LOS preuniversitarios malagueños no son discípulos de Castelar, más bien parecen emuladores del lenguaje tarzanesco. Su vocabulario es una mezcolanza de interjecciones, exclamaciones, sonidos guturales y palabras sincopadas. Del guay al vale, y del OK al yo paso, tío; sin olvidar el mola, el no me ralles o el tranqui, colegui. Un iletrado campesino boliviano o un analfabeto adolescente peruano tienen un léxico más rico, variado y mejor traído a cuento que gran parte de los estudiantes que están a punto de ingresar en la Universidad de Málaga. Hay que enseñar al que no sabe, pero ¿qué se hace con el que pudiendo no quiere aprender? Da vergüenza ajena escuchar algunas conversaciones juveniles. Ya no es cuestión de comerse las eses o de reforzar las zetas. No se trata de hablar con un acento andaluz más o menos cerrado, sino de hacer gala de una pobreza idiomática que abruma. Un trabajo titulado 'Léxico disponible de los estudiantes preuniversitarios de Málaga', publicado por el profesor Antonio Ávila, confirma lo que ya se sospechaba: nuestros muchachitos están a la cola de España en el vocabulario que manejan. Lo llamativo no es que hablen mal y escriban peor, lo verdaderamente grave es que les da igual. Chavales a los que se les supone una cultura media y unos conocimientos suficientes se mueven en el mundo de la lengua como elefantes en una pista de hielo. Patinan demasiado cuando abren la boca. Para expresarse con mediana habilidad, tanto oralmente como por escrito, hay que leer. Y leer no es una afición que fomenten estos jóvenes de lenguaje ramplón y estropajoso. De los libros no ven ni los forros.