«SIEMPRE he entendido, al igual que otros, que la pintura es silencio. Un silencio esencial de imágenes», dice José Hernández en su discurso de recepción en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (1989); sin embargo, pocas obras han sabido interpretar la palabra -ahondando en la raíz de los textos- como la suya, así es que puede decirse que pocas obras de una elocuencia tan radical como las reunidas en la exposición de la UMA que celebra la dedicación de un pintor a lo literario.
Hernández y la literatura. Pero ¿tiene su obra un carácter literario en el sentido de imitación ilustrativa, de referencia directa y denotadora del texto? Hay una poética en la obra de José Hernández que va más allá de la posible servidumbre de una lectura descriptiva en primer grado que lleve, simplemente, a un traslado mecánico de imágenes verbales a imágenes plásticas. La lectura que hace Hernández de las obras a las que se acerca -su mirada sobre ellas- crea un mundo propio en consonancia con la poética general del imaginario del autor, un imaginario en que la ejecución concreta es parte esencial: Hernández es un clásico en la ejecución de la obra a través de un excepcional conocimiento y dominio de la técnica, que no funciona como un mero elemento auxiliar de lo artístico o como simple vía; la técnica, para él, es «bastante más que un simple vehículo. Es algo que forma parte de la propia sensibilidad creativa».
Pero, al mismo tiempo que clásico en el ars, José Hernández es un barroco, un romántico, un simbolista, un surrealista, un vanguardista del realismo mágico en cuanto a la concepción del mundo que presenta. La tradición de Hernández está en el medievalismo de los dibujos de la Danza Macabra de Hans Holbein, en el mundo alucinado de El Bosco, en la relectura -a veces expresa- de los pintores barrocos del XVII (Finis gloriae mundi e In ictu oculis de Valdés Leal o las Vanitas de Antonio de Pereda), en lo visionario de William Blake, en la recurrencia al Memento mori de I macabri de Vincenzo Bonomini en la iglesia de Santa Grata, en Borgo Canale de Bérgamo, en la escenografía romántica de Kaspar David Friedrich (pienso en El monje ante el mar, La cruz de las montañas o Abadía del robledal), en el desgarramiento de Los Caprichos de Goya, en la capacidad de aunar en un mismo espacio realidades de distinta naturaleza a la manera del Max Ernst de La toilette de la mariée, Couple zoomorphe o Une semaine de bonté ou Les 7 éléments capitaux).
Y toda esta serie -esta genealogía de la imagen- tiene un correlato literario en perfecta coherencia con esa tradición plástica. No es casual que las obras en las que Hernández se detiene puedan adscribirse, en cierto modo, a lo que podríamos llamar una poética del límite: obras en que lo visionario, lo imaginativo, lo indagador en la otra cara de lo real se constituyen en seña de identidad artística: del Orfeo de Juan de Jáuregui, con su descenso al precipicio del misterio, al zoomorfismo pétreo de Une saison en enfer de Rimbaud; de la flotante secuencia episcopal -deconstruida- sobre ruinosa escalinata en el Miserere de Bécquer a la desolación desértica de la Comala del Pedro Páramo de Rulfo; de la forma de sierpe cuyas manos acosan un arco ciego en Giacomo Joyce al ojo que, desde arriba, preside la inquietante fragmentación felina en el Aleph de Borges; del grafismo oriental como telón alzado sobre un plano de muerte en Rashomon de Ryonosuke Akutagawa a la gravedad del macho cabrío del Là-bas de Huysmann; del espacio claustrofóbico de la Metamorfosis de Kafka a las sugerencias simbólicas de una Naturaleza fantasmal en Abaddón el exterminador, Sobre héroes y tumbas o El túnel de Sábato
Un 'Hernández y la literatura' que nos remite, en el recuerdo, a un 'Hernández en la dramaturgia': sorprendente y magnífico en la cartelería, el figurinismo y la escenografía de los Entremeses de Cervantes, de La devoción de la Cruz o El príncipe constante de Calderón, del Don Juan de Zorrilla, del Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte de Valle, de La vida breve de Falla, de Así que pasen cinco años de Lorca o Pelo de Tormenta de Francisco Nieva.
Hernández, en fin, y los poetas españoles. Puentes tendidos, con sabia sensibilidad, entre el trazo y la palabra: un diálogo, rico en complicidades, con Juan Ramón, Lorca, Bergamín, Muñoz Rojas, Bousoño, Claudio Rodríguez, Ángel González, Brines, Ullán.
Toda una galería que vale, por sí sola, para señalar un camino que huye de lo convencional y se instala en la búsqueda y en la transgresión, pero partiendo del conocimiento de la norma, porque, como advirtió García Berrio, uno de sus estudiosos, «Hernández revoluciona órdenes, deshace cuerpos y volatiliza dimensiones. Al paso del poderoso quehacer de Hernández nada queda como antes en la imagen del arte, quizá para que todo quede como siempre, rebautizado en evidencia vital, en la imagen del mundo y del hombre».
Y justamente esto -dar nuevo sentido y forma a los valores consagrados por el canon- es lo que configura el carácter de la genialidad de un clásico: José Hernández.