LAS banderolas entre chalés aflojan su ondear en Marbella. Quien izaba un ramillete no ignoraba que había que doblegar antes al tiralíneas municipal de alma mercenaria. Hace tres años llegó un gobierno de salvación con un plan general de sí mismo. Sustituyeron a los señores de una fortaleza que llevaba doce años como una Numancia de cemento frente al asedio de la ley, que por entonces disparaba sólo impugnaciones de fogueo. Los túneles y cañerías del favor municipal fueron revisados por los nuevos fontaneros y volvieron al pronto a funcionar para un roto del servicio de grúa o para el descosido sin arreglo de la edificabilidad. El asalto final llegó y la Marbella imparable/inefable cayó por el precipicio con una gestora como airbag algo defectuoso. Los de la moción de censura que llegaron en microbús aquel sonado 13 de agosto de 2003 han salido del sueño en el furgón de la Guardia Civil. El juez los dejó sin puntos en el carné de conducir ayuntamientos y ahora averigua quién pagó los billetes del minibús. El martes, Torres volvió a la carga y desató el segundo terremoto malayo. De los coches de cristales tintados ya sin sitio para aparcar en la ciudad de las 30.000 viviendas han salido hacia comisaría ex concejales que hacen el camino de Santiago y constructores que cargan pilas en el Rocío. ¿Era el precio de la voluntad municipal una cuestión de fe? El juez investiga si se trata del primer mandamiento de una ciudad sin ley pero con abultada agenda -la de Roca- que va dejando de ser secreta y cada vez se parece más a las Páginas Amarillas.