EN la 95 Conferencia de la Organización Internacional del Trabajo, que se celebra estos días en Ginebra el director general de la Organización advirtió de que la dignidad laboral se devalúa progresivamente y que se necesitan 43 millones de empleos al año para paliar la mano de obra sobrante en la próxima década. Pero de la heterogeneidad de situaciones y datos que se están manejando en la Conferencia hay una que sintetiza las características presentes y el horizonte laboral a nivel mundial. Se trata de la brecha creciente entre una minoría con oportunidades profesionales y la gran mayoría de la población sumida en la incertidumbre laboral. Esa polarización tan desigual y preocupante es consecuencia no sólo de un productivismo exacerbado, como se ha denunciado en la Conferencia, sino también de dos fenómenos propios de la sociedad contemporánea. En primer término, que la economía globalizada tiene el reto de favorecer un crecimiento generador de empleo, no limitarse a procurar el que apenas crea nuevos puestos de trabajo. En segundo lugar, la paradoja de que frente a la desaparición de barreras laborales gracias a las políticas sociales de las últimas décadas, a la vez el empleo va perdiendo calidad en lo que se refiere a estabilidad.
Según los cálculos de la OIT sería preciso crear 43 millones de empleos anuales para colocar a los 192 millones de parados actuales y atender a las demandas de nuevas generaciones. Se trata de cálculos a medio camino entre la especulación y el voluntarismo, cuando la realidad mundial es que el 80% de la fuerza laboral se encuentra en países en desarrollo donde apenas hay esperanzas de acercarse al objetivo de 'trabajo decente' establecido por Naciones Unidas.