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Miércoles, 14 de junio de 2006
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OPINIÓN
TRIBUNA
El jolgorio de los simios
LA reciente proposición no de ley en el sentido de extender a ciertos animales (chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes) ciertos derechos básicos habitualmente entendidos como humanos está teniendo una repercusión mediática en nuestra opinión muchas veces desafortunada, errónea e injusta. Si bien es cierto que muchos aspectos de la política reciente han suscitado bastantes ocasiones para que cualquier ciudadano con un mínimo interés por la cosa pública cogiera la pluma y participara en debates públicos, en este caso, el hecho que de nos hayamos decidido a hacerlo se debe a que, dada nuestra dedicación profesional, consideramos que podemos aportar alguna reflexión útil. Partimos de la convicción de que un sentimiento de solidaridad hacia lo viviente sustituirá en el futuro a nuestra insensible mentalidad depredadora frente a los demás seres vivos. El que esta nueva sensibilidad fuera a abrirse paso con dificultades era de esperar, pero llama poderosamente la atención el que destacados columnistas y críticos habitualmente solventes y sensibles a los problemas de una época tan 'acelerada' y compleja como la nuestra, se hayan sumado al coro de los chistosos burlones y que la iniciativa gubernamental sólo haya sido capaz de producir en ellos un desdeñoso sarcasmo.

Porque, en efecto, no somos el primer país donde esto se plantea y, a no dudarlo, la iniciativa tendrá en el futuro una proyección creciente, acorde con el también creciente sentido de la solidaridad con la naturaleza y todos los seres vivientes que la pueblan. Ya en 1977 se proclamó la 'Declaración Universal de los Derechos de los Animales', aprobada en 1990 por la UNESCO y por la ONU. Las más prestigiosas revistas jurídicas y filosóficas internacionales han dedicado desde entonces numerosos artículos al debate sobre los derechos de los animales, y algunas de las mejores universidades del mundo, como Harvard o Rutgers incluyen esta materia entre las asignaturas de los estudios de Derecho.

El debate es, pues, serio y profundo, y los argumentos aportados por sus defensores y detractores son dignos de consideración y no de burla. Pocas veces reparamos en el horrendo sufrimiento que infringimos permanentemente a los animales. En términos generales, puede decirse que los tratamos como simples cosas. Aquellos a quienes perdonamos la vida porque nos resultan útiles, ya sea en la granja o en un laboratorio, quizás, si pudieran elegir, preferirían la muerte a la existencia espantosa a que los condenamos. «¿Cuántas mujeres saben que los polvos que pasan de la polvera a sus caras han sido antes probados en animales a los que se ha obligado a ingerirlos, a menudo por medio de tubos insertados en el estómago, con el fin de que una compañía de productos de belleza pueda asegurar a sus compradoras que no corren peligro al usarlos?», se preguntaba el filósofo Ferrater Mora. ¿Qué persona que usa gotas 'para aclarar la vista' -continuaba- se para a pensar en los miles de ojos de conejos que han sido inflamados y ulcerados a fin de que los ojos de las personas luzcan brillantes como los de una joven?». Ser sujeto de derechos es algo ciertamente importante. El mejor pensamiento clásico habló del hombre como res sacra homini, algo sagrado para el hombre. Esta concepción, uno de los más dignos y valiosos logros de la cultura, que atribuye hoy derechos inviolables incluso a los criminales, -se insiste con razón- no ha calado en amplísimas zonas del planeta, donde los hombres gimen a diario sometidos a las más aberrantes humillaciones y encadenados a impunes opresiones que avergüenza sólo enumerar. Son seres humanos los que viven así, privados de todo derecho. ¿Puede afirmarse entonces que los animales tengan derechos?

