pero casi todos los que me paraban eran personas que se identificaban con el espíritu nómada de los autostopistas. Algunos eran curas. Llevaban el rosario colgado del espejo retrovisor. Cuando el conductor sacaba un tema de conversación escabroso o descubría mis profundas diferencias ideológicas, me ponía a hablar de fútbol y todo volvía a la normalidad.
Me gustaban los conductores callados que no creaban esa tensión que, en ocasiones, origina el silencio. Me sentía bien oyendo música y viendo como se sucedían los postes de teléfono. Entonces oía a Bob Dylan; los Who; la Velvet Underground; Crosby, Stills, Nash and Young; Janis La música simbolizaba una manera de entender la vida. Tampoco nunca olvidaré el día que me pararon cuatro chicas en Alicante y me llevaron hasta Oropesa. Eran delgadas, morenas y guapas. Cuando entre en el coche sonaba 'Corazón de oro', de Neil Young; una de mis canciones favoritas. Ellas no paraban de hablar, reír e intentar seducirme de manera descarada. Acabé pasando la noche con ellas en una tienda de campaña en el camping de Oropesa. El corazón a los veinte años es de acero. El oro cuesta más encontrarlo y no se disfruta tanto. Quizá aquella fuera la relación más loca, breve e intensa de mi vida. Cuatro mujeres para cinco sentidos. El auto-stop favorecía este tipo de relaciones pasajeras que, paradójicamente, se instalaron y aún permanecen en la memoria. Quizá porque esas relaciones eran libres, placenteras y desinteresadas.
Estuve viajando sin pasaje durante diez años. Tenía el pelo largo y vestía unos vaqueros deshilachados. Pero entonces los conductores no desconfiaban de la gente por la forma de vestir. No existían los recelos de ahora. El miedo. El pánico a los desconocidos. Me metía en los coches con la sensación del que visita una casa de miniatura. Un cálido hogar habitado por personajes misteriosos que iba conociendo poco a poco, kilómetro a kilómetro, mientras a nuestro alrededor cambiaba la decoración de las paredes de cristal. Me reconforta pensar en aquella época. Era joven, libre y feliz. Aquella vida se ha perdido. Apenas nadie hace auto-stop. Los conductores van ensimismados en sus historias, en sus automóviles con refrigeración, en su horario y en su previsible y aburrido destino.
Ahora recuerdo aquella tarde en una gasolinera de la salida de Berlín. El muro aún descuartizaba la ciudad. El conductor de un Mercedes de quinta mano se detuvo y me llevó hasta Barcelona. Otro golpe de suerte. Antes pasamos la noche en casa de unos amigos suyos en un pueblo del sur de Francia. Al día siguiente, en el camino, me dijo algo que no he olvidado: «La edad cambia a la gente. Se olvidan los ideales. Me gustaría verte dentro de treinta años. ¿Ojalá siguieras siendo el mismo de ahora!». No sé qué opinaría aquel conductor si me viera hoy parado como entonces en medio del camino. Sin saber adónde ir. Sumergido en la duda. Viviendo a expensas de un conductor desconocido que marcará mi destino.