A pesar de que mi niñez y adolescencia transcurrieron en tiempos aún revueltos, como suavemente son calificados en una telenovela que se está emitiendo actualmente con cierto éxito, ya desde pequeño oía decir a mi padre que la 'política' era fuente de apasionadas discusiones que, muchas veces, llevaban al acaloramiento y al enfado a personas que nunca se alteraban emocionalmente incluso por asuntos más personales. Pero la verdad es que, aunque transitábamos entonces por años grises y difíciles, se hablaba de política y de un modo inconsciente se abordaban temas que a más de uno le acarreó algún que otro contratiempo más que desagradable. Recuerdo que en el taller donde trabajaba mi padre e incluso en las noches calurosas de agosto, al fresquito de la madrugada y con la compañía de un buen botijo debidamente 'curado' con un poquito de anís, se organizaban tertulias con los vecinos y amigos en que se daba repaso a lo poco que daba de sí la actividad política del momento, así como a las últimas noticias que alguien decía haber oído la noche anterior en 'La Pirenaica'. Por supuesto que con la debida cautela, voz baja y miradas de reojo por si acaso. Casi siempre el repaso a los acontecimientos políticos, si es que los había, acababa desembocando irremediablemente en una referencia al 36, tan manoseada como fatídica fecha, y finalizaba con la protesta airada de algún vecino que, con las puertas de su balcón abiertas de par en par para defenderse del calor, no conseguía conciliar el sueño por causa del debate parlamentario organizado a la luz de la luna.
Consultando el diccionario, en una de sus acepciones la política es «la actividad del ciudadano cuando participa en los asuntos públicos con su opinión, su voto o de cualquier otro modo» , y en otra nos dice que es «arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados». Lo cierto es que hablar de política es algo que siempre ha despertado interés y suscita opiniones acompañadas de defensas numantinas en cualquier ciudadano; aunque no siempre se trate de buscar el lado más positivo de una actividad que lamentablemente se está desprestigiando -me refiero al ejercicio de la misma como gestión de los asuntos públicos- y que debería ser valorada como una de las funciones más nobles, por cuanto tiene de entrega al interés general de los ciudadanos.
Han transcurrido cerca de treinta años desde que, tras el fin de la dictadura que padecimos, se celebraron las primeras elecciones democráticas. Es verdad que durante todos estos años han salido a la luz casos bien conocidos de políticos sobre los que ha caído algo más que la sombra de una posible corrupción, tanto en el entorno de la política nacional y autonómica como local. En la mente de todos está, sin ir más lejos, el escándalo desatado en Marbella con la disolución del equipo de concejales elegidos en las pasadas elecciones municipales y su sustitución por una gestora hasta los próximos comicios. Ahora bien, no debemos dejarnos llevar y resbalar por el enfangado terreno de esas conversaciones negativas y ligeras de equipaje político, tan necesario en una sociedad en continua evolución como la nuestra, dejando caer esos comentarios tan nefastos en que no dejamos títere con cabeza: No creas que lo de Marbella es un caso aislado, yo conozco a un concejal de otra ciudad que ya se ha comprado una finca de doscientas hectáreas. Ya verás, ya verás cuando estalle el asunto que se traen entre manos en el pueblo de menganito. El alcalde veranea ahora en Republica Dominicana a todo plan. ¿Ah!, pues yo sé de otro que le ha regalado a su mujer un coche y no me lo explico por qué antes no tenía ni donde caerse muerto. Y qué me dices de sotanito, el de urbanismo, que se ha hecho construir una mansión que no veas que te mareas. Y así un sinfín de comentarios, desafortunados por supuesto, haciendo extensiva la sospecha de corrupción a todo ciudadano que se dedique a la función política y, especialmente, a los que sentimos más cercanos; entiéndase, nuestros concejales y los que están a la cola con aspiraciones de serlo.
Seamos sensatos y pensemos que afortunadamente la inmensa mayoría de nuestros concejales, así como nuestros parlamentarios autonómicos y nacionales, etc., son personas serias que desempeñan una labor honesta al servicio de los ciudadanos. Labor que, en mi opinión, deberían desempeñar coyunturalmente; de modo que, pasado el periodo para el que fueron elegidos o dos legislaturas a lo sumo, retornasen a su actividad profesional privada para dar paso a otros que les sustituirían y desarrollarían con nuevas ideas y proyectos la actividad política en beneficio de la ciudadanía. Si esto lo entendieran así los dirigentes de los partidos políticos, indudablemente darían pie a la regeneración de los mismos y, lo que es más importante, despertarían en los ciudadanos, potenciales votantes, renovadas ilusiones y confianza en sus representantes democráticos; pero, claro, los mismos que tendrían que impulsar esto son los que, año tras año, hacen de la actividad política una profesión que ya no quieren abandonar nunca.
En cualquier caso -y es por lo que vienen a cuento estas reflexiones- lo más lamentable de los escándalos derivados de la corrupción, que con tanta frecuencia están aflorando en el escenario actual de la vida política, es el efecto contagio. Y no me refiero, por supuesto, a ese tipo de contagio que pueda empujar a otros a la realización de más trapicheos y corruptelas. Me refiero al contagio del pesimismo y pérdida de confianza en nuestros políticos; que va instalándose de modo alarmante en nuestra sociedad, anidando en los corazones de los jóvenes que están ya a punto de votar y que, al abrir el periódico, descubren un panorama desolador lleno de noticias relacionadas con estos lamentables asuntos.
Pongamos pues todos de nuestra parte y no demos rienda suelta a esos comentarios perniciosos del sálvese quien pueda, que no responden a la realidad y que tanto daño están haciendo a nuestra democracia. Por lo demás y en último término está la Justicia para poner a cada uno en su sitio. Confiemos en ello y, a modo de mensaje esperanzador, exijamos a nuestros políticos -sobre todo cuando estén en campaña electoral- que asuman como única recompensa, a su sacrificada tarea, la satisfacción personal e íntima de haber hecho muy bien los deberes para beneficio de los ciudadanos. No debe haber otra. Y si no lo entienden así, mejor es que no se metan en política.