Innegablemente, los animales no son en muchas cosas como los seres humanos: no tienen pensamiento abstracto, ni hablan, ni tienen tecnología sofisticada. Hoy sabemos, sin embargo, que algunos poseen lenguajes que, si bien carecen de sintaxis y no abren para ellos un universo simbólico, les permiten una comunicación a veces muy rica y matizada. No llegan al pensamiento humano, pero, en especial muchos primates, están dotados de funciones psíquicas superiores, e incluso, como en chimpancés, son capaces de tener consciencia de sí mismos. Tanto los primates como algunas aves son capaces de fabricar instrumentos muy elementales que, aunque no obedezcan a un diseño previo, implican la posesión de una tecnología básica. Y está bien documentado que se dan diferentes formas culturales (aprendizaje social) entre los chimpancés. Pero lo esencial no es nada de eso, si los animales no pueden hablar ni pensar, en cambio sabemos que pueden sufrir. Es el planteamiento de Jeremy Bentham, quien en el siglo XVIII situó la cuestión en términos que nos parecen acertados: el animal puede sufrir y tenemos la obligación moral de evitarlo.

Incluso aunque no aceptáramos que a los animales les deben ser reconocidos ciertos derechos legales, ello no supone un obstáculo para el que el hombre tenga hacia ellos ciertos deberes. El filósofo del siglo XIII Tomás de Aquino sugiere que, a pesar de que disponer libremente de los animales como alimento es plena-mente acorde al plan de la creación divina y por tanto legítimo, sin embargo, la comisión de actos de crueldad innecesaria- con ellos disminuye nuestra humanidad. Es decir, para Santo Tomás, si bien el animal carece de derechos y además ha sido puesto por Dios en la tierra para contribuir a nuestro bien, toda crueldad innecesaria e inmotivada hacia ellos es siempre un acto que reduce la dignidad humana.

Quien ha tenido la fortuna de recibir los sentimientos que un perro es capaz de experimentar hacia nosotros nos entenderá si decimos que la fidelidad que es capaz de darnos es un don precioso, un regalo desinteresado que muchas veces no merecemos ni nos encuentra a su altura. Raramente somos capaces de corresponder al sentido de la lealtad con que un perro puede obsequiarnos sin pedir nada a cambio. Pues bien, esta lealtad, creemos, nos impone obligaciones morales en todo el sentido de la palabra. Desde esta perspectiva, la extensión de derechos a los animales se encamina a la dignificación del ser humano, contribuyendo a la modificación de la manera como entendemos nuestra posición en el mundo. El universo no tiene por qué ser antropocéntrico, y los intereses y necesidades- de la especie humana no justifican la destrucción innecesaria de los intereses y necesidades del resto de las especies que conviven con nosotros en la amenazada 'comunidad biótica' de la que todos formamos parte.

Cuenta Konrad Lorenz que en cierta ocasión Darwin, «cuando visitó por primera vez la selva tropical con la expedición del Beagle, vio cómo una avispa gigantesca matadora de arácnidos, atacaba a una araña avicular. ¿Qué hizo el gran naturalista? ¿Sacar lápiz y reloj para observar y anotar minuciosamente el proceso, poco conocido por entonces, en que la avispa paraliza a la araña mediante un aguijonazo en el estrato ganglionar y, acto seguido, se la lleva a sus larvas para que la devoren aún viva? ¿Nada de eso! Charles Darwin ahuyentó a la avispa, aunque sintiera una enorme curiosidad y quisiese observar un proceso que jamás había visto». La compasión es una de las emociones más dignas y nobles que somos capaces de experimentar. La compasión con todo lo que convive con nosotros en la tierra nos parece mucho más que una simple emoción. El amor a los animales es hermoso y ennoblece a quien lo siente, cuando forma parte de un amor más amplio a todo lo viviente y, sobre todo, al ser humano. La atribución de derechos a los simios podría constituir un paso hacia la consolidación de una sensibilidad que no vea en el mundo un objeto de expolio y dominación, sino una realidad que forma parte de la nuestra y de la que precisamente nuestra libertad nos hace responsables.



José María Atencia Páez, profesor de Filosofía de la Naturaleza y Antonio Diéguez Lucena, profesor de Filosofía de la Biología.

Departamento de Filosofía. Universidad de Málaga



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