LA sala de reuniones es pulcra y moderna y de una de las blancas paredes cuelga un cartel en inglés que aconseja a los empleados que se esfuercen en su trabajo hasta conseguir que la empresa se sitúe al mismo nivel de calidad de sus homólogas occidentales. El subdirector de la única central eléctrica que hay en la Franja, Dirar Abu Zizi, explica que se ha quedado completamente fuera de servicio. Sus seis potentes transformadores siguen humeando, 15 horas después del bombardeo, a pesar de que los empleados los riegan constantemente.
La central suministraba energía al 60% de la población de Gaza. El restante 40% la recibe de centrales israelíes. «Intentaremos resolver el problema redistribuyendo el 40% que nos ha quedado», explica Abu Zizi, un joven ingeniero formado en Europa.
No deja de ser una paradoja perversa que ahora los palestinos vayan a solicitar a Israel, el país que ha destruido su central, que les suministre más electricidad. «Sin embargo, hay un problema», puntualiza el ingeniero, «y es que ya ha llegado el verano, que es la temporada de mayor consumo, y los israelíes apenas dan abasto para satisfacer sus propias necesidades».
Más cara
La energía que importen les costará más cara puesto que son los israelíes quienes fijan el precio, y no faltan quienes destacan con ironía que con el bombardeo de la central, que fue construida por una empresa sueca entre 1999 y 2003, Israel ha hecho un negocio redondo.
Según Abu Zizi, las «pérdidas directas» ocasionadas por el bombardeo, es decir el valor de los seis transformadores, se eleva a 35 millones de euros, pero las pérdidas indirectas, las que afectan a empresas, colegios, hogares, comercios, etcétera, «son incalculables».
«Ha sido un castigo colectivo contra la población civil puesto que la central no tiene nada que ver con la resistencia. Esto pasa cuando tu enemigo te quiere convertir en su esclavo. Esto pasa porque ellos saben que nosotros no tenemos misiles para defendernos», dice el ingeniero con convicción pero sin levantar la voz.
Apenas a cinco kilómetros de la central está lo que queda del puente de Wadi Gaza, uno de los tres que fueron destruidos por los helicópteros Apache. Un amasijo de hierros y hormigón dan testimonio de la eficacia de los misiles estadounidenses que usan los israelíes.
El Ejército ha justificado su destrucción argumentando que así los milicianos no podrán desplazarse entre el norte y el sur de la Franja y que el soldado israelí Guilad Shalit, rehén de las milicias, no podrá ser trasladado de un lugar a otro. No obstante, a través de carreteras secundarias se puede llegar hasta donde uno desee. La destrucción de los tres puentes sólo afecta a la población civil.
«La captura de Guilad Shalit es legítima porque es un soldado y no un civil», explica Anwar, un joven de 29 años. «Israel está llevando a cabo una guerra sucia contra los civiles palestinos pero no nos van a doblegar. Las demandas de las milicias son justas porque hay que liberar a nuestros prisioneros, especialmente si son mujeres y niños